Desde varios años atrás, por lo menos tres décadas, un síndrome social recorre el mundo capitalista. La democracia, en vez de avanzar hacia el fortalecimiento de los contrapesos para evitar los excesos, cada día está más marcada por el ascenso de regímenes populistas con alto grado de autoritarismo.
La reciente victoria electoral de Donald Trump en los Estados Unidos de Norteamérica se marca en esa tendencia. Juan Gabriel Vásquez en un editorial (“El País”, 6 de noviembre de 2024) dice: “en ocho años, Donald Trump ha destrozado la sociedad norteamericana y la ha vuelto a armar a su imagen y semejanza”. Es una visión un poco exagerada, pero es muy adecuada la idea para un manipulador.
Triunfó, con amplio margen, la imagen de un político maduro, duro, tramposo, violento, mentiroso, prometedor. Esto quiere decir que la clase trabajadora norteamericana apuesta por el milagro que ese personaje diariamente vendió sintetizado en regresar al país a los años de la posguerra mundial, cuando el sueño económico de muchas familias se volvía realidad.
Son pocos los ciudadanos que creen que esa época de ascenso y grandeza de los Estados Unidos de América está desgastada y que la concentración de la riqueza en unas cuantas manos ha provocado el deterioro, irreversible, de las condiciones de vida, incluido el futuro esté deteriorado.
Más que simplemente dividida (entre republicanos y demócratas) la sociedad norteamericana está descontenta con su situación económica, pero le resulta difícil admitir que ese descontento tiene un origen en la concentración económica, sobre todo que saben que viven en la nación con el Producto Interno más alto del mundo.
Desde luego la victoria de Trump obedece a muchas variables y tiene varios significados y consecuencias. Que no es mi propósito señalar aquí.
Ahora bien, el carro completo logrado por el Partido Republicano a causa de su liderazgo en mucho se parece al carro completo logrado por su antípoda mexicano, AMLO.
Un punto en común es que el triunfo de Trump forma parte de esa arremetida mencionada contra la democracia. A cambio de una economía piramidal que supone primero los ricos para que por gotas llegue el beneficio a la clase trabajadora.
En el mundo entero, capitalista, la población mayoritaria ha venido sufriendo un deterioro en sus niveles de bienestar. Es por ello que por encima de los valores democráticos liberales y de la razón se impone el inmediatismo y el populismo. De forma tal que las posturas políticas (de derecha, Trump y Millei, o de izquierda, AMLO y Chávez) resultan ganadoras al prometer una salida rápida y fantasiosa.
El síndrome social que recorre a las sociedades occidentales es el descontento social desde las clases media alta —excluida las élites— hasta la clase baja trabajadora que carece de patrimonio y vive al día.
México después de más de un siglo no es una nación ni próspera ni igualitaria. La clase política no ha hecho, no hace bien su trabajo, que es acabar con los grandes problemas nacionales que alimentan el descontento social.
La hegemonía política que hoy vuelve a tener un solo partido político en México, Morena, en una buena parte es también culpa de los otros partidos políticos. Pues ningún personaje podría detentar el poder de la nación si no es postulado por un partido político. De modo que son los partidos políticos los que tienen la tarea de atajar el descontento social. Síndrome que simplemente no lo entienden porque siguen aferrados al viejo y acartonado discurso del siglo XX.
Mírese por donde se le quiera mirar, la concentración de la riqueza y la concentración del poder (por la derecha y por la izquierda) avanzan juntas y de forma inexorable.
Los partidos políticos defensores de los equilibrios, del centro democrático, tienden a quedar rebasados. El trasfondo de los extremos políticos es el descontento social a causa del deterioro económico y luego viene una larga lista de factores cuyos pesos varían en el tiempo y en el espacio.— Mérida, Yucatán.
Correo: bramirez@correo.uady.mx
*Doctor en Sociología, investigador de la Uady
