Experimento ahora una preocupación tan grande que se vuelve miedo. Temo los coletazos que en el curso del próximo septiembre pueda dar ese tozudo dinosaurio en que se ha convertido López Obrador. Aprovechando que la democracia lo ha empoderado más aún, quizás acabará con ella.
Es posible que trate de destruir al INE y pretenda hacer de la Suprema Corte una comparsa de Zaldívares sumisos y dispuestos a obedecer en todo las consignas que del Poder Ejecutivo emanen.
Nada le importarán a AMLO la mesura y prudencia que Claudia Sheinbaum ha mostrado ante los organismos financieros internacionales, ni los ofrecimientos de diálogo hechos por quien se encargará de la transición presidencial, Juan Ramón de la Fuente, funcionario de prestigio.
El tabasqueño utilizará probablemente esos últimos días para ejercer su omnímodo poder, igual que lo ha hecho una y mil veces. Con eso mostraría que no tiene absoluta confianza en su sucesora, y que le inquieta que una vez ceñida la banda presidencial la nueva mandataria omita cumplir en todos sus términos el nefasto Plan C.
Lo justo y razonable es que López deje a la futura Presidenta la última palabra sobre este trascendental asunto, y no hacer que lo decidan al vapor sus obsecuentes congresistas. Irrazonable imposición sería que el caudillo de la 4T obligara a Claudia Sheinbaum a cargar los efectos de esa serie de ucases, algunos de ellos abiertamente violatorios de la Constitución.
Bien sé que López no escucha nunca otra voz más que la suya, pero debe estar consciente de una cosa: si se empecina en consumar él mismo su malhadado plan no saldrá del Palacio Nacional como Presidente, sino como dictador.— Saltillo, Coahuila.
