Cuando los países democráticos del mundo reclamaban a Nicolás Maduro su acoso a la oposición —persecución, exilio, encarcelamiento de cualquiera que pudiera disputarle el poder— el gobierno de López Obrador se quedó callado.
Con la natural simpatía de quien considera que nadie en derredor lo empata en inteligencia, el entonces canciller Marcelo Ebrard salió a explicar que México no condenaba a la dictadura venezolana no porque existiera una afinidad ideológica entre López Obrador y Maduro, sino porque nuestro país estaba tendiendo puentes de confianza con ambas partes —el gobierno y la oposición de Venezuela— para lograr un diálogo con miras a la adopción de reglas democráticas. Incluso se difundió que el subsecretario Maximiliano Reyes era el funcionario operando de lleno en este proceso.
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