Los mexicanos tenemos un nuevo cuento para engordar sueños y pesadillas. El 59% de los que votaron, supongo, navegan el río de los cuentos de hadas. Los demás, sufren el ardor de las pesadillas.

Esta elección es el triunfo de un relato, de un proyecto de gobierno-Estado y la entronización del líder fundador. También es el epitafio de otros relatos. El muerto, se sabe, se llama PRI. Aunque es el más vivo de todos los muertos. También se sabe. El PRI construyó durante décadas un estado clientelar, despótico y pragmático según el péndulo de sus corrientes que iban desde la izquierda que defendió el peso como un perro (Luis Echeverría o López Portillo) pero dejó la economía quebrada y con hiperinflación, hasta los años neoliberales que, ya se nos olvidó, controlaron el déficit fiscal, crearon instituciones democráticas y abrieron la alternancia en el país, según confirman Carlos Salinas o Ernesto Zedillo.

Ese PRI terminó de morir en la alianza PRIAN que sostuvo los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, ante su incapacidad de impulsar una reforma del Estado. Un PRI se desgastó, el de la corrupción, la ineficiencia, el del clientelismo disminuido, el elitizado y encapsulado en la propia belleza y soberbia de sus gobernantes. El PAN también se desgastó, dejó de ser oposición, comenzó a gobernar y domesticó su fuerza creadora en el ejercicio del poder.

Pero el PRI no murió. Estaba de parranda. Una de sus alas, aquella clientelar, paternalista —el ogro filantrópico de Octavio Paz—, el cercano, el caciquil y en apariencia justo hasta lo proverbial, renació de sus cenizas. Todos conocemos el cuento: primero los pobres; seguir los mandamientos de la sencillez, no robar, no mentir, no traicionar al pueblo; trabajamos con austeridad, todos los relojes Rolex salen de los puños de los servidores de la nación y hacemos la transformación que nos hace falta, la del pueblo.

Este cuento tiene hechos reales también conocidos: destrucción de instituciones intermedias para obtener fondos que subsidien nuevos programas sociales de jóvenes, mujeres y adultos mayores y la activación de nuevos focos de poder económico y político como el ejército, que ahora administra empresas privadas de aviación, parques y jardines como en Mérida. En medio hay numerosos capítulos divertidos y emocionantes, la devolución de lo robado, la llegada al palacio en un Nissan, un avión que no se usa, una casa que se vuelve cultura, unos hijos que no roban.

Este es el PRI de los años setenta con palabras nuevas, anécdotas picantes, relectura de la historia y caras sucias que se fueron lavando. No hay nada nuevo. Morena está hecho de traidores del PRI, del PAN, del PRD. Lo más terrible de esos partidos está en Morena. Lo más vibrante de Morena, sin embargo es su líder, su relato y sus hechos. Andrés habla pueblo, come pueblo, vive pueblo, todos los asesores de imagen y de marketing regresaron a Estados Unidos; organiza el dinero público para que las instituciones se vayan al diablo y el pueblo coma un poco mejor y reciba en metálico satisfacciones de su líder empático, digno y verdadero; fortalece al ejército y sus lealtades con miras al control futuro absoluto; se sobrerrepresenta en el Congreso y destruye la autonomía del poder judicial.

Hay un pacto de fe entre los votantes y Andrés, el fundador. Este pacto permite votos a ciegas, regalos en paquete, cheques en blanco, alegría y esperanza. Alguien con fuerza está cambiando las cosas. Y sí, las está cambiando. Los pobres comen un poco mejor; las clases medias entienden la política sin leer nada y se suman a causas justas, nobles, progresistas; los ricos siguen haciendo dinero. El Estado democrático mexicano va para atrás. Se está construyendo otra vez el Tlatoani, el cacique y más que eso, el aparato institucional despótico capaz de conducir obligadamente a la sociedad por el sendero del bien que dicte el líder. El cuento democrático no dio suficientes satisfacciones ni esperanza, ni compromiso. No dio de comer por igual a todos y todas. Y tampoco hizo gente capaz de comprender su derrota y crear otro discurso alternativo. Todavía no tocamos fondo. Aun no nace María Corina.

Encima. Aprendí a leer con el Diario de Yucatán. Escribí por primera vez un artículo publicado en sus páginas en la década de los años 80, del siglo pasado. Tenía 22 años y me ocupaba de la historia de la radio en Yucatán. Seguí escribiendo asiduamente hasta el 2001, año en que la alcaldesa Ana Rosa Payán Cervera me invitó a su gabinete como director de comunicación. En los últimos años he escrito en sus páginas de manera intermitente, ya que he sido funcionario público. Entiendo que esa puerta ya se cerró. Y agradezco de nuevo al Diario de que abra la ventana.— Mérida, Yucatán.

Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política

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