Erica Millet Corona

La candidata de Fuerza y Corazón por México, Xóchitl Gálvez Ruiz, asestó uno de los más certeros golpes para su imagen con su reciente viaje a los Estados Unidos.

A través de esta acción, consiguió anotarse varios puntos a su favor y, a la vez, marcar contundentes diferencias con el régimen de Andrés Manuel López Obrador, el cual está plagado de estrecheces ideológicas a la hora de presentarse como un líder global.

AMLO se escuda en conceptos como la soberanía o la priorización del bienestar y los problemas del pueblo cuando llega la hora de cruzar la frontera y abandonar el territorio nacional para asistir a foros, reuniones bilaterales o giras internacionales. La realidad es que, al parecer de muchos, sus escasas participaciones en eventos con sede en el extranjero lo han evidenciado como un personaje apocado e inseguro, que pierde fuerza al abandonar su lado de la cancha.

En pleno periodo de intercampaña, cuando aún está prohibida la propaganda electoral o los llamados explícitos al voto, el equipo de Gálvez se anota un 100 con este viaje, pues ha logrado visibilidad para la figura de la candidata, así como exaltar atributos que no fueron del todo visibles durante la etapa anterior.

Xóchitl transita, a través de este acierto, de la exaltación de sus orígenes y su ascenso meritocrático en la pirámide social a mostrarse como una estadista, capaz de codearse con empresarios, funcionarios y ciudadanos de todas las nacionalidades y los extractos sociales.

Lo hace con la autoridad y la seguridad que únicamente brindan los conocimientos de una mente bien informada; imprime a sus acciones el desparpajo que acostumbra también en casa: no la vemos intentando encajar en ningún molde ni comportarse de forma diferente, sino siendo ella misma y adaptando su personalidad al entorno de manera adecuada.

Vemos también a una líder capaz de reírse de sus propios errores, lo cual no es común en las figuras encumbradas. Mejor aún, los usa para interactuar con personajes que terminan sumando frescura a sus recorridos.

En uno de sus discursos, Gálvez exhorta al presidente Biden a actuar conforme a sus palabras: Walk the talk es la expresión que usa para realizar este llamado, y su acento, al repetir la frase en más de una ocasión, le valió críticas y ridiculizaciones. Su reacción es suficiente para demostrar que tomará más que mofas conseguir abochornarla.

Con estas palabras escritas en un cartel, recorre las calles para “aprender” a pronunciar debidamente el dicho popular norteamericano.

La autocrítica es una herramienta subvalorada en estos tiempos y, a mi parecer, una de las más importantes para garantizar el crecimiento personal.

Nos ofrece la oportunidad de aprender de nuestras experiencias, corregir errores y perfeccionar habilidades. Ser autocríticos de manera abierta nos permite mostrarnos humildes. La sencillez que esto implica es uno de los principales atributos que debemos buscar en los liderazgos de hoy, si es que queremos marcar un cambio significativo.

Durante la precampaña, critiqué abiertamente algunas de las decisiones del equipo de Xóchitl y me encontré con la férrea oposición de varios de sus seguidores. Me resultó inadecuada, por ejemplo, su invitación a Eduardo Verástegui para unirse a su movimiento, o bien, la conformación del equipo de campaña plagado de personajes que, más que abonar, restaban credibilidad, entre otras cosas.

Más allá de analizar estas acciones y algunas otras que siguen pareciéndome cuestionables, me mueve preguntarnos si apoyar a un candidato debe significar un aval silencioso de todas sus decisiones, o si, por el contrario, nuestro interés debe manifestarse a través de una crítica sensata que tal vez sea la única manera en la que —como ciudadanos y comunicadores— podamos aportar al desarrollo favorable de una campaña y la suma de sus adeptos.

Citando a Irene Vallejo en una de sus recientes columnas, “…el fanatismo también se observa con modales silenciosos y un barniz civilizado”, y de fanatismo ya hemos tenido bastante.

Durante la campaña que se inicia el próximo 1 de marzo, Xóchitl tendrá como uno de sus principales objetivos la titánica labor de ganar simpatías entre los grupos de indecisos: las minorías, los desencantados del actual régimen, pero también de los anteriores; los activistas sociales, quienes hoy por hoy escogen mantenerse al margen porque las opciones les parecen decepcionantes.

Creo realmente que quienes ven en ella la mejor opción continuarán convencidos, pero una postura abierta a la crítica, la autocrítica y el reconocimiento público de las observaciones y opiniones en contra, lejos de hastiar a algunos, pueden conseguir convencer a quienes no quieren más de lo mismo.— Mérida Yucatán.

erica.millet@gmail.com

Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado

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