Guillermo Fournier Ramos

La desigualdad socioeconómica existe, y afortunadamente cada vez hay un mayor consenso respecto de esta realidad.

Sin embargo, el abordaje del problema se ha contaminado de cargas ideológicas y políticas, lo cual dificulta atender los casos y las causas.

Por un lado, la izquierda muestra una tendencia a emplear la desigualdad como parte de su narrativa y optar por estrategias clientelares —y asistencialistas— de reparto de programas sociales; por otro lado, la derecha suele apostar por un discurso meritocrático, alegando que la redistribución de la riqueza mediante políticas fiscales es siempre un proyecto marxista o comunista.

La experiencia indica que ambas posturas extremas son equivocadas:

Los gobiernos populistas que reparten dinero sin una visión integral de crecimiento económico derivan en crisis, multiplicando la pobreza; las administraciones tecnocráticas que no voltean a ver a los sectores de la población vulnerables, para apoyarles subsidiariamente, producen mayor desigualdad e inestabilidad social.

Para dar soluciones viables a un tema tan complejo, hace falta volver al centro del espectro político de la mano de una visión, a la par, racional y humanista. Ignorar el problema solo hará que se agrave con el tiempo, provocando dolor y sufrimiento a la población.

Puntualmente, en México, podríamos tomar los aprendizajes obtenidos en economías que han logrado reducir la precariedad económica —y en alguna medida también la desigualdad—. Durante muchas décadas, hemos apostado por modelos económicos que no han sido del todo efectivos, y es momento de ampliar la mirada.

Aunque sus sistemas económicos y políticos no son perfectos, valdría la pena analizar lo que se ha hecho en países como Suecia, Finlandia, Israel, Corea del Sur y Singapur. Cada territorio tiene desafíos propios, pero sí es factible replicar algunas de las buenas prácticas que llevaron a esas naciones a superar el rezago económico.

La generación de riqueza exige traducirse en una mejor calidad de vida para todas las personas, y no exclusivamente para unos cuantos. Esto implica que haya políticas para dar oportunidades a los grupos de la población vulnerables, como las madres solteras, la gente con discapacidad, o los adultos mayores.

Es urgente sacudirnos la idea de que la pobreza es causada porque las mujeres y hombres con bajos recursos son perezosos o intelectualmente disminuidos.

Si no tenemos pleno acceso universal a derechos fundamentales como la educación, la salud, la seguridad y la vivienda, entonces hay que asumir que las personas en situación de pobreza —gente trabajadora, en general— son las principales víctimas y héroes en un sistema injusto que puede y debe mejorarse.

¿Qué hacer ante uno de los retos más importantes del siglo XXI? Concretamente, es preciso cambiar la visión para comprender que el desarrollo económico no es un juego de suma cero, en que para que a unos les vaya bien, a otros les debe ir mal.

Por el contrario, la aspiración de cualquier proyecto económico debiera apuntar a construir una sociedad de bienestar mínimo, donde haya personas prósperas —es decir, con sus necesidades básicas cubiertas—, y personas aún más prósperas —aquellos que potencian la producción de la riqueza y generan empleos—.

Para tal efecto, el modelo económico debe ser revisado de fondo, lo cual pasa por optimizar las leyes, las políticas públicas y los planes de gobierno. La recaudación fiscal puede marcar una diferencia, siempre que se diseñe y ejecute de forma consciente, responsable y eficiente.

Los estímulos fiscales deben incentivar a las empresas privadas a pagar mejores sueldos y brindar mejores prestaciones laborales, sin poner en peligro los balances financieros y las utilidades.

Además, el gobierno debe poner las condiciones necesarias para que la innovación, el trabajo y el emprendimiento se traduzcan en bonanza para todos los ciudadanos —sin dejar a los sectores vulnerables en el abandono y olvido—.

Cabe insistir en la frase de Muhammad Yunus, Premio Nobel de la Paz: “la pobreza no es una condición natural de la raza humana, sino una imposición artificial que debemos corregir”.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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