Quienes asistimos a Tercera Orden para escuchar la plática que ofreciera el R.P Pedro Arrupe, quien sería general de la Compañía de Jesús, en un mes que ya no recuerdo, pero de 1961, salimos horrorizados y desencantados de una humanidad que utilizaba la ciencia tan política como cobardemente.
El sabio, prudente sacerdote con mirar de águila y hábil gestualidad había centrado su charla —sobre la caridad como la estrella de las virtudes—, como testigo presencial, en la tranquila mañana —cielo despejado, cerezos en botón— en que cayó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba atómica. 6 de agosto de 1945.
La casa comunal de la Compañía se encontraba a seis kilómetros del punto infernal donde el artefacto desencadenó un poder expansivo capaz de desmoronar edificios y criaturas en cuestión de segundos, además de una cadena de secuelas en víctimas que estuviesen a mayor distancia. Un infierno en la tierra.
En la casa jesuita un bofetón de calor derribó la capa de pintura, arrancó las tejas y volvió un camposanto vegetal el pequeño jardín trasero. Eso sin contar el vuelo horrendo de cristales y fragmentos de hierro provenientes de otras estructuras y arribaron empujados por el atroz impulso del estallido.
Aquel día una nueva era había nacido para la historia del globo terráqueo. Del maquinismo y el empleo de químicos se había llegado a la factura de un arma que disolvía la materia con la potencia del mismo sol con una intensidad jamás antes contemplada. Un artefacto cuya fabricación —fórmula, base de uranio y dosificación de efecto— había durado tres años en el mayor de los secretos.
El país más rico y poderoso del planeta había financiado aquella arma. Ya se había experimentado con explosiones en sitios desérticos con estructuras de madera y acero, así como con animales. Pero cuando la segunda guerra mundial estaba ya en sus últimos días, los políticos comprendieron que requerían hacer explotar esa maquinaria sobre una ciudad auténtica, con seres humanos, para comprobar si tantos esfuerzos habían sido exitosos.
Claro está que se utilizó el pretexto de ahorrar vidas de soldados norteamericanos, de doblegar definitivamente al orgulloso y altivo pueblo japonés. Pero lo cierto es que mister Truman quiso demostrar que su nación, modelo del imperialismo expansivo, poseía ya un arma efectiva en destrucción masiva y ante la cual todos los demás países deberían someterse en “democrática tranquilidad”.
Una hora después del estallido —afirmaba el padre Arrupe con viva emoción— los ocho jesuitas se encaminaron hacia las zonas más afectadas, ignorantes quizá del riesgo del goteo de partículas radioactivas suspensas en el entorno. Lo que vieron entonces resultó de difícil, penosísima descripción.
La estratagema gringa no solo había dejado los edificios como costras de cartón ceniza, aniquilando con mayor razón las casillas de bambú del pueblo llano. La más espantable evidencia del poderío de aquel artefacto arrojado desde las alturas estaba en las hileras de ciudadanos que caminaban con una desorientación total, con quemaduras de infructuoso pronóstico. Una mujer se desprendía la piel de los brazos y las piernas como si fuese fragmentos de medias. Dos niños llevaban de la mano a un anciano cuyos ojos se habían vaciado del todo y el cráneo de un rojo intenso, ya sin cabello alguno.
Los sacerdotes solo pudieron acceder hasta dos kilómetros del centro de la explosión, pues más adelante el aire era irrespirable y hasta la base del adoquín se había convertido en una masa negra a una temperatura del averno. No obstante pudieron vislumbrar, a lo lejos, esqueletos con retazos de carne humeante y restos de animales de tiro, mulas y caballos, transformados en piras humeantes.
“¿No sientes qué alarmado está el mundo, su temblor? / Tiene miedo”. Este fragmento de Pedro Salinas, extraído de su contexto amoroso, resume el ánimo que dejara en todo el planeta la noticia de aquel agosto de hace 78 años. Y es que después de Hiroshima, al día siguiente, se repitió la experiencia. Entre el pueblo norteamericano hubo regocijo. Ya estaba vengado el ataque de Pearl Harbor en diciembre de 1941. Los nipones habían pagado…con altísimos intereses…su atrevimiento.— Mérida, Yucatán.
Cronista de la ciudad
