Aunque desde tiempos ancestrales, todos los pueblos realizaban intercambios de bienes entre sí, es a partir de los siglos XVI y XVII, cuando se empieza a entender el comercio exterior como tal y surgen las primeras ideas que tienden a exponer como objetivo principal el que las naciones logren vender más al exterior de lo que consumen. Los principales exponentes del llamado mercantilismo se destacaron en Inglaterra, Italia y Francia, en ese orden de importancia.

En los siglos posteriores con el crecimiento y la expansión del comercio de mercancías de los países industrializados y, después de la Segunda Guerra Mundial, con Estados Unidos de Norteamérica con el liderazgo, la dirección y el volumen del intercambio de países se transformaron, extendiéndose el ciclo del comercio y de las inversiones.

En esa etapa las naciones de mayor desarrollo productivo instalaron (localizaron) sus plantas en territorios de otras naciones menos desarrolladas que les permitan tener una ventaja relativa y competitiva, que por lo regular eran los bajos costos reflejados en menores salarios, no importando los costos por las distancias entre la planta de producción y el mercado consumidor.

En este largo proceso la evidencia histórica nos muestra que esa exteriorización productiva pasó por varios momentos dando lugar a ese ciclo internacional del comercio y las inversiones.

La fase inicial de ese ciclo se expresaba en que un país, desde su territorio, producía para exportar al mercado mundial, después pasando por una siguiente fase en que, ese misma nación, instalaba sus fábricas en un segundo país para, desde ahí, exportar a terceros países; hasta llegar a la etapa en que desde sus plantas filiales en el extranjero reexporta para sí mismo, para sus consumidores en su mercado interno.

Como es el caso de la industria automotriz de marcas americanas que opera en México, cuya producción y ensamble se destina mayoritariamente a reexportaciones a los Estados Unidos.

En los últimos años, la pandemia por el Covid-19 y los conflictos bélicos internacionales obstaculizaron el flujo de bienes en el comercio mundial por la ruptura de las cadenas de producción afectando el suministro de mercancías y componentes, disparando los precios del mercado derivando en un proceso inflacionario global que se origina por la escasez, es decir, no por la demanda sino por la falta de oferta. A su vez, una reorientación de esas cadenas de suministro, también resulta inflacionaria.

Surge entonces en los grandes inversionistas productivos la necesidad de reinstalar o relocalizar sus plantas en territorios más cercanos al mercado de consumo, a lo que se ha dado por llamar “nearshoring”.

Vemos entonces que esta relocalización es una necesidad estimulada por el reordenamiento de las inversiones y el comercio en una etapa de su ciclo sistémico mundial para el que no estaban preparadas las economías emergentes como la de México; además de que coincide con un escenario de intento de transición hacia la multipolaridad que surge impulsada por Asia para reducir la hegemonía estadounidense.

Uno de los primeros problemas que enfrentan las economías emergentes es que en esta dinámica de expansión del capitalismo, contrario a la anterior etapa del ciclo, en el que las inversiones buscaban países, hoy buscan ramas industriales. Eso nos lleva a otros inconvenientes, como el que el modelo globalizador desarticuló los mercados internos de las naciones y desmanteló las políticas industriales endógenas, lo cual exige hoy día la reindustrialización interna para ser elegible como sede de la relocalización.

Reto

Para países como México con desigualdades regionales, donde históricamente son pocas las entidades que reciben significativa inversión extranjera directa, propiciar un cambio en las vocaciones territoriales, para incorporar demarcaciones distintas para nuevas instalaciones productivas con orientación hacia el mercado externo, es difícil de realizar en el corto plazo.

De igual manera resulta complicada una situación que se viene afianzado en la estructura productiva mexicana orientada al sector externo, en las últimas décadas con un proceso de dependencia que se ha venido modificando. De 1993 a 2023 los componentes importados estadounidenses para productos de exportación bajó de 71% a 41 %; y en el caso de los provenientes de China, se incrementó de 0.9% a 17 %. Nuestra dependencia de componentes importados es una relación cada vez menor con Estados Unidos y mayor con China.

Los desafíos de una nueva política industrial endógena en los tiempos del “nearshoring” se vinculan a la capacidad de ofrecer a la inversión extranjera, ventajas competitivas como regiones más aptas para el asentamiento de las plantas; una infraestructura carretera y portuaria vinculada a las rutas de comercio; disposición de agua para consumo humano; energías limpias; instituciones de educación superior especializadas, vinculación educación- empresa, entre otros.

Se requiere entonces una recuperación de la política industrial de Estado con transformaciones de fondo, lo que nos llevará, como país, a la reconstrucción de un nuevo perfil económico.— Mérida, Yucatán.

Correo: velar1@prodigy.net.mx

Doctor en economía

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