La gente en el poder ha creado una epidemia de obesidad —Robert Atkins
La cifra es más que alarmante: ocho de cada diez adultos yucatecos padecen problemas de sobrepeso y obesidad (datos de la Secretaría de Salud Federal en 2022), sí, así de contundente.
Si bien existe una importante carga genética, no me cabe la menor duda que el fenómeno implica problemas educativos, culturales, sociales y económicos.
En Mérida, de acuerdo con datos del DIF Municipal (2023), cinco de cada diez niños en edad escolar (primaria) ya tienen problemas de obesidad, sin contar que por cada menor diagnosticado existe al menos otro que desconoce su estado de salud.
Tener obesidad desde la infancia acarrea problemas afectivos, de acoso escolar y por supuesto de la salud…, a mí no me lo cuentan, lo he experimentado, como se dice en grasa y cuerpo propios. Soy un adicto al pan.
La obesidad infantil es el reflejo de una educación fallida de los padres. El niño comerá lo que ellos le proporcionen y cuando sea más independiente, lo que él mismo pueda apropiarse de la alacena o el refrigerador.
Este último artefacto, cómplice de la escalada a la obesidad, es citado a la perfección por Karla Marrufo en La otra manzana de la discordia; describe en forma excelsa la atracción que en su personaje ejerce esa luz del refrigerador, la única que ilumina la casa cuando en la madrugada la adolescente asalta la nevera, y como alguien dijo: “Si Diosito no quisiera que comiera en las madrugadas, no le hubiera puesto foquito al refrigerador”.
Pero volvamos al tema de la educación en los niños. Recuerdo el caso de un pequeño llevado por sus padres a consultar, de unos cinco años, con pie plano y genu valgo. He de decir que, los tres con problemas evidentes de obesidad.
Entraron al consultorio con viandas a medio consumo: refrescos, galletas y cheetos. Mientras duró la consulta, el ruido del celofán, el crujido de las golosinas y los sorbidos de los popotes me acompañaron. Resulta que el pacientito, con un peso cercano a los 40 kilos, todavía se aventaba su biberón nocturno de leche con Choco Milk, como inductor de sueño.
Hay que decir que durante todo este lapso no dejó la actividad masticatoria, ni la Coca-Cola, dejándome además sus huellas dactilares color cheetos por todos lados. Al terminar de prescribir unos zapatos ortopédicos, toqué el tema del sobrepeso, cosa que no fue muy del agrado de los papás, sobre todo al ser claro y decirles que ellos eran los únicos responsables de que el niño estuviera así.
Antes de terminar la consulta, el padre del menor me pidió un medicamento para una dolencia en la espalda; juro que la solicitud se acompañó de una lluvia de micropartículas de galletas “Emperador”. No dejar de comer durante el tiempo que tardó la consulta lo consideré una falta de respeto, pero no sé si fue eso, o que la verdad en ese momento me doblaba ya de hambre, lo cierto al caso es que al extender la receta le dije:
“La medicina me la va a tomar con el estómago vacío…, bueno, si alguna vez en su vida se presenta esa oportunidad”.
Pero de que hay otros factores…, los hay. Fui el clásico niño gordito, pero recuerdo que con la palomilla nos la pasábamos en vacaciones: corriendo, jugando busca-busca, pesca-pesca, tamalitos a la olla, kimbomba, etc., hasta que nuestras respectivas madres, presas de la histeria, por la hora, salían a la calle a reclutar a gritos a sus respectivos hijos. Nuestras golosinas iban de los bolis, los charritos con chile, hasta aquella Coca Cola de los años 70 adicionada con fructuosa y,, no había tanta obesidad…, ¿qué ha pasado entonces?
Soy de los que sostiene que de los pocos problemas achacables a la firma del TLC ha sido la invasión de alimentos chatarra y aquí sí, sin hablar mal de ellas, porque ahora hay una cerca de la casa: las tiendas de conveniencia. Al momento de entrar a estos templos de la tentación uno va solo con el firme propósito de una Coca-Cola…, desde luego sin azúcar o cualquier otra bebida de dieta, por lo general, situadas en las neveras del fondo, pero pasando obligadamente por el camino donde las papitas, las galletas y otros artilugios demoníacos nos llaman a gritos: ¡ven, aquí estoy, ven por mí!
Recurrimos entonces a las galletas integrales para paliar nuestra conciencia, sin tomar en consideración que nos aventamos la bolsita entera, ya que en calorías es lo mismo que un paquete de galletas Oreo. Pero la estrategia para enganchar a los niños es única. Al momento de pagar, ¿qué es lo que tienen ellos en su campo visual?, pues todos los chocolates, golosinas, chicles y demás, para que al momento de pagar te salgan con: “Papito, cómprame un huevito Kínder”, dicho con esa vocecita y esa carita de angelito que es un dardo al corazón…, simplemente: irresistible.
Pero ha habido cambios en nuestra Mérida. Recuerdo en mi infancia que los fines de semana los sitios a comer eran dominados por las loncherías: los salbutes y los panuchos a la orden; años después la primera pizzería.
Nuestra ciudad presenta tres momentos bien definidos en los cambios gastronómicos: después del terremoto del 85, nos llegan los tacos al pastor, los quesos fundidos, carnitas, sopes y un largo etcétera de platillos mexicanos.
Después del 94 nos caen las franquicias de comida rápida que, incluyó además hábitos de amas de casa para preparar platillos al instante (le llamo la generación de los niños nuggets) y finalmente después del 2006, aunque con menos fuerza, la gastronomía regia y norteña, podemos ver los domingos algunos puestos de barbacoa, sobre todo en el norte de la ciudad, dándose de codazos con los puestos de cochinita y lechón al horno.
La pandemia también ha contribuido con el “chuiqui – chuiqui” del malvado panadero de las cinco de la tarde, la proliferación de servicios de entrega a domicilio de comida…, la avalancha calórica está a la orden del día.
La 4T hizo un esfuerzo adoptando las advertencias octogonales en los empaques, desarrollados para indicar cuándo los productos alimenticios y las bebidas tienen un alto contenido de sodio, azúcar, grasas saturadas y trans, para ayudar a seleccionar alimentos más sanos. Pero esto es insuficiente.
Hay que privilegiar la condición física y nutricional desde la niñez. Estudié en una escuela primaria estatal y el deporte predominante eran las tablas gimnásticas y, vaya que funcionaba. Menos celular…, más actividad física.
Estímulos fiscales a supermercados y restaurantes que privilegien los alimentos sanos. Reforzar programas del tipo de DiabetIMSS, dando incentivos por kilos perdidos. Promover centros comunitarios de lucha contra la obesidad, con un nutriólogo de base, un psicólogo, un rehabilitador y asesoría médica cuando se requiera.
Asistencia como promueve la agrupación “El hombre sobre la tierra”, donde se enseña a comunidades a la siembra, cosecha y preparación de alimentos saludables. Pero, además, hagamos de Mérida y el estado un lugar con sitios adecuados para la práctica recreativa y deportiva.
Mis pacientes cuando me van a ver por algún problema ortopédico derivado de los kilitos de más, suelo decirles: “Da gracias a Dios que como consecuencia de tu sobrepeso el foquito rojo del tablero se prenda por un problema ortopédico y no por algo metabólico o cardiovascular”.
Pero no hay que esperar que esto suceda. Por cierto, me siento orgulloso, en lo que escribí esto, ignoré por completo una rosca brioche que me regalaron…, pero el día no ha terminado.— Mérida, Yucatán.
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
