Los humanos nos ubicamos en una categoría especial respecto de otros seres vivos. Las cualidades de inteligencia, libertad y voluntad nos han dotado de herramientas para crear desarrollo y progreso, mejorando la calidad de vida de las personas.
Es verdad que algunas especies animales cuentan con capacidades cognitivas destacables basadas en adaptaciones evolutivas. Pensemos en la destreza que tienen las abejas para edificar sus panales, las mariposas monarcas y la habilidad de migrar masivamente dependiendo de las estaciones del año, o los leones con sus sofisticadas estrategias de caza.
Sin embargo, homo sapiens es la única especie con la posibilidad de moldear la realidad a través de la organización, la creatividad y la acción dirigida hacia objetivos determinados.
Los primates como los chimpancés y los orangutanes también son sumamente inteligentes; así lo ha comprobado el estudio de la biología. El parecido genético entre estas especies animales y el humano son irrefutables.
Pero hasta hoy, un mono no puede decirle a otro: “nos vemos mañana a las cinco de la tarde en el parque”. Una frase aparentemente sencilla para cualquier persona encierra un enorme grado de complejidad.
La clave radica en el pensamiento abstracto característico del intelecto humano. Conceptos como “mañana” o “cinco de la tarde” son invenciones que hemos acuñado como especie para ponernos de acuerdo y organizarnos; solo existen en nuestras mentes racionales.
Los animales se limitan a percibir su entorno mediante los sentidos y reaccionar a estímulos con el apoyo del instinto. Homo sapiens va mucho más allá siendo, de hecho, la única especie consciente de su propia existencia desde un punto filosófico y metafísico.
La conciencia y el pensamiento abstracto lograron dar pie a la organización de sociedades complejas con estructuras de cooperación. Ello explica que nuestros ancestros sobrevivieran en grupos reducidos de naturaleza nómada, para más adelante —un proceso que tomó algunas decenas de miles de años— habitar ciudades de millones de habitantes con tecnología (telecomunicaciones, sistemas financieros y zonas industriales, por ejemplo).
Es evidente que todo progreso humano viene de la mano del trabajo colaborativo. Los esfuerzos aislados no llevan al individuo demasiado lejos. Solo por medio de la labor conjunta hemos conseguido avanzar en medicina, ciencia y conocimiento en sentido amplio.
La conclusión es clara: únicamente si las sociedades asumen responsabilidades compartidas para el crecimiento y desarrollo podremos superar los importantes desafíos del siglo XXI.
Las buenas intenciones son un primer paso, aunque resultan insuficientes si no se emprenden acciones puntuales y medibles. El potencial humano es impresionante, pero exige de voluntades que tracen el camino. El progreso no se da por generación espontánea; hay que hacer que las cosas sucedan.
Debemos hacer un ejercicio profundo de reflexión para revalorizar nuestra condición humana, con todo lo que ello implica. Lo anterior pasa por volver a lo esencial, es decir, a los principios éticos.
Si la racionalidad es exclusiva de la raza humana, igualmente lo es la noción de lo que es correcto e incorrecto. La civilización demanda mujeres y hombres de bien que se involucren para solucionar aquello que les duele a la sociedad y particularmente a los grupos más vulnerables.
Dice el adagio que nada humano nos es ajeno, por lo que todas y todos podemos unir fuerzas en el empeño por dibujar un mejor mañana. Reconocer al prójimo a la luz de la empatía es fundamental para transitar hacia un mundo más justo e igualitario.
Aprovechar los instrumentos a nuestro alcance —intelecto, talento, creatividad— es urgente en una era contemporánea sacudida por los cambios estridentes y los retos mayúsculos.
La humanidad precisa sacar lo mejor de sí para dar un nuevo salto evolutivo, donde la prosperidad permee en todas las personas y la calidad de vida sea realmente universal.— Mérida, Yucatán.
fournier1993@hotmail.com
Licenciado en Derecho, maestro en Administración
