Cuando el peligro parece ligero, deja de ser ligero —Francis Bacon

Es considerada en la tradición popular como el arma predilecta de las madres furibundas. Hablamos de la chancla. El que escribe, y la mayoría de los que leen estas líneas, fuimos educados de manera muy distinta a las nuevas generaciones (a mi edad puedo darme el lujo de estos estribillos), eran los tiempos de: “La letra con sangre entra”, “¡Aquiétate… o te voy a dar!”, “Voy a contar hasta tres…”

Pero, sin llegar a los extremos, es cierto que en mi época: “estudias porque estudias”. Basta recordar cómo repetíamos como loritos las tablas de multiplicar en la Primaria, hasta la vez que en la Secundaria esquivé con la habilidad de mis años mozos un misil en forma de borrador que salió disparado por la maestra de inglés, presa de la histeria, hacia la turba de malandros que estaban haciendo avería y media en el fondo del salón, una extraviada mañana, allá por los años 70 en un aula del Colegio Americano del rumbo de Santiago.

Pero la amenaza chancletera era clásica. La mayor parte de las veces bastaba el amague materno blandiendo la chancleta, como la estatua de la libertad a su antorcha, era suficiente; pero en otras, el artilugio terminaba estampándose en el trasero, o cuando habíamos emprendido la huida, describía perfectas parábolas hasta dar en el blanco.

 

La chancla es tan antigua en la historia de la humanidad como la necesidad de proteger a los pies para poder caminar. Las que conocemos como de “patas de gallo” están inspiradas en las ancestrales “zori”, de los japoneses, aunque sus predecesoras datan de muchos siglos atrás. Hay documentos que las registran en Egipto y más adelante los babilonios y sumerios crearon un calzado ligero y a la vez resistente al calor.

Los pueblos precolombinos usaban sandalias, e incluso, se cree que los aztecas fueron los primeros en incorporar el hule al calzado.

Los ya comentados “zoris” fueron llevados por soldados americanos como recuerdo para algunos familiares. Pero pasaron de ser un calzado con la costumbre de usarse con calcetines y en ceremonias con la seriedad nipona, hasta ser un objeto popular fabricado de goma con dos tiras donde se ancla el pie o una tercera hacia el tobillo, lo que lo convierte en una sandalia.

Plástico, tendencias y modas

Con la proliferación de los plásticos se convirtió en un aditamento que podía ser fabricado a gran escala, y a un costo tan bajo que, durante décadas ha dominado en cierto modo el mercado, pero además ha dictado tendencias y modas.

En efecto, de ser el calzado de rigor en playas, centros turísticos (sobre todo alrededor de albercas), aditamento obligado al momento de tomar un baño para quien tienen fobia a los hongos o a un resbalón, a ser parte de la vestimenta formal, si podemos llamar así a la moda casual en jóvenes.

En la década pasada los chavos gustaban de salir incluso a fiestas con pantalones de mezclilla tan largos que, los pies quedaban ocultos y ahí por debajo estaban las chanclas. En Yucatán, ni qué decir; mucha gente del interior del estado e incluso los campesinos al dirigirse a sus labores han alternado y sustituido a la alpargata de cuero con suela de llanta, por éstas, al ser prácticas y económicas.

Sin lugar a duda un calzado cómodo, accesible y tal vez lo más rápido para no andar descalzos. Pero no todo es “miel sobre hojuelas”.

Desde el punto de vista ortopédico, la chancla es tal vez el peor de los calzados que puedan existir. No permite una marcha estable y segura, por la sencilla razón que la persona requiere hacer presión con los dedos para evitar que se deslice. Ya sea la de tira transversal o la que tiene forma de “Y”, con el cuerpo entre el primer y segundo dedo del pie. Por cierto, esto último constituye un riesgo en el paciente diabético, ya que la presión sostenida durante horas ante la disminución de la sensibilidad puede ocasionar zonas de presión cuando existen problemas circulatorios y originar úlceras.

Pero además, al ser un zapato sin tacón o elevación en el talón, prácticamente concentra la carga o el peso en la parte posterior o retropié, por lo que si la persona tiene sobrepeso y además está mucho tiempo parada (por ejemplo: maratones de lavado y planchado) va a padecer de fascitis plantar, la causa más común de dolor en el calcañar o talón (talalgia) y a la larga terminará desarrollando un espolón en el calcáneo.

Hay que considerar además que la chancla no permite una marcha correcta desde el punto de vista estricto de la biomecánica, ya que, se altera la llamada fase del choque del talón: en pocas palabras se “arrastra el pie”; por supuesto lo anterior disminuye si se le agrega la tirita hacia atrás, esto es: la sandalia.

Por lo mismo no sirven para correr, el riesgo de un tropezón es en verdad bastante considerable. Para rematar, hay más: ni siquiera son aconsejables para conducir desde una bicicleta, pasando por motocicletas hasta llegar a los automóviles.

Recuerdo aquí en la ciudad dos accidentes casi cercanos el uno al otro, en donde mujeres estuvieron involucradas, cuando entraron a tiendas de conveniencia con todo y camionetas. El alud de críticas y memes generaron acusaciones machistas como la de: “¡Mujer: al volante peligro al instante!”, que terminó pronto, cuando un varón entró también a una tienda con todo y automóvil.

¿Qué había de común denominador?: en todos los casos quien conducía tenía chanclas. Simplemente son tan inestables que al salirse de uno de los pies y quedar entre ambos pedales, al intentar pisar el freno, la fuerza se va al acelerador y… ¡vas para adentro! Accidentes automovilísticos que pudieran ser mortales.

Riesgos en la edad adulta

Para finalizar: Una de las patologías más frecuentes que vemos los ortopedistas son las fracturas de cadera en el anciano. Si bien es cierto que, los factores inherentes a la edad del paciente, como la presencia de osteoporosis (más común en mujeres), así como la disminución de sus capacidades físicas en la marcha, la bipedestación y el equilibrio, hay otro detalle importante, el calzado y, ahí está de nuevo: las chanclas…

Estas pueden salirse, hacer que la persona se tropiece y caiga, pero en particular cuando la banda sujetadora en “Y” se sale o se rompe, el pie queda fijo, la pierna rota y, esto se traduce a nivel del cuello del fémur; la mayor parte de las veces se percibe un chasquido interno a nivel de la ingle, de tal manera que, antes de llegar al piso ya está fracturada la cadera. La estadística mundial establece que al año de ser intervenidos quirúrgicamente cuatro de cada diez pacientes ya han fallecido.

Todo lo anterior debe hacernos pensar en que la chancla debe ser un calzado de uso temporal, por lapsos breves en personas de la tercera edad, no deben ser empleadas al conducir ningún tipo de vehículo. Si bien las sandalias son menos peligrosas, habrá que usarlas con criterio.

Y no es hablar mal de la chancla, pero sigue siendo un artefacto empoderador. Desde el Medio Oriente en donde mostrar la suela del zapato es ofensivo, o caerle a chancletazos a una foto es una grave afrenta, hasta aquí en nuestra cultura, en donde el amago de la chancla funciona, tan es así que sin evitar hablar de política, a veces pienso que le falta al país un buen chancletazo en la mesa o el escritorio de nuestros políticos y dirigentes.— Mérida, Yucatán.

Correo: arredondo61@prodigy.net.mx

*) Médico y escritor

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