Del cultivo del maíz se ha hablado mucho y se sigue escribiendo acerca de la milpa y sus bondades. De lo que se habla poco en nuestros días es del henequén (kij). Siempre tuve la inquietud de saber acerca del cultivo de esta planta, que tuvo mucha importancia en la economía de Yucatán.

En octubre pasado visité a un amigo del pueblo de Ixil, don Ricardo Cutz Yam. Después del saludo de bienvenida y recordar que había pasado mucho tiempo, casi cinco años, de no visitarlo, comenzamos a recordar cómo conocí a la familia en 1982, gracias a la amistad de José Tec Poot, mi maestro de lengua maya en la Escuela de Antropología de la Uady; recordamos que hace 38 años que José no está físicamente entre nosotros y también su hermana Pastora Tec Poot, esposa de don Ricardo.

La plática empezaba a ponerse nostálgica y opté por cambiar de tema, inmediatamente le pregunté acerca del henequén y su cultivo. Entonces, como si estuviera preparado para una conferencia magistral, don Ricardo, a pesar de sus 84 años de edad, con mucha lucidez me platicó con lujo de detalles el trabajo del henequén; iniciando con el cultivo de esta planta maravillosa, que, como buena fibra, sirvió para tejer la vida de los campesinos yucatecos y la historia de los municipios que conforman el centro de nuestro Estado, mejor conocido como la Zona Henequenera.

Don Ricardo comenzó su narración de esta manera:

Yo crecí en los campos del henequén, mi papá, don Miguel Cutz, desde los diez años me comenzó a llevar a los plantíos grandes, a recolectar los hijos de henequén. Esas plantitas tienen entre diez o 15 centímetros de altura, algunas que ya tienen 30 o 40 cm., se amarran en rollos de 25 plantitas y ya se pueden llevar al plantel para sembrar.

Cuando te mandan a sembrar tienes que dejar un espacio de tres metros entre surco y surco para que cuando vayan a cortar las hojas haya un espacio para manejarlo, cada plantita se siembra a una distancia de un metro, un surco de cien metros lleva cien matitas.

Semillero

En una ocasión llegó un ingeniero de apellido Polanco y le encargaron que haga un semillero, él no sabía qué era eso, entonces me mandó llamar y me preguntó si sé hacer un semillero. Le mostré los semilleros que teníamos hechos y le expliqué cómo se hacen, pero le fue más fácil pedirme que yo haga uno nuevo, entonces le dije que me dé dos ayudantes y nos dedicamos a preparar el semillero.

Los semilleros son como unas eras en donde se siembran las matitas del henequén, dejando una distancia de una cuarta (20 cm) entre cada plantita, para que tengan espacio y puedan desarrollarse, cuando alcanzan una altura de 30 o 40 centímetros se cortan para llevar a sembrar en el plantel, no se arrancan con la raíz; se corta la raíz y se le deja como una cebolla, eso al sembrarlo rápidamente produce otra raíz y se adapta al suelo, si lo siembras con raíz, no desarrolla bonito.

Los hijos del henequén salen debajo de las matas adultas, también salen en el varejón, de ahí se agarran los hijos para sembrar, ya sea los que salieron en la tierra o los que brotaron en el varejón son buenas para semilla.

Los ingenieros agrónomos que venían a supervisar la producción no sabían cómo se inicia el cultivo, ellos sólo ven lo bonito de un plantel y la calidad de la fibra (sóoskil).

A los campesinos que trabajamos en el plantel nos daban cien matitas para sembrar en una línea de cien metros, cada plantita se siembra a una distancia de un metro. Entre surco y surco se deja una distancia de 3 m, para que desarrolle la planta y quede un espacio de un metro, eso permite tener un espacio amplio para entrar a cortar las hojas.

Cosecha

Al cumplir cuatro años de haberlos sembrado ya se puede iniciar la cosecha o el primer corte de las hojas, el henequén es una planta muy noble, se desarrolla mejor entre piedras y no en la tierra suave, la producción de hojas dura hasta 24 años, después, le sale el varejón y es la señal de que ya rindió lo que debía.

Cuando se cortan las hojas, en el tronco se va formando como una piña y luego le sale el varejón, a eso se le llama bo’; en maya, la planta del henequén se llama kij, la punta de la hoja trae un espino ( k’i’ix kij, o ni’ kij), durante el corte de las hojas el campesino debe tener mucha habilidad para corta el espino procurando que caiga junto al tronco de la planta, pues no puede quedar en el camino porque lo pueden pisar y lastimarse; a la hoja se le llama Le’ kij, la fibra es el sóosquil.

Secado

Una vez que se haya raspado la hoja o penca, la fibra se saca al sol para que se seque y al mismo tiempo el viento ayuda a quitar el tamo ( tsaap), ese polvo que despide da picazón; allá donde están las máquinas raspadoras van cayendo los residuos o bagazo de la hoja que se raspa; a eso se le llama ta’ kij, este desperdicio se regalaba a los campesinos horticultores, para abonar sus sembradíos de cilantro, lechuga, cebolla, yerbabuena y rábanos.

Una vez que esté seca la fibra, se lleva a la bodega y ahí hay un grupo de trabajadores encargados de formar los rollos o pacas del sóosquil, los rollos llegaban a pesar hasta 200 kilos, el problema era moverlos después, los cargadores pedían que sea menos pesado, entonces se empezó formar pacas de 160 kilos y ya fue más manejable.

Para hacer los rollos o pacas, se contaba con una prensa manual y para eso se necesitaba que los trabajadores tengan fuerza, para bajar la palanca, porque si no hay fuerza y destreza, te levantaba la palanca y ahí te quedabas colgado.

Las hojas del henequén se clasificaban por su longitud: había hojas doble A, de 1.50 metros; hoja A, de 1.30 metros; hoja B, de un metro; hoja C, de 80 o 70 cm, luego seguía la hoja cortada, es decir, las hojas que vienen manchadas y se les quita la mitad quedando de 40 centímetros, todas las hojas se aprovechaban.

Las manchas en las hojas no afectaban a la fibra, porque ésta viene en el interior de la hoja, así que, al rasparla siempre sale una fibra limpia.

Decadencia

Cuando empezó a decaer el cultivo y todavía había demanda del producto, se empezó a traer el henequén de Tanzania, África, esa era una hoja muy larga; medía dos metros y para poder desfibrarla había que cortarla a la mitad, llamaba la atención porque era muy larga, pero la fibra no era muy fuerte, en el extranjero se solicitaba la fibra yucateca porque era bonita y más resistente.

El trabajo del henequén fue muy redituable económicamente, por eso se le llamó el oro verde de Yucatán; lástima que todo se acabó.

Antes de despedirme, le agradecí a Don Ricardo sus atenciones y el haberme compartido una parte de su historia de vida. Al final, le prometí volver otro día para seguir escuchando sus relatos.

Y usted, amigo lector, ¿había escuchado alguna historia del henequén?— Mérida, Yucatán.

tekito_61@yahoo.com.mx

Antropólogo

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