La verdadera paz no es simplemente la ausencia de tensión, es la presencia de justicia —Martin Luther King

Como suele ocurrir en muchos lados, la llegada de nuevos inquilinos no pasa inadvertida para el resto del vecindario. Como si fuera un guión más que establecido: cuántos vecinos tenemos que con el paso del tiempo se convierten en amigos y, hay que decirlo, con lazos afectivos más fuertes incluso que los familiares.

Así que no pasó en nada inadvertido cuando el camión de mudanzas bajó los muebles ante la mirada vigilante de aquella pareja. El hombre, fornido de aspecto fuereño, la mujer, digamos sin ofender, con una imagen un tanto anodina. No pasó mucho tiempo para que los ojos, pero sobre todo los oídos pusieran atención a lo que cada día fue in crescendo: discusiones que fueron subiendo gradualmente en tono e intensidad, con toda clase de improperios.

En verdad, aquel sujeto llamémosle de “pocas pulgas”, no pasaba una semana en que no se le escuchara soltar sapos y culebras con toda clase de vocablos escatológicos hasta que apareció el ruido de objetos en colisión.

Recuerdo haber saludado a la señora en un par de ocasiones y haber coincidido en la tienda de la esquina al hacer una compra. De rostro sumiso, apenas esbozaba una tímida sonrisa. Aquella vez pude ver algunas marcas violáceas en uno de sus antebrazos. Era claro que estaba siendo maltratada. Los pleitos fueron cada vez más frecuentes, hasta que una noche, en pleno acto de espías, nos asomamos desde una ventana, después de oír un estruendo propio de un chivo suelto en una cristalería. Y ahí, horrorizados, vimos al engendro blandiendo lo que parecía un cinturón. Fue el momento en que decidí llamar a la policía, pero cuando tomé el teléfono el sujeto se había subido a su vehículo y se alejó, y ya después de eso no se le volvió a ver y, con el paso de los días, vimos un camión de mudanzas llevarse el mobiliario con todo y la vecina. No supimos más de ellos. Por cierto, la casa está salada, no tardan los inquilinos en ella.

Desde entonces me juré no ser un simple espectador y apenas unos meses después, estando de guardia en el IMSS, llegó esa oportunidad. Recibimos a una señora que al interrogatorio dijo haberse caído en su domicilio. Sin embargo, la exploración sugería otras cosas: presentaba una fractura en el cúbito del antebrazo derecho, otra de trazo transverso a la mitad del húmero izquierdo, además de una herida tipo “alcancía” en la región occipital.

Pude observar al nervioso marido asomarse por momentos al pasillo que da al consultorio de urgencias; le pedí que se fuera a la sala de espera. La paciente terminó admitiendo lo que habíamos deducido. La fractura del antebrazo fue maniobra defensiva y donde se impactó la primera vez el bate de béisbol con el que su marido la atacó; al caer de rodillas y mientras se sostenía con su mano izquierda, otro golpe fue a la parte media del brazo rompiéndole el húmero, lo cual coincidía con una impresionante equimosis y, finalmente el último leñazo en la cabeza.

Di instrucciones a la trabajadora social, que comunicó el caso al subdirector y mientras atendíamos a la lesionada, llegó la policía para detener a semejante alimaña. Desconozco el desenlace. Como comentaba la compañera de Trabajo Socia, es probable que la señora haya retirado la demanda, sobre todo, si el sujeto era el sostén familiar.

Las dos historias fueron claras para tener mi postura en este tipo de conflictos. Por eso siempre me he preguntado: ¿Cuál es el límite para convertirnos de simples espectadores a protagonistas de acciones que pueden evitar alguna tragedia? ¿Tenemos derecho a intervenir? “Bronca ajena, no es tu pena”. “No te metas, son pleitos de pareja, cada uno con su vida”. Son comentarios comunes, pasando por: “Así le gusta vivir a la masoquista” o la clásica victimización de la afectada: “Algo hizo que se lo buscó”.

Crecimos con la sentencia juarista del respeto al derecho ajeno es la paz, pero hasta qué punto es válido tanto entre los individuos, como entre las naciones el no opinar, señalar y menos intervenir.

Los acontecimientos recientes que han tensado las relaciones entre México y EE.UU. parten de un más que simplista arrebato de López Obrador sobre las declaraciones del embajador Ken Salazar, de hecho, tiene razón, en verdad puede ser calificado como acto injerencista, pero es muy cuestionable viniendo del presidente que no ha tenido empacho en opinar, señalar y hasta intervenir en la vida política de otros países.

Ahí está el caso de Perú con la destitución de Pedro Castillo en su autogolpe; la duras críticas contra el proceso electoral en Ecuador y después lamentablemente la reprobable ocupación en Quito de nuestra embajada por proteger a Jorge Glas, un político acusado de graves delitos, sin olvidar las críticas al presidente argentino Javier Milei.

Pero, por si fuera poco, el primer mandatario como parte de su muy estilo de ver la diplomacia, gusta de provocar e incordiar por cualquier motivo. Las relaciones de España se encuentran pausadas, habiendo iniciado todo por una absurda disculpa que solicitábamos por la Conquista, cuando si a eso vamos, no hay país más señalado para disculparse ante nosotros que el del Tío Sam que, entre otras linduras, nos agandalló medio territorio.

Pero acaso se puede pasar por alto cuando él opinó en el proceso electoral pasado de nuestros vecinos, demorándose en felicitar a Biden por su victoria y dando un tácito apoyo a Trump que rayaba en sumisión, este sujeto despreciable que tanto ha maltratado e insultado a los mexicanos.

¿Acaso algo ven los Estados Unidos y Canadá que no vemos nosotros? Por supuesto que no. Si bien millones de mexicanos dieron su voto a Morena, eso no quiere decir que exista unanimidad en ciertos temas en México e incluso muchos que lo defienden y no lo cuestionan tambien ven con preocupación lo que está en ciernes por el golpeteo al Poder Judicial.

El Estado de Derecho con un riesgo genuino de desmoronarse. “Los gringos no tienen amigos, tienen socios”, dijo un connotado economista, pero me temo por eso que es del todo cuestionable que no puedan opinar e intervenir, quiérase o no, en este caso es inevitable.

Pero lejos de una actitud conciliatoria que ni siquiera tiene con todos los mexicanos que disienten de él y que califica de enemigos, el presidente se ha crecido, y arremete todos los días contra sus socios comerciales.

Es aquí cuando me pregunto: ¿qué pasaría si ahora con la revisión del T-MEC, Canadá y Estados Unidos decidieran salirse? O, imaginemos lo que logró Trump amenazando con subir aranceles por el conflicto migratorio, que decidieran prohibir el envío de remesas. El dinero que ganan los migrantes sigue siendo de ellos, nada más que ya no sale de EE.UU.

Solo imaginemos por un instante el perder lo que es hoy la fuente de ingresos más importante del país, por encima del petróleo y el turismo, y que lejos de presumirlo, el presidente debería sentir vergüenza. Pero ahí está: “jalándole la cola al diablo”. Como dijo Juan Gabriel, el divo de Juárez: “¡Pero qué necesidad!”— Mérida, Yucatán.

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Médico y escritor

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