En opinión de la antropóloga estadunidense Margaret Mead, el primer indicio de civilización humana del que se tiene registro consiste en un fémur fosilizado perteneciente a alguno de nuestros ancestros que vivió hace miles de años.
La evidencia científica demuestra que el hueso sufrió una fractura y sanó, permitiéndole a la persona vivir durante largo tiempo después del percance. ¿Qué tiene esto de revelador?
Si estudiamos el comportamiento de las especies en el mundo salvaje, nos daremos cuenta de que un animal que padece una fractura ósea de ese tipo, para efectos prácticos, está condenado a morir a la brevedad.
La lesión le impediría abastecerse de alimento y, sobre todo, lo colocaría en una posición de completa vulnerabilidad respecto de posibles depredadores.
El hecho de que un individuo de la prehistoria haya tenido la experiencia de fracturarse una pierna y sobrevivir a tal infortunio, implica necesariamente que hubo otro -u otros- seres humanos dispuestos a cuidar de él durante varias semanas, proveyéndole agua y comida, así como atenciones curativas.
Por tanto, podríamos concluir que la base de la civilización humana es la empatía, pues de ella surge la capacidad de organizarnos en estructuras sociales complejas, por medio del trabajo colaborativo y el entendimiento.
Sin embargo, paradójicamente, a lo largo de la historia ha habido pulsiones de división y odio entre grupos de personas, ya sea por razón de raza, nacionalidad, religión o ideologías. Dichas conductas tienden a derivar en actos de violencia y destrucción que dejan heridas abiertas perdurables.
Estoy convencido de que el rechazo a la otredad —es decir, a quien percibo como diferente a mí— es un estigma que frena el desarrollo humano, porque impone barreras entre pares al situar el énfasis en lo que nos distancia, en vez de colocar la mirada en aquello que nos une.
La condición humana que compartimos nos iguala de manera profunda, pues más allá de diferencias superficiales, ningún individuo es ajeno al sufrimiento, en mayor o menor medida. Siendo conscientes del dolor de los demás nos volvemos sensibles a la experiencia de nuestros semejantes, lo que nos acerca al sentimiento de compasión.
Comprender que la desgracia que padecen otros seres humanos no nos puede ser indiferente es lo que nos lleva a la generosidad —la cual movió a los cuidadores del paciente con el fémur fracturado hace miles de años—.
Ahora bien, vivir en un mundo contemporáneo saturado de distractores e inmerso en el frenesí de lo inmediato parece estrechar nuestra mirada, reduciendo la capacidad de asimilar el sufrimiento ajeno y ser cada vez más empáticos.
Si aspiramos a resolver los grandes desafíos del presente y del futuro, debemos abrir horizontes y entender que necesitamos los unos de los otros para hacer frente a los problemas del siglo XXI.
Los avances en diversos rubros, de la mano de la innovación y la revolución digital, son importantes; pero nunca debemos olvidar que la tecnología es la aplicación de la ciencia en beneficio de las personas —de otra forma no tendría sentido—.
Volver al humanismo es la salida ante un entorno de caos e incertidumbre; ver —y reconocer— la dignidad humana que hay en el otro es la única forma de progreso auténtico y viable.
Crear empatía es el vehículo para construir sociedades cohesionadas, donde prevalezca la paz y el bienestar sea generalizado. La educación y la formación son los cimientos que requerimos para edificar este porvenir de esperanza, recordando que la escuela es la segunda casa, pero el hogar es la primera escuela.
Como decía el activista por los derechos Martin Luther King, la injusticia en cualquier parte es una amenaza para la justicia en todas partes. En la medida en que nada humano nos sea ajeno, estaremos listos para fungir como agentes de cambio, en favor de nuestros máximos ideales.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
