Sr. Santa Claus.
Rovaniemi, Laponia, Finlandia.
Domicilio conocido.
Querido Santa:
Antes que todo, me disculpo. Envío la presente con un serio retraso por razones que explicaré líneas adelante. Reconozco que te causo… ¿me permites tutearte? Bien. Decía que reconozco que te causo un problema al hacerte llegar esta carta en la víspera de Nochebuena. Te supongo seriamente atareado en el trajín de envolver regalos y verificar el funcionamiento del trineo. Los renos dispuestos para emprender la fatigosa jornada y yo aún transmitiendo la presente.
Verás, el motivo del atraso es que mi ánimo no está para hacer peticiones, costumbre secular cuando de ti se trata. La situación del país no invita a pedir algo en esta Navidad, a no ser paz y concordia, fin de los divisionismos y estigmatizaciones, no derroches ni traiciones… todo lo cual, ni tú ni nadie están en la capacidad de conceder.
Sin embargo —insisto dispenses mi retraso por favor, afable y rollizo amigo—, de última hora decidí hacerte unas peticiones que considero no banales. Comencé a escribirlas no ha mucho y espero concluirlas en esta carta que, una vez terminada, colocaré en la bota que no cuelga de la chimenea, pues no tengo una. ¿Quién en Yucatán tiene chimenea?
Pondré, pues, la bota donde pueda ser vista por ti sin necesidad de buscarla o agacharte, porque tienes prisa y asumo te resulta cada vez más difícil mover tu grueso corpachón.
La misiva en cuestión no viene acompañada de peticiones para que coloques obsequios bajo el árbol, como dicta la costumbre. Por el contrario, está poblada de asuntos y temas que quiero no hagas.
Así que comencemos:
En primer lugar, mi estimado y sonriente amigo, te pido que no me hagas no preguntarme las cosas importantes de nuestro entorno social, económico, político, cultural… No permitas que me convierta en un sujeto que se deja llevar por la corriente de la carencia de cuestionamientos y críticas. Menos en los tiempos que corren.
Te pido asimismo que no consientas que pierda la capacidad de asombro. No me permitas normalizar aquello que no lo es. Tantas masacres en México no son sucesos ordinarios. Una sola masacre no lo es. La dilapidación de recursos públicos tampoco. La no rendición de cuentas claras, menos. El uso del cargo para aprovecharse de él en beneficio propio y el de la familia igualmente no es una cuestión que raye en la normalidad.
El maltrato al prójimo, en especial al sexo femenino, no es normal, como de ninguna manera lo es violar una ley, menos aún a manos de los mismos que la aprobaron. La tala de millones de árboles tampoco es un fenómeno normal ni justificable. Es algo fuera de lo ordinario. No permitas que acepte que se normalice lo anormal en nombre de una causa, cualquiera que ésta sea. ¡En nombre de cuántas causas se han cometido crímenes atroces en la historia! Ver morir a alguien es un hecho extraordinario. Ver morir a miles corre el riesgo de volverse cosa normal cuando se intenta justificar en aras de una causa.
No consientas que me aísle en una burbuja bajo el falso supuesto de permanecer ajeno al ruido exterior, con la peregrina idea de que aquí estamos seguros y así seguiremos. Nada es ajeno. Ni un anacoreta puede aislarse por completo. No me hagas cerrar los ojos a la realidad de crimen, ilegalidad, desgobierno y su voraz mancha galopante. La huella de Sauron llegará tarde o temprano a la inocente comarca si nada hacen los hobbits por evitarlo. Aislarse es condenarse a ser conquistado, aplastado.
También te pido, mi regordete amigo, no convertirme en un ser desinformado. Vivir sin información es hacerlo en un mundo alterno sin percatarse del porqué de las cosas que nos rodean; es esperar un golpe sin saber cuándo ni por dónde vendrá. Informarse, querido barbón, es pensar, pensar es cuestionar, cuestionar lleva a actuar y hacer actuar para construir una mejor sociedad. Permanecer desinformado es renunciar al privilegio de participar en la construcción de una comunidad mejor, privilegio que quedará en manos de otros cuyos propósitos pueden ser inconfesables… o confesables con todo cinismo. Cosa de los tiempos actuales.
Amable y rojo hombre de tierras gélidas, te pido de todo corazón no permitas que me convierta en un propagandista del régimen. De ningún régimen. ¡Ah, cómo he visto que se envilecen personajes tocados por Calíope, Clío y Euterpe! Sus enormes méritos desmerecen cuando se convierten en corifeos de regímenes que, vale decir, siempre necesitan de ellos y sus talentos.
No me equiparo con personajes talentosos, por supuesto, sólo quiero pedirte que la pluma no pierda el filo de la crítica que invita a la reflexión.
Finalmente, mi famoso y barbudo caballero con lentes de arillo, cierro esta carta con la más encarecida petición: concédeme no acercarme a la política sino desde el lado del estudio, análisis, observación y reflexión de ese oficio de tinieblas. Brincar al ejercicio de la misma es pasar a otras fases (¿superiores? ¿inferiores?) propias de personajes de cáscara e interior moldeados con una pasta especial.
Cierro la presente confiado en que, querido Santa, has tomado nota de lo que no quiero para esta Navidad. En cuanto a lo que quiero, eso se construye día con día, como todas las cosas que valen la pena.
Quedo tuyo como tu atento y seguro servidor.
P.S. Envío la presente al domicilio donde, según varias investigaciones serias, se ubica la casa-taller que habitas. La concesión a las peticiones que te hago será la prueba fehaciente de que no me he equivocado de dirección.— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
