Václav Havel, expresidente de la República Checa, afirmaba: “la esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, independientemente de su desenlace”.

La frase nos recuerda que los humanos debemos regir nuestro actuar con base en principios éticos, sin permitir que el cinismo y el pragmatismo perturben la brújula moral que llevamos dentro.

Sin embargo, la era contemporánea nos presenta un entorno saturado de distractores que fácilmente consiguen alejarnos de lo esencial, para colocarnos en el plano de lo superficial y banal.

La dinámica social híper-acelerada se traduce en mujeres y hombres cada vez más estresados y frustrados. La paradoja es mayúscula: nunca en la historia hemos tenido herramientas tecnológicas tan sofisticadas, ni tampoco a tanta gente alrededor del mundo con la sensación de que no vale la pena vivir sus vidas.

En la opinión experta de diversos especialistas en psicología y psiquiatría, el gran mal de salud pública del siglo XXI será la epidemia de depresión que azotará a parte importante de la población global.

Si bien, la salud mental requiere de atención profesional, considero que, en gran medida, la tendencia ascendente de la depresión, así como de la ansiedad y otros problemas de esta índole, se relaciona con la pérdida de la esperanza.

Básicamente, las personas contamos con una inherente pulsión de trascender; nos sentimos vivos cuando hallamos propósito en nuestra existencia. Las metas personales y sueños por cumplir nos inspiran y fortalecen para seguir adelante.

De tal suerte que, si se percibe que no hay sentido en aquello que hagamos o dejemos de hacer, se apaga la motivación para despertar cada mañana y emprender nuevos proyectos.

El riesgo es caer en el abismo de la frustración, y quedar a la deriva sin nada que nos anime a continuar por la senda del esfuerzo. A esto se le conoce como desesperanza.

En cambio, se ha demostrado que aquellas personas con arraigada noción de su propósito de vida suelen ser más longevas y refieren ser, a su vez, más felices. Desde luego, para estos individuos, la esperanza es un eje rector que les guía.

Es inevitable que los humanos experimentemos pasajes dolorosos y sufrimiento a lo largo de nuestro ciclo vital, pero siempre y cuando se mantenga encendida la luz de la esperanza, habrá una motivación para seguir viviendo.

Esta poderosa motivación puede hallarse en distintos elementos como la religión, la familia, la vocación, el activismo o la filantropía. Muchas veces, la clave radica en la armonía entre múltiples facetas de la dimensión humana.

Si hacemos el ejercicio introspectivo de pensar en cuáles son las cosas por las que debo sentirme agradecido con la vida, seguramente, descubriremos que somos más afortunados de lo que imaginábamos.

Con frecuencia, ponemos atención en lo que nos hace falta, ignorando lo que sí poseemos. Incluso pasamos por alto lo más importante al darlo por sentado —salud, relaciones interpersonales, afecto, por citar ejemplos—.

Habiendo identificado todo lo que nos lleva a la gratitud, será más sencillo responder a la pregunta: ¿para mí, por qué vale la pena vivir? Aferrarnos a lo esencial es suficiente para abrir las puertas de la esperanza.

La mejor motivación es aspirar a contribuir en la construcción de un mundo mejor. Para ello, los humanos disponemos de la capacidad de desarrollar valores fundamentales como la empatía, la generosidad y la solidaridad.

Nunca morirá la esperanza de un mejor mañana, porque las personas contamos con inteligencia, libertad y voluntad para ser el cambio que queremos ver en nuestro entorno. Y el futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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