Mata a uno para advertir a cien —Proverbio chino
Durante la guerra de Independencia, para ser más exactos el 28 de septiembre de1810, Juan Antonio Riaño, que comandaba las tropas realistas de defensa en Guanajuato, había decidido acuartelarse dentro de la Alhóndiga de Granaditas para resistir el feroz embate de los insurgentes.
Aquel edificio que sirviera como una especie de almacén o bodega de granos se convirtió ese día en el refugio obligado de decenas de civiles que fueron brutalmente masacrados por la turba que tomó el edificio. Las tropas rebeldes, como se sabe, eran comandadas por Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Abasolo y Mariano Jiménez.
Meses después, cuando las fuerzas reales se recuperaron, capturaron y ejecutaron a los líderes mencionados. Las cabezas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez fueron colgadas dentro de jaulas en cada una de las esquinas de la alhóndiga con la intención de producir zozobra entre la sociedad, pero, sobre todo, enviando el mensaje de que éste sería el destino de todo aquel que se uniera al movimiento independentista.
Las jaulas con sus espeluznantes trofeos de guerra permanecieron en ese sitio del 14 de octubre de 1811 hasta marzo de 1821.
En “Bandidos, Miserables, Facinerosos”, escrito por David Fajardo Tapia (Ediciones Conaculta, 2015), se hace un excelente análisis sobre cuatro sonados casos relacionados con delincuentes a gran escala en la época porfiriana: Heraclio Bernal (El rayo de Sinaloa), Jesús Negrete (El tigre de Santa Julia), Enrique Chávez y la ejecución de tres malandros por fusilamiento.
Con el advenimiento de la fotografía, ya sea por la distribución de “mano a mano” de las ilustraciones o, como parte de la prensa, específicamente de “El Imparcial”, un periódico francamente oficialista, se logró una tremenda difusión. Esta maniobra de Porfirio Díaz era más que evidente. La mayoría de los historiadores coinciden en que después de muchos años, el dictador había logrado la pacificación del país, aunque sus métodos sigan siendo cuestionados y condenados, entre estos, la difusión de los retratos de estos malhechores ya ejecutados, con el claro mensaje de no tolerar actos delictivos.
Pero como bien establece Fajardo Tapia: “La imagen del criminal como figura pública que vemos en la fotografía y la prensa —una imagen de celebridad maldita—, existe en la encrucijada de una modernidad aún emergente con el precapitalismo rural de campesinos y hacendados.
La prensa ilustrada de la época se vuelve herramienta del régimen para difundir imágenes de control social, promoviendo al Estado y a sus agentes como “eficaces, ordenados y estrictos”.
Un siglo después el registro de la detención y en algunos casos del abatimiento de algún delincuente famoso se ha convertido en un arma de dos filos, sobre todo cuando el poder de los grupos criminales es tal que puede desafiar al Estado. Sobran los ejemplos, pero recordemos el caso de Pablo Escobar cuando, al ser detenido en 1976 y ser fotografiado al momento de ser fichado, sonrió a la cámara mientras sostenía la ficha 128482, sabedor de que su estancia sería breve, como lo fue, cobrando venganza no solo con los policías que lo detuvieron, sino hasta con la jueza Mariela Espinosa, quien a pesar de abandonar la investigación fue asesinada en 1989, por orden del capo colombiano.
En México, el narcotraficante Édgar Valdez Villarreal, conocido como “La Barbie”, fue capturado el 30 de agosto de 2010. Cuando fue presentado ante los periodistas después de su captura, no dejó de sonreír. Recordamos a un individuo despreocupado, hasta con cierto desparpajo. Su vestimenta llamó tanto la atención, que se vendieron después réplicas de la camiseta deportiva Ralph Lauren verde que portaba.
Aunque debe de cumplir condena hasta el año 2056 en una cárcel de Estados Unidos, mucho se especula de que el rostro era resultado del plan que tenía en mente de convertirse en testigo protegido para después incriminar a los altos mandos que lo capturaron. En ambos casos, los dos gobiernos hicieron tremenda propaganda para mandar el mensaje de la fuerza del Estado, pero, lo cierto del caso es que los dos célebres criminales también lo hicieron con su gesto.
La expresión facial de tantos delincuentes al ser detenidos dice mucho. Por mencionar: hay una gran diferencia en los videos de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, en sus dos primeras capturas, en relación con la última, cuando portaba una camiseta sport, sentado en una cama de un motel a un lado de Iván Gastelum, con el rostro desencajado. Al momento de su detención dijo: “Se me acabaron las vacaciones”.
Pero cuando el delincuente es abatido, como bien señala Fajardo: “La defunción se vuelve un acto de merecimiento para algunos, legible para todos y en la fotografía se masifica. Tiene el propósito de persuadir a la sociedad, de evitar ese comportamiento. En ese sentido las publicaciones son prueba, evidencia e instrumento disuasivo”.
Es claro que estas estrategias de terror ya no son monopolio de los gobiernos sino que trágicamente algunos otros sectores sociales se apropiaron de los mecanismos y funciones de la violencia visual.
Hay un resultado paradójico de esto. Fajardo cita a Susan Sontag: “¿Qué hacer ante el dolor de los demás? El exceso de imágenes de guerra y violencia lleva hacia un precipicio de insensibilidad”. En pocas palabras: la normalización de los hechos.
Desde el sexenio de Felipe Calderón, las detenciones de los criminales fue un instrumento no solo promocional del gobierno, sino un intento de persuasión que claramente fracasó, y aunque en menor escala con Peña Nieto, con todo y sus memorables pifias, siguió como un patrón que no aportó a disminuir la escalada de violencia.
Pero en el sexenio de López Obrador, con la política de seguridad, es evidente, aunque no se reconozca, que la detención de sujetos importantes del crimen organizado disminuyó o, como dirían sus defensores: no se le dio tanta propaganda; como sea, es evidente que no resultó y dejó a su sucesora una tragedia que creció y se salió de control.
Lo cierto es que, después de cien días del gobierno de Claudia Sheinbaum, de nuevo vemos aprehensiones de cabecillas, muchos de importancia; confiscaciones de armamento y drogas, y un ataque frontal al crimen organizado que nada tiene que ver con los “Abrazos, no balazos” de su predecesor y, aunque le duela admitirlo, se parece más a la estrategia calderonista.
Pero para complicar más las cosas, los grandes avances en la cibernética, el creciente dominio de la Inteligencia Artificial está inundando de imágenes, audios y videos tan perfectamente elaborados que esto sin duda va a añadir un ingrediente nada halagüeño de incertidumbre y suspicacia.
Como ciudadanos todo nuestro apoyo y confianza al nuevo gobierno en este tema. Si le va bien a la presidenta, nos va bien a todos, sobre todo cuando las “Trumpetas” (de Trump) del Apocalipsis retumbarán en este año.— Mérida, Yucatán.
arredondo61@prodigy.net.mx
Médico y escritor
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