La Iglesia católica nos prohibía a sus fieles la lectura de la Biblia. Hacía bien: el Antiguo Testamento está lleno de pésimos ejemplos: asesinatos, adulterios, fornicación, incestos, violencias de todo orden y desorden. Incluso figuras tan respetables como la del rey Salomón, epítome de la sabiduría, cojeaba de una grata cojera. De él se dice que tenía 500 esposas y 500 concubinas. (Alguien ha preguntado qué les daría de comer. A mí me gustaría más saber qué comería él).
Recuerdo que de niño yo veía en la Biblia un libro malo, y me extrañaba que Juanita, la criada de la casa, muchacha tan buena, tan amable, tan honrada, perteneciente a una denominación evangélica, leyera con devoción aquella nefanda obra en los pocos ratos libres que le dejaba su trabajo.
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