La esclavitud se refiere al pago nulo o minúsculo por la prestación de un trabajo y el individuo carece de libertad de tomar alternativas. Según la oficina del Departamento de Estado de Estados Unidos, hay alrededor de 27.5 millones de víctimas explotadas por los depredadores en el mundo. Esas personas sin escrúpulos explotan a adultos y niños. En 2019, en México, según el Inegi, 2.2 millones de niños y niñas de menos de 17 años trabajaron en ocupaciones no permitidas. De estos, el 25% trabajó en sector servicios, 29% en el agropecuario y el resto en las áreas de comercio, construcción e industria. Ejemplo de ello fue comentado en El Diario hace unos días acerca del niño que falleció pidiendo limosna, una historia de explotación infantil. El hecho nos estremece y recuerda que la esclavitud ha estado ligada a la historia humana y sigue presente en nuestros días.

Dependiendo del contexto, ciertos países con tendencias socialistas (como Cuba, Venezuela y Nicaragua) suelen ser mucho más absurdos respecto de la esclavitud que los países libres. En efecto, sus sistemas económicos fallidos rechazan la remuneración adecuada por cada oficio de acuerdo con la diferencia de educación, responsabilidad, toma de decisiones y condiciones y riesgos laborales. Literalmente la población es esclava del dictador en turno, pues esta tiene pocas posibilidades de cambiar de país a su antojo. Hay que recordar esto en el contexto que le entregan a ciertas personas “una torta y un refresco” por su voto. En contraste, una atractiva característica del sistema de libre mercado es que se retribuye la iniciativa, el esfuerzo y la toma de riesgos. Mientras mejor trabaja una persona, mas gana.

En México hay otro grupo de gentes que también se les puede considerar esclavos porque las empresas gozan de sus conocimientos y su juventud sin una contraprestación económica por los servicios redimidos y donde las opciones para los jóvenes son limitadas. Me refiero a los practicantes y recién egresados de las carreras de educación superior. Que si bien es cierto que no han terminado sus estudios o están recién concluidos, cuando entran al campo laboral su primera experiencia es precisamente la de esclavos, donde empresas se aprovechan de la preparación de la escuela para resolver problemas complejos desde un punto de vista diferente, por medio de la creatividad y frescura de los conocimientos, que pueden aportar enormemente a las empresas. Me dicen que es porque la empresa les va a pagar en experiencia, pero no solo no reciben remuneraciones por sus esfuerzos, sino también son receptores de acoso, discriminación o explotación. A veces se les pone en lugares inseguros o con poca higiene. Por eso es tiempo de modificar la Ley del Trabajo para resolver este tema, pues son precisamente los jóvenes quienes corregirán el rumbo del país, y en ellos tenemos puestas nuestra esperanza.— Mérida

Candidato a doctor en Análisis Estratégico y Desarrollo Sustentable por la U. Anáhuac-Mayab

 

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