Esta semana, el presidente Andrés Manuel López Obrador se reunió con la presidenta electa, Claudia Sheinbaum, y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) para abordar un tema central en su gobierno: la defensa de la educación pública.

El presidente ha expresado en numerosas ocasiones que su administración busca no solo ampliar la cobertura, sino también garantizar calidad y excelencia en el sistema educativo público.

Para quienes somos padres de familia, esta es una de nuestras mayores aspiraciones.

Cuando llega el momento de elegir la mejor opción educativa para sus hijos, muchas familias se enfrentan a una difícil decisión: conformarse con la educación pública, o hacer el sacrificio de pagar una escuela privada. Y es que es una decisión financiera importante por el elevado costo mensual que implica.

En nuestra ciudad, por ejemplo, este ciclo escolar 2024, el costo de la colegiatura en una escuela privada con un nivel de prestigio reconocido, ronda entre los 5,000 y 8,000 pesos y hay otras aún más caras. Esto significa que una familia con dos hijos puede estar destinando al mes lo mismo que pagaría por una hipoteca.

Lamentablemente la educación privada en México, más que un lujo, se ha vuelto una necesidad para muchas familias. Si bien en los niveles básicos, es posible tener educación pública, accesible para todos, no siempre se logra ofrecer la calidad que los padres desean para sus hijos.

La educación privada, más que representar una cuestión de estatus o elitismo, responde a una preocupación genuina de los padres por el futuro de sus hijos. Muchas familias hacen grandes sacrificios, desembolsando cantidades significativas de dinero, para asegurar una educación que les brinde a sus hijos, las herramientas necesarias para enfrentar un mundo laboral más competitivo.

Como padres de familia, claro que llevaríamos a nuestros hijos a una escuela pública si se proporcionara en ellas una educación de calidad; si las instalaciones tuvieran un equipamiento mínimo adecuado, no hablo de lujoso. Si en la escuela pública pudieran adquirir habilidades como el dominio del inglés, el manejo de herramientas tecnológicas, una formación de liderazgo y otras competencias profesionales indispensables en la actualidad.

Pero la triste realidad es que no es así. Las instalaciones de las escuelas públicas están, como diríamos coloquialmente: para llorar. Los recursos educativos mínimos brillan por su ausencia y ni soñar con que dominarán un segundo o un tercer idioma.

Las instituciones privadas intentan cerrar esta brecha al ofrecer programas más completos, donde los alumnos no solo aprenden los contenidos de las áreas fundamentales, sino que también trabajan en el desarrollo de otras habilidades clave para su formación integral, como el pensamiento crítico, la resolución de problemas, el liderazgo y el dominio de idiomas extranjeros.

Estas competencias no son un lujo, sino una necesidad en un mundo cada vez más globalizado y competitivo. En este sentido, la educación privada se convierte en un espacio donde los estudiantes pueden explotar su potencial y prepararse de manera efectiva para enfrentarse a los desafíos del mundo laboral

La educación privada no debería verse como el enemigo de la educación pública. Ambos sistemas pueden coexistir para ofrecer opciones a las familias mexicanas. Ojalá llegue el día en que la educación pública alcance el nivel de excelencia que todos deseamos, donde cada escuela, sin importar su ubicación, pueda ofrecer a los niños y jóvenes las herramientas que les permitan prosperar en un mundo laboral cada vez más exigente y competitivo

México necesita una educación pública fuerte, con cobertura y calidad, capaz de competir con cualquier institución privada, no solo mexicana, sino a nivel global. Si algún día la educación pública logra este estándar, será motivo de orgullo y esperanza; mientras, la educación privada sigue siendo la respuesta a un vacío que como sociedad tenemos que resolver.— Mérida, Yucatán.

*Profesora Universitaria y Consultora Financiera

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