Tan importantes como las respuestas y las declaraciones, son las preguntas en el periodismo. En no pocas ocasiones, más. El buen periodista se nota. Es el que se prepara para la entrevista, no sólo periodística sino también psicológicamente. Y no es para menos, la entrevista es el género periodístico que exhibe con más claridad la preparación o impreparación del periodista.

No es un debate, menos una confrontación. Pero la entrevista tampoco es una charla entre amigos.

En este ejercicio periodístico, el reportero debe ejercitar la modestia y nunca perder de vista que la estrella es el entrevistado. Casos hay de sobra en los que el periodista pretende sobresalir más que aquel que tiene enfrente.

Mas la modestia no debe confundirse con falta de firmeza. Cuando el entrevistado se rehúsa a responder, divaga o da circunloquios, el entrevistador está obligado a arrastrarlo de nuevo al tema.

Se trata de usar mucha mano izquierda, como se dice. Sin confrontaciones pero sin concesiones ni complacencias, porque si bien el entrevistador es la estrella de este encuentro, la figura más importante no es él. Es el lector, la audiencia. Siempre.

Es ocasiones, cuando el entrevistado triunfa en su evasión por más denodados esfuerzos del periodista, será preciso, ahora sí, recurrir a la fórmula de dar a conocer al lector las preguntas, no en un afán de envanecimiento, sino de claridad. De este modo, el lector inteligente se percatará que lo más valioso de la entrevista será el hecho mismo de no haber querido responder preguntas y poner de manifiesto que el tema es incómodo en extremo para el entrevistado. Casos de entrevistas donde las preguntas son más valiosas que las respuestas hay por puñados, muchas elaboradas por periodistas del Diario.

Este género periodístico tiene mucho de ejercicio socrático. Recurriendo al método mayéutico, el entrevistador intenta que se revelen ideas latentes. Pero a diferencia de la estratagema de Sócrates, que pretende que el descubrimiento lo haga el propio entrevistado, en el periodismo se busca que corra a cargo del lector.

Sócrates, nos dice Platón, hacía sesudas reflexiones para despertar ese conocimiento dormido.

No siempre es así en el periodismo. A veces basta con soltar una idea, una palabra o dos (detrás de lo cual hay toda una preparación), para que el entrevistado se revele por completo como lo que es.

¿Es esa carencia de palabras falta de pericia del entrevistador? En la medida que cumpla su cometido, no. A veces, por el contrario, es un exceso de destreza.

Ayer por la mañana, en la rueda de prensa cotidiana de Palacio Nacional, la reportera Jéssica Zermeño hizo uso de ese ejercicio, visto por algunos como un ataque, que es el hecho de hacer preguntas con claridad, sin importar si son cómodas o no para el entrevistado. En el empleo de ese ejercicio, logró que su entrevistado se exhibiera en toda su crudeza. Éste, encerrado en sus respuestas, se alejaba del tema central, se defendía, atacaba, ofendía, y la periodista lo traía de vuelta al tema una y otra vez.

El tema fue preguntar a López Obrador por qué exhibir el teléfono personal de una periodista que le planteó una serie de preguntas para un reportaje. En un país donde los ataques a los comunicadores se cuentan por decenas, la pregunta no sólo era válida sino obligada.

La organización Reporteros Sin Fronteras coloca a México como país “peligroso y mortífero” para el ejercicio del oficio. “Desde el año 2000 —dice—, cerca de 150 periodistas han sido asesinados y 28 han desaparecido en México”.

La agrupación Artículo 19 eleva la cifra a 163 asesinados, 43 de ellos en el actual sexenio.

Reporteros Sin Fronteras sostiene que “los profesionales que cubren temas sensibles relativos a la política o al crimen, especialmente a nivel local, padecen advertencias y amenazas, cuando no son simple y llanamente asesinados. Otros son secuestrados y no aparecen nunca más, u optan, para salvar la vida, por desplazarse fuera de sus zonas de origen o bien por huir al extranjero”.

En este contexto tan funesto, la pregunta de Jéssica Zermeño es en extremo válida. La periodista guardó moderación, como una entrevista debe ser, que no es un ejercicio de confrontación ni complacencia, decíamos antes. ¿Qué pensaba en su fuero interno ante las respuestas que recibía? Lo ignoramos. Quizás pensaba lo que muchos han plasmado en X, antes twitter, de lo que el Diario nos informa hoy en su edición impresa y desde ayer en la digital. Pero el hecho es que no sabemos qué pensaba, porque se limitó al ejercicio periodístico: preguntar con respeto.

La calidad de las respuestas llevó a la periodista a no insistir. ¿Para qué continuar con un ejercicio profesional y respetuoso ante tal cerrazón? Mejor dejar que el entrevistado se mostrara con sus respuestas tal como siempre ha sido.— Mérida, Yucatán.

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@olegariomoguel

Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia

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