María Isabel Cáceres Menéndez (*)

Se ha dicho que “la codicia es como el agua salada, pues cuanto más se bebe más sed da”. Me pregunto cuántas personas se ofrecerían o pelearían por pertenecer a algún partido político de los siete que en la actualidad tiene México, si no tuvieran en mente las jugosas prestaciones, los descomunales presupuestos para financiarlos en las campañas; el inmenso derroche de un dinero que nos pertenece a nosotros, los que sí pagamos impuestos, y que podría usarse para cosas mejores que propaganda inútil, acarreos absurdos, tortas, gorras, refrescos, dinerito para aquí, dinerito para ahí, dinerito que se fuga para, por, y en todos lados… y toodooo lo que vendrá después.

Si el servidor público gozara únicamente de un salario modesto comparable al de un ejecutivo, que conociendo su tarea, y poseyendo la experiencia necesaria, fuera contratado por una compañía que le concediera las prestaciones necesarias para un modo de vida decente, discreto, y ajustado a presupuesto por tiempo y obras, creo que serían muy poquitos los candidatos a optar o competir por algún cargo.

O lo harían los que verdaderamente desearan trabajar por México. Los de vocación nata por el servicio y el amor a la patria. Lo he dicho en otras ocasiones, me lo he preguntado y me lo seguiré preguntando mientras persista la acción: ¿por qué los políticos mexicanos son tan ladrones? ¿Qué los mueve? ¿Qué ciego poder los impulsa a cometer los actos más abyectos para adueñarse impunemente de los dineros que al pueblo pertenecen?

Meditando e investigando sobre este problema tan acentuado en México, llego a la conclusión de que: es la codicia por el dinero y el poder lo que los motiva. Y nunca tienen suficiente con lo que ya poseen. “es un problema del corazón. Y aún no han inventado la vacuna para alguna de ellas; la codicia y el poder”.

La corrupción es creciente nos informa el Diario el día del Benemérito de las Américas, este 21 de marzo. Su arraigo en México es de raíces profundas y tentáculos largos. Se ha vuelto como la marca de Mongolia que nosotros conocemos como “uá”. La traes al nacer. Y aún no hay vacuna contra ella. Ni contra la codicia y el ansia de poder.

“La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (Encig) indica que en 2023 los costos de los actos de corrupción para los mexicanos se calcularon en 11,910.6 millones de pesos, una vez descontada la inflación”.

“Para el ejercicio 2024 el financiamiento público federal total asciende a la cifra de $10,444,157,311.00 (diez mil cuatrocientos cuarenta y cuatro millones ciento cincuenta y siete mil trescientos once pesos en moneda nacional), el cual se integra por el financiamiento público para actividades ordinarias permanentes, gastos de campaña, actividades específicas, franquicias postales y franquicias telegráficas para los Partidos Políticos Nacionales”.

De siete partidos políticos, deberíamos quedarnos con dos. Aquellos que prueben con hechos y mayor eficacia, el proyecto sustentable de país por el que desean trabajar y luchar. Una encuesta del Inegi indica alto grado de persistencia de esa práctica de la corrupción, y también cómo la democracia en México retrocede.

El quid del asunto no son los partidos per se. Sino las personas que se adhieran a ellos para trabajar y dirigirlos se supone que, buscando el beneficio de la sociedad. Los ciudadanos no les tenemos confianza a los políticos que conocemos. Carecen de integridad y congruencia. Nos lo prueban y comprueban una y otra y otra vez.

Queremos democracia de ciudadanos. Que rindan cuentas y que cuesten menos. Que participen con responsabilidad y compromiso y sobre todo con honradez en la construcción de México y el fortalecimiento de su democracia. Tan joven aún.

Estamos cansados, agobiados, preocupados. Las mismas caras, las mismas prácticas, raspones y tapaderas. El oscurecimiento de la verdad para encubrir latrocinios. Para sostener y proteger a los insostenibles.

La tolerancia de los imperdonables. Certidumbre para el futuro. Verdades comprobables. Transparencia inmaculada. Funcionarios de bien. Verdaderos siervos de la nación. Gente honrada, no más piratas. No más tranzas que avanzan. No más un político pobre que sea un pobre político.

“Lo que más caracteriza al codicioso de dinero y poder, es un interés propio, un egoísmo que nunca se consigue satisfacer”.

Conservo la esperanza de que llegará el día en que México alcance la estatura de Dinamarca, no solo en salud sino en honradez y eficiencia. Que el que quiera ser rico, en todo su derecho esté, pero que trabaje honradamente para serlo.

No más la hornada de millonarios al vapor y por carretadas. Hay que votar. Involucrarse en política. Estudiar y conocer nuestros derechos y obligaciones. Salir y cumplir con el sagrado deber que nos corresponde, para elegir a nuestros gobernantes.

Solo así se tendrá la prerrogativa de reclamar y exigir un México mejor. Cierro con la sabiduría de Epicuro: “¿Quieres ser rico? Pues no te afanes en aumentar tus bienes, sino en disminuir tu codicia”. Porque TODO, lo vivimos a diario, no es suficiente para satisfacer al codicioso, siempre necesitará más.— Mérida. Yucatán.

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Abogada y escritora

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