Los seres humanos somos curiosos por naturaleza, lo cual se comprueba desde los primeros años de la infancia, cuando los niños y niñas se disponen a conocer el mundo que les rodea a través de sus sentidos.

Durante la primera etapa de la vida aprendemos descubriendo cosas nuevas e imitando el comportamiento de las personas con quienes interactuamos —por lo general, nuestra familia—.

Más tarde, al tiempo que el menor ya sabe caminar y hablar, se le inscribe en una escuela donde podrá convivir con pares de su edad y comenzar el proceso de formación educativa.

La educación básica mantiene en general, hasta nuestros días, un modelo tradicional heredado de las primeras industrializaciones, con programas curriculares rígidos, gran énfasis en la memorización mecánica de lecciones, y evaluaciones estandarizadas para el alumnado.

Tal vez este modelo fue exitoso hace algunas décadas, al ser prioridad la alfabetización masiva de la población, en un contexto histórico donde la mayor parte de la ciudadanía no sabía leer ni escribir.

Asimismo, el aumento de la producción industrial en fábricas y plantas de operación volvía urgente la generación de más profesionistas con conocimientos técnicos elementales y cierto bagaje cultural mínimo.

Empero, el siglo XXI tiene sus propios desafíos, ante una realidad extraordinariamente dinámica y cambiante. La tecnología y la ciencia avanzan a pasos acelerados rompiendo paradigmas y revolucionando la manera de socializar, hacer negocios, entretenernos, y comprender el mundo.

Por ello, es indispensable formularnos la siguiente pregunta: ¿las nuevas generaciones de hombres y mujeres tendrán las herramientas necesarias para hacer frente a los retos del mañana?

Si la educación no sirve a los individuos —y al colectivo— para resolver problemas prácticos y superar asignaturas pendientes, entonces el modelo resulta deficiente y debe corregirse.

Con frecuencia, al abordar un problema, debemos mirar hacia atrás para identificar la raíz de donde surge en primera instancia, provocando los efectos indeseados como si se tratase de frutos.

En el caso de la educación, en mi opinión, hemos descuidado la cimentación sobre la cual se construye cualquier proceso formativo: la habilidad de aprender a aprender.

El modelo educativo tradicional tiende a reducir el aprendizaje a la capacidad para retener información específica y responder correctamente a preguntas puntuales con el fin de evaluar al alumnado.

¿No sería más efectivo estimular el pensamiento crítico en los estudiantes buscando sembrar en ellos la semilla del amor al conocimiento?

Sin duda, de conseguirlo, tendríamos a millones de mujeres y hombres en una búsqueda permanente por aprender, no solo las lecciones impartidas en las escuelas, sino posibilidades infinitas de nuevo conocimiento —idiomas extranjeros, tocar un instrumento, o programación informática son algunos ejemplos—.

En mi opinión, lo más importante es advertir una verdad incuestionable: los seres humanos nunca desistimos en el impulso por descubrir cosas novedosas, pues estamos programados para saciar la sed de saber.

Sin embargo, es común engañarse con ideas equivocadas, respecto de nuestra capacidad para adentrarnos en lo inexplorado una vez alcanzada la madurez. Como si el aprendizaje fuera algo reservado para las niñas y niños en etapa escolar.

Si el modelo educativo evoluciona, inculcando en cada alumno el deseo y la capacidad de aprender a aprender, sin duda, tendremos próximamente generaciones aptas para lidiar con las complejidades de un contexto global, vertiginoso y retador.

Las escuelas y el personal educativo debieran abordar un enfoque innovador, colocando en el centro, transversalmente, habilidades como el trabajo en equipo, el diálogo constructivo y, de manera especial, el pensamiento crítico.

La educación es el instrumento más poderoso para el progreso de cualquier sociedad. Repensar el modelo educativo es una exigencia dentro de la agenda pública del presente. Del aprendizaje de hoy dependerá el éxito del porvenir.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán