Erica Millet Corona

La lluvia adquiere los matices que, de acuerdo con nuestro ánimo y según nuestras expectativas, le endilgamos.

Es romántica si es llovizna mañanera, revitalizante si da tregua al calor abrasador, y nostálgica si nos sorprende en la playa después de encapotar el cielo.

A pesar de ser, como creían nuestras abuelas, un augurio de felicidad, la lluvia puede convertirse en una muy inoportuna intrusa para eventos como las bodas y los actos oficiales, o bien, severa e imprudente visita cuando frustra nuestros deseos de habitar el espacio público y recorrer las calles en fechas marcadas en el calendario, como aquellas veladas de la Noche Blanca.

No es la primera vez que un evento como éste sufre complicaciones por la lluvia. Recuerdo especialmente su octava edición, en junio de 2017, año en que Mérida fue Capital Americana de la Cultura por segunda ocasión.

El aguacero obligó a reubicar algunos eventos y a cancelar otros, incluido el magno concierto que el maestro Armando Manzanero iba a dar esa noche en los bajos del Palacio Municipal. Él, generosamente, accedió a reprogramar su actuación para agosto del mismo año; otros actos fueron presupuesto perdido, oportunidades que no se rescatarían.

Nuevamente, el 24 de noviembre de este año, una Noche Blanca estuvo pasada por agua. Muchas personas acudimos al Paseo de Montejo para ver caminar al gigante de La Fura dels Baus —la importante compañía teatral y empresa artística de grandes espectáculos, fundada en 1979 en la comunidad catalana de Moyá, España—, que gracias a los oficios del Ayuntamiento de Mérida, a través de su Dirección de Cultura, tuvimos oportunidad de recibir.

A pesar de los contratiempos, mucha gente pudo admirar su andar por las calles de la emblemática avenida y registrar imágenes que pasarán a ser parte del catálogo de momentos culturales memorables en el espacio público meridano; pese a los cambios y las cancelaciones, es encomiable un programa artístico bien curado y con un balance adecuado entre lo local y lo internacional, entre lo vanguardista y lo tradicional.

La Noche Blanca es la tropicalización de la Noche en Blanco, que se originó en París en 2002 y fue —————

(*) Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado extendiéndose hacia otras capitales europeas (destacan las ediciones de Madrid y Barcelona) hasta alcanzar ciudades americanas como Bogotá y Mérida, la cual vio su primera edición el 20 de julio del 2013, durante la primera administración de Renán Barrera Concha.

El propósito original era difundir manifestaciones contemporáneas del arte para que el público entrara en contacto con estímulos a los que quizás estuviera menos habituado. Sin embargo, al implementar el evento en diferentes urbes alrededor del mundo, los usos y costumbres, el entorno y las tradiciones fueron tomando un papel preponderante en la adaptación de su formato.

Hoy por hoy, al celebrarse nuestra edición número 16, podemos hablar de la Noche Blanca como un referente en la vida cultural de Yucatán; llegó para romper paradigmas en cuanto a la concepción tradicional de vivir el arte en las calles, y ha logrado arraigarse a tal grado que nos resulta difícil pensar en que se rompa la continuidad de sus ediciones bianuales.

Ha evolucionado, pero también ha tenido sus baches y sufrido retrocesos, como cuando las autoridades decidieron darle un carácter más popular durante la administración municipal 2015-2018, incluyendo en el programa a cantantes pop como Mario Bautista, una estrella juvenil admirada en las redes sociales de aquel momento, lo que desvirtuó, a mi juicio, el propósito del acontecimiento con la banal propuesta que representaba su participación.

La XVI de la Noche Blanca tuvo como eje, a mi parecer, un programa diseñado, a todas luces, con la intención de obtener un equilibrio entre el impulso a las y los artistas locales, quienes valientemente han sostenido el quehacer cultural en los tiempos más precarios en cuestión de presupuestos, y la propuesta innovadora de compañías extranjeras que siempre es grato recibir y que diversifican y enriquecen la oferta, lo cual se justifica y agradece en fechas especiales como ésta.

La Noche Blanca es un buen ejemplo de política pública consolidada a través de un programa que ha pervivido cuatro administraciones municipales, y que deberíamos intentar no desvirtuar.

Como ciudadanía nos corresponde esta parte: desarrollar un interés genuino por entrar en contacto con las propuestas artísticas de calidad; apoyar la creación artística local para activar así nuestra economía creativa; buscar lo que nos resulte más afín entre las opciones que se proponen; salir de la zona de confort y exponernos a la energía revitalizante y el efecto sanador que el arte puede tener en nuestras vidas, aun cuando llovizne un poco.— Guadalajara, Jalisco.—Mérida, Yucatán

Correo: erica.millet@gmail.com

*Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado

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