Un buen líder lleva a las personas a donde quieren ir. Un gran líder las lleva a donde no necesariamente quieren ir, pero deben de estar —Rosalynn Carter

En una plática de sobremesa, algunos concluyeron que el país va directo al mal camino y otros que vamos por el camino correcto.

Pero la variable importante en esta ecuación es el líder o gobernante en turno, pues de él depende en buena medida que las cosas se desarrollen con los mejores beneficios para las mayorías.

Acabamos de observar las elecciones en EE.UU., donde la polarización se exacerbó entre dos partidos políticos; por un lado, los demócratas con la candidata perdedora Kamala Harris, y por el otro los republicanos, con el candidato triunfador Donald Trump, de tal manera que la mitad aproximadamente de los electores de un país deseaban a un candidato y la otra parte al otro.

Con el triunfo de Trump mucha gente espera grandes cambios sociales, políticos y económicos que seguramente habrá, pero no por eso el país en comento va en un tobogán o vaya a caer de su liderazgo político mundial y como economía sobresaliente, pues históricamente lo hemos visto cambiar de gobiernos diversos sin perder su reconocimiento en la geopolítica.

En nuestro país en la década de los 60 cuando grandes disturbios sobre todo de las juventudes alentadas por corrientes de izquierda sacudieron al país y circuló la idea de que todo lo que huela a comunismo, socialismo o el nombre que fuere era tan malo que estaba muy cerca del propio demonio.

Posteriormente vivimos la realidad de tener un gobierno de izquierda que navegó con graves pronósticos económicos y sociales al comienzo de su administración, pero al fin del período y si hacemos un balance de las cuentas, concluiremos que al menos no estamos tan mal como se esperaba o como otros finales de sexenio anteriores (en su mayoría), o bien podría pensarse que estamos en el camino correcto de las cosas.

Actualmente vivimos en nuestro país decisiones políticas trascendentales, del calibre de las reformas estructurales de la época de Peña Nieto, solo que en ese tiempo y por algún motivo la población no manifestó ampliamente su interés o debida atención, exceptuando a la oposición de algunos líderes de izquierda por razones ideológicas evidentes.

Los tiempos récord de aprobación fueron similares tanto en esa ocasión como en la presente, es decir un auténtico “fast track”, aunque el sentimiento de un sector grande e importante de la población es que nunca había ocurrido algo similar a lo que se ha legislado ahora y a muchos les suena a un abuso y casi una soberbia política cuando no es ninguna novedad pues ya había sucedido anteriormente.

No todos los ciudadanos opinan lo mismo de estas reformas, pues todo depende de la idea que cada quien tenga en la cabeza. Para algunos es positiva o favorable y para otros es el inicio de una catastrófica debacle democrática.

Definitivamente y como dijimos al comienzo de este escrito, en la ecuación del futuro de una nación, variable importante es la calidad de su gobernante.

Con las mencionadas reformas o sin ellas si el líder en turno es totalmente bien intencionado y su idea es correcta, el beneficio llegará tarde o temprano hasta para los más incrédulos. Y en lo económico se reflejará en los bolsillos de toda la gente, de toda.

Esto ocurre incluso en dictaduras o regímenes autoritarios como el de Singapur, por decir alguno conocido o reciente.

Para ello se necesita de antemano que el líder sea realmente auténtico y que busque de verdad el beneficio de su pueblo y que nunca enloquezca aislado en una burbuja de poder y adulación como fue el caso en nuestro país de Porfirio Díaz, en épocas de la revolución o el de María Antonieta en la revolución francesa, que acabaron siendo desterrado uno y decapitada la otra.

Tenemos en nuestro país muchas más riquezas que muchos países del primer mundo, pero también tenemos otras características que ese tipo de países no tienen y a fin de cuentas aún aun no tenemos sus progresos.

¿Necesitaremos un gobierno o un líder que sea como un yugo a la población al estilo Singapur? ¿O deberíamos pensar en lo que los conservadores consideraron en su momento al traer para salvarnos a un extranjero de la realeza como Maximiliano o cuando solo se disponía de un “sabio indispensable” como Antonio López de Santa Ana?

La solución es aparentemente sencilla y solo es lograr tener un buen gobierno cuyos resultados se vean aterrizados en los bolsillos familiares y el estatus de felicidad o bienestar de las mayorías.

Existe una crisis de gobernabilidad en un sector del territorio mexicano, pero no en todo el país como sí ocurre en otros totalmente fallidos.

En resumidas cuentas, en México no estamos hoy precisamente en las condiciones de un país de primer mundo, pero sí estamos muy lejos de situaciones como las de un país fallido como lo es Somalia, pues las condiciones actuales en términos económicos y de bienestar distan mucho de serlo.

Es claro que no estamos en un Edén, pero con las nuevas reformas políticas podríamos estar en el camino trabajoso de un futuro ideal o quizás, clavando nuestra tumba política, económica y social, ya que dependerá en gran medida de tener o no un buen gobierno y sobre todo, y en gran medida, del funcionamiento de las acciones del líder en turno, en nuestro caso de la primera mandataria Claudia Sheinbaum.

Hoy por hoy cada quien opina “como le va en la fiesta”.

¿Y usted, qué opina?— Mérida, Yucatán.

condeval1@hotmail.com.mx

Ingeniero, valuador, maestro en Dirección de Gobierno y Políticas Públicas

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