Dedazo. Término que en México aplica para la “designación de un candidato a un puesto público, de parte del poder ejecutivo, sin las formalidades de rigor”.
Esta es la definición que la Real Academia da a nuestra mexicanísima costumbre del dedazo, práctico instrumento que los políticos de todo cuño emplean sin pudor para premiar a éste o aquél con algún hueso, y, más aún, con la tan anhelada sucesión presidencial.
El dedazo agarró mala fama con el tiempo. Fue tan vilipendiado y mal visto durante la época del más rancio PRI, que en un afán exagerado por acabar con él, ahora somos rehenes de la otra cara de la moneda: las encuestas, sondeos y consultas.
Pocas prácticas como el dedazo estaban tan ligadas a la antidemocracia que sometió al pueblo mexicano por tantas décadas. Con esta acción, el todopoderoso presidente en turno nombraba a su sucesor, en los años en que designar al candidato de su propio partido a la Presidencia era, sin el menor asomo de duda, sentarlo en la silla del águila.
Así fue hasta Carlos Salinas de Gortari, quien alzó su magnánimo dedo para nombrar candidato a Luis Donaldo Colosio, de funesto fin.
México aspiraba con cada vez más ahínco ser un país democrático. El pueblo lo anhelaba, al tiempo que gobernantes hacían como que eran democráticos pero seguían teniendo poder discrecional y absoluto desde la Presidencia de la República y las gubernaturas. El presidente era un soberano en funciones. Así pues, una meta para convertir a México en un país democrático era acabar con el dedazo, o bien quitarle efectividad.
Miguel de la Madrid Hurtado, padre de Enrique, quien ahora aspira a la silla cuyo padre ocupó, dio un artificial cariz de democracia al proceso de selección de su sucesor, para no hacer tan evidente el dedazo. Confeccionó una pasarela de seis aspirantes que se mostraron ante las fuerzas vivas del PRI y al final éstas “se decidieron” por el secretario de Programación y Presupuesto, Carlos Salinas de Gortari. ¡Oh, sorpresa!
Seis años después de la pantomima, el propio Salinas no tuvo empacho en posar su dedo elector sobre Colosio, y lo demás es historia.
A Francisco Labastida Ochoa lo designó el PRI que recibía órdenes de Ernesto Zedillo, el mismo que dijo que guardaría una “sana distancia” con su partido. Y el sinaloense se convirtió en el primer candidato priista perdedor en la historia.
Así pues, de dedazos ya nadie quería escuchar. ¿Qué hacer, entonces? Consultar al pueblo. “Eso, hagamos encuestas”, habrá dicho algún iluminado. Y las casas encuestadoras han vivido en jauja desde entonces.
Hoy no se mueve la hoja de un árbol sin antes hacer una encuesta. El neoliberal y ultracapitalista método de las encuestas, empleado hace décadas en el mundo empresarial y en la vida política estadounidense, llegó a la grilla mexicana para quedarse.
Dejó de ser importante quién tiene la mejor propuesta, quién la posibilidad de ofrecer mejores condiciones de vida a la población, quién es más capaz de atender los grandes problemas nacionales o estatales, quién está más preparado para afrontar el futuro… Lo importante hoy es ser el mejor posicionado en las encuestas… con todo el peligro que ello representa.
Mientras usted lee esto, el Comité Ejecutivo Nacional del PAN levanta una encesta en Yucatán para decidir quién será su candidato a gobernador en las elecciones de junio próximo. Quizás ya le hayan consultado a usted al respecto.
Lo mismo harán más tarde en la 4T.
Entonces, ¿el futuro próximo de Yucatán dependerá de una encuesta? ¿Las grandes decisiones que nos llevarán al crecimiento o la debacle económica, a la consolidación de la madurez social y cívica o a la indolencia civil, a un entorno de seguridad pública en condiciones mucho más favorables que el resto del país o a ver incendiado el Estado… dependerán de la persona que salga mejor posicionada en una encuesta, por científica y maravillosa que ésta sea?
¿Acaso no hay más elementos para la toma de una decisión tan trascendente para más de dos millones de yucatecos que una simple encuesta? ¿Sólo eso se tomará en cuenta? ¡Vaya cosa! Resulta, pues, que lo importante es la popularidad, por encima de la preparación. Eso, en el mejor de los casos, porque no sabemos si la capacidad de amañar encuestas estará por encima de ambas.
Añadamos que las encuestas no gozan del mayor prestigio. En las elecciones pasadas, de la pléyade de casas encuestadoras que hacen su agosto en los procesos electorales, menos de un puñado se acercó a los resultados. Parece que las encuestadoras son como se dice de los economistas: pasan medio año haciendo pronósticos y la otra mitad del año explicando por qué no se lograron sus predicciones.
Lo que es cierto es que las encuestas son vistas cada vez más como herramientas políticas que como instrumentos de medición.
Y, aún así, seguimos atados a la encuestocracia. Peor aún, las encuestas han bajado de escalón al nivel de sondeos y al sótano de las consultas.
Un ejemplo del reduccionismo al que se han llevado las grandes decisiones nacionales recurriendo a encuestas-sondeos-consultas es lo que el miércoles declaró el homo electorus que vive en el palacio más grande del país: el miércoles pasado, dijo que pedirá a los gobernadores que se oponen a distribuir los libros de texto que hagan una conslta con la gente y sea ésta la que decida si los quieren o no.
Es decir, la educación de millones de niños quedaría en manos de lo que decida “la gente”. Aplicar esto sería peor que emplear una simple encuesta para decidir un candidato, no sólo porque se trata de la niñez, sino porque la sugerencia se queda en el nivel de hacer una “consulta a la gente”.
Ya sabemos que “la gente” y “el pueblo” son términos tan abstractos que se emplean como escudos para defender toda clase de intereses o, peor aún, como arietes para acometer contra los opositores.
Así pues, ¿qué debemos hacer? ¿Seguir endiosando a las encuestas para “justificar” decisiones y, como Pilatos, lavarnos las manos? ¿O agregar a las encuestas otros elementos que tengan que ver con la preparación, capacidad y sensatez?
¿Elegiría usted al director de su empresa basado en una encuesta?— Mérida, Yucatán.
olegario.moguel@megamedia.com.mx
@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
