La muerte de un caballero de nombre Juan Calado ayudó a tener hoy un México independiente. Era un hombre al que aquejaban los males. Se trasladó a la capital de la Nueva España en su intento por buscar curación. Su destino no fue el que esperaba. Murió en Tula.

Su nombre figura poco en las letras nacionales, porque en realidad lo que de él importa para éstas fue su muerte, de la cual da cuenta el primer tomo de la “Historia de Méjico”, de Lucas Alamán.

Dice el gran historiador que, a la muerte de don Juan Calado, el virrey Félix Berenguer de Marquina tomó ventaja antes de que varios levantaran la mano en pos del puesto que dejó vacante el señor Calado, y se adelantó nombrando a un personaje de su estima, a quien conoció cuando era oficial mayor en la capital de la Nueva España. El nombre de este caballero era Miguel Domínguez y su nuevo encargo: corregidor de Querétaro.

“El corregimiento de Querétaro tenía de sueldo cuatro mil pesos”, y con otros encargos adicionales, “subía a ocho mil pesos anuales”, da el dato Alamán.

Este “corregidor de letras… favorecía la revolución, y con mayor y más decidido empeño su mujer Da. Maria Josefa Ortiz”.

Se celebraban lo mismo en su casa que en la del presbítero José María Sánchez, entre otras, reuniones secretas a las que concurrían los licenciados Parra, Laso y Altamirano, “el capitán Allende, del regimiento de la reina, y el de la misma clase don Juan Aldama, que iban secretamente de S. Miguel el Grande” (Alamán).

La magna obra de Lucas Alamán, que consta de cinco tomos, es un faro de luz sobre este importante episodio de la historia nacional, obra imperdible para ir más allá de la superficialidad de las monografías y los libros de texto, hoy tan cuestionados.

Continúa Alamán: “El cura de Dolores, D. Miguel Hidalgo, fue oculto a Querétaro a principios de septiembre, invitado por Allende, y habló con Epigmenio González, pero poco satisfecho por entonces de los medios con que contaban los conjurados, no se decidió a tomar parte en la revolución que intentaban, lo que más adelante hizo, habiéndole dado Allende informes más satisfactorios”.

En la “Historia mínima de México”, editada por El Colegio de México en 1973 bajo el impulso y entusiasmo de Daniel Cosío Villegas, el historiador Luis González expone que el momento cismático que desembocó en la revolución de independencia fue cuando en 1808 Napoleón ocupó España.

Los mexicanos no se sentían españoles; es más, lo mismo criollos de clase media que ricos que tenían latifundios y minas, estaban en contra de seguir compartiendo riqueza con España.

En ese orden de cosas, México debía aprovechar la invasión napoleónica para sacudirse el yugo ibérico. Los siguientes versos, nos dice Luis González, un día amanecieron en la capital mostrando el ánimo que imperaba:

 

Abre los ojos, pueblo mexicano, y aprovecha ocasión tan oportuna.

Amados compatriotas, en la mano las libertades ha dispuesto la fortuna;

si ahora no sacudís el yugo hispano

miserable seréis sin duda alguna.

 

Los ánimos estaban caldeados contra el yugo virreinal. Para 1808, se calculaba en setenta mil el número de españoles nacidos en suelo ibérico radicados en la Nueva España. Ocupaban “casi todos los principales empleos en la administración, la iglesia, la magistratura y el ejército” (Alamán).

El encono fue creciendo, no sólo de los nativos, mulatos y mestizos contra los españoles, sino principalmente de los criollos, personas de origen español nacidas en la Nueva España. Y es que los españoles, continúa don Lucas, “habían adquirido una prepotencia decidida sobre los nacidos en el país; no será difícil explicar los celos y rivalidad que entre unos y otros fueron creciendo y que terminaron por un odio y enemistad mortales”.

Según el barón Alexander von Humboldt, en 1804 había 16 blancos o españoles por cada cien habitantes. Cuatro años más tarde la proporción seguía igual. Alamán dice que la población española nacida en la Península Ibérica no era ni la quinta parte de la población, que en 1808 era de seis millones. Esto es, los españoles nativos contra los que crecía el encono de la población eran un millón doscientos mil como máximo.

Es en este ánimo de cosas cuando se presenta la conspiración de Querétaro, entre otras. Luis González expone en estas resumidas palabras lo sucedido: “Se conspiró en muchas partes, pero los conjurados de Querétaro, San Miguel y Dolores, al ser denunciados se pusieron en pie de lucha. En la madrugada del domingo 16 de septiembre de 1810, el padre y maestro Miguel Hidalgo y Costilla, viejo acomodado, influyente y brillante, exalumno de los jesuitas y cura del pueblo de Dolores, puso en la calle a los presos y en la cárcel a las autoridades españolas del lugar; llamó a misa y desde el atrio de la iglesia incitó a sus parroquianos a unírsele en una “causa” que se proponía derribar al mal gobierno. La arenga del párroco en aquel amanecer se denomina ‘Grito de Dolores’, y se considera el punto culminante de la historia mexicana”.

¿Por qué recordar esto? Por la fecha, evidentemente. Pero más aún por la importancia de la historia, como nos lo subraya Lucas Alamán en su “Historia de Méjico”: “la utilidad de la historia consiste, no precisamente en el conocimiento de los hechos, sino en penetrar el influjo que éstos han tenido los unos sobre los otros; en ligarlos entre sí de manera que en los primeros se eche de ver la causa productora de los últimos, y en éstos la consecuencia precisa de aquéllos, con el fin de guiarse en lo sucesivo por la experiencia de lo pasado”.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

 

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