La humanidad atraviesa crisis severas que nos tienen bajo amenaza. El cambio climático, las guerras de aquí y de allá, la reciente pandemia y sus consecuencias económicas, la necesidad de reinventar maneras de coexistir, las problemáticas de salud originadas por los narcóticos, la polarización entre ideologías políticas, los sistemas económicos fallidos que han detonado hondas diferencias entre la población y, por supuesto, bajo una perspectiva más local, la endeble seguridad del país que, entre muchas tragedias, ha ocasionado una migración vertiginosa hacia ciudades que antes creíamos “a salvo”.
Nos enfrentamos a la urgente necesidad de resolver conflictos que fuimos responsables de crear. Durante años, y en aras del “progreso”, hemos envenenado el medioambiente con plásticos y combustibles, sobrepoblado las urbes de forma desorganizada, exaltado las diferencias entre poderes adquisitivos al sucumbir a la vorágine capitalista que, por encima de todas sus virtudes, nos ha inculcado la necesidad de tener más, y nos ha acorralado ante una perspectiva individualista.
Ver hacia afuera y pensar en colectivo parece demasiado doloroso y presenta retos que nos estorban, nos quitan tiempo para seguir inmersos en el desesperado intento por acumular, o simplemente por sobrevivir.
Durante este sexenio, el gobierno del Estado de Yucatán ha dado a conocer inversión, obra y políticas públicas (en turismo, por ejemplo) que en mucho apelan al tema de la transformación y el progreso, pero que dibujan con claridad la crisis que ya he resumido: aquella de la promoción, la modernización y el desarrollo entendidos como cualquier avance de las cadenas de producción y empleo, sin explorar “la descontextualización de la identidad local y las prácticas culturales que son esencia de cada comunidad”, como indica la Organización Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos (2022).
El anuncio de la apertura de 28 nuevas tiendas Walmart en el estado promete la generación de “1,000 fuentes de trabajo directas en Espita, Dzidzantún, Motul, Peto, Tekax, Tizimín, Tzucacab, Acanceh, Tekit y Mérida” (Diario de Yucatán, 6 de octubre), pero arroja interrogantes que urge plantearnos: ¿Qué tanto se está cuidando el balance entre progreso y cultura en nuestro estado? ¿Se está buscando integrar el análisis de los aspectos culturales y el impacto que tendrán en ellos las decisiones de las autoridades? ¿Cuántos negocios locales bajarán sus cortinas por falta de clientes? ¿Dónde tendrán cabida productos locales como frutas, condimentos o comida preparada que se ofertan en los tendejones?
Entrevistada exprofeso para la realización de este artículo, Mariel Kuri Auais, especialista en Economía y Finanzas Regenerativas, experta en Diseño de Sistemas para la Sustentabilidad y Regeneración, nos dice:
“Si bien la derrama económica de la inversión —de emplearse mano de obra yucateca— será benéfica para el estado, el tema aquí es dimensionar el impacto en la cultura, estilo de vida, usos y costumbres de las poblaciones en las que se abrirán las nuevas tiendas. El desarrollo económico tiende a obviar este tipo de externalidades”.
La llegada de Walmart competirá con las tiendas de conveniencia y con la oferta de productos locales. De acuerdo con la entrevistada, en la mayor parte de los casos, las condiciones laborales cambian culturalmente a la población: “Las jornadas de trabajo son más rígidas, se pierde el contacto humano que hay en la costumbre de acudir al súper local. Además, el dinero circulante va directo al corporativo. La gente deja de ser dueña de su negocio y se vuelve mano de obra calificada…”.
Ella misma se pregunta: “¿Realmente quieren estas comunidades que el capitalismo las alcance? La prosperidad no solo se mide en términos monetarios, es necesario conservar la esencia de la comunidad y medir la calidad de vida, la calidad de las relaciones, la salud de las personas y la naturaleza”.
Las administraciones federal y estatal están a unos cuantos meses de un cambio, y los candidatos, a quienes el endeudamiento del país y del estado no debería permitirle proponer grandes obras, quizá puedan encontrar en este análisis alguna pista para perfilar sus ofrecimientos.
Creo que es momento de dejar a un lado las cuantiosas inversiones, las obras faraónicas, y volver los ojos al cuidado del balance entre progreso y cultura, al reconocimiento y el impulso de los emprendimientos, y a la reconstrucción de la infraestructura que está a punto de perderse.— Mérida, Yucatán.
erica.millet@gmail.com
Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado
