En días previos al arranque de la Guerra del golfo pérsico en 1990, en la prensa alguien publicó que la primera víctima de la guerra había caído, y fue un mexicano.

Resultó que un individuo en nuestro país, se pasó de los elíxires que brinda el alcohol dentro de un bar, y animadamente exclamó: “¡Arriba Saddam Hussein!”. Ni tardo ni perezoso, otro comensal, en iguales condiciones, desenfundó un arma y le tiró bala, lo cual lo mató. No había iniciado la guerra aún y ya había una víctima, solo que ésta nada tenía que ver con la disputa tan lejana, pero fue muestra de lo que un fanatismo exacerbado puede lograr.

En México, muchos conocen el tema musical que habla del santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog, donde, en una arena de lucha libre, los gladiadores pelean y la Sonora Santanera emociona al que lo escucha y lo anima tanto en tal situación, que hasta pareciera ser que la estuviera viviendo físicamente en la Arena Coliseo, la plaza de toros o cualquiera que sea el lugar donde existen luchas profesionales en México.

La lucha libre es un gran espectáculo de enraizadas tradiciones entre los mexicanos. Pero, terminando el espectáculo, porque eso es, y grande, resulta que los “enemigos” luchadores, son grandes cuates o al menos conocidos, mientras en el graderío se arma algo parecido a un total aquelarre o a una batahola, donde los fanáticos se dividen defendiendo cada quien a su ídolo luchador.

En política ocurre algo similar, pues familias enteras, grandes amistades y demás, acaban siendo enemigos a muerte solamente por tener el color distinto del partido que defienden estoica y hasta violentamente, como si fuera un round entre el Santo y el Cavernario Galindo (para los seguidores de la lucha libre).

Lo mismo resulta en lo futbolístico donde grandes broncas hemos observado tanto entre los jugadores de las chivas del Guadalajara, Cruz Azul, etc., en contra del América, Pumas, Tigres o el que sea.

Pero en realidad, los ídolos deportivos o líderes políticos por los cuales una persona u otra defiende su postura son tan cuates o amigos y, muchas veces hasta parientes, por lo que a fin de cuentas su amistad o parentesco rara vez entra en juego. Y nunca se enemistan ni se pelean entre sí.

Hasta parecería que se divierten observando juntos desde las gradas, cómo se enfrentan los unos a los otros cual circo romano.

Esto no es culpa de los políticos sino de los que lo permiten, pero, lamentablemente, mucha gente lo hace, y se vuelve carne de cañón para sus intereses. Férreas discusiones se dan, gracias a la tecnología, entre la gente fanática del tema político, llegando al punto de que, en las redes sociales como Facebook, WhatssApp, X (antes Twitter) y todas las que existen, se calienten los usuarios a tal grado, que, si estuvieran de cuerpo presente, probablemente se liarían a golpes.

Estas feroces y encarnizadas discusiones pueden lograr también que algún enojado participante llegue a decir, “si piensas así, ya no eres mi amigo”. Hágame usted, estimado lector el favor.

Precisamente por este motivo se debe aplicar el dicho de que las cosas no se toman con todo y tierra, es decir, se debe agarrar lo bueno y desechar lo malo. Lamentablemente los poderes fácticos hacen su labor, y tripulan o contaminan y manipulan el cerebro de su víctima, que puede ser usted, yo o cualquier persona, amable lector. Debemos ser aficionados, o lo que sería mejor, conocedores de la política, pero nunca fanáticos, como ocurre en algunos países donde el fanatismo, sobre todo el religioso, ha desencadenado guerras, muertes, devastaciones y desastres.

Dilema

Conservar familia, amigos o conocidos es mejor que romper lazos familiares, pelearse con amigos o conocidos y, lo que es peor, todo por un partido político, o un individuo, que más tarde que temprano estará tomando alegremente una cerveza, un té o un café con el sujeto motivo de la disputa.

Con lo anteriormente comentado podemos hacer la analogía del ciudadano fanático político y lo que ocurre entre el borrego de un pastor (llámese éste a un partido político, líder, o equipo de fútbol), al que su fanatismo lleva al matadero de perder familia o amigos por seguir fielmente al líder del rebaño.

Cada día se acerca el 2024, año en el que tendremos en el país las elecciones más grandes de la historia, donde veremos cuántas familias se dividen y cuántos amigos terminan peleados de por vida por hacer apologías de sus líderes.

Eso no tiene sentido pues en alguien debe caber la prudencia, y ese alguien, ojalá sea usted.— Mérida, Yucatán

condeval1@hotmail.com

Ingeniero, Valuador, Maestro en Dirección de Gobierno y Políticas Públicas

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