Si el Renacimiento maya fuera una promesa de bienestar o de erradicación de la pobreza de grupos subalternos o vulnerables, el problema es mayor.
Primero porque tendríamos que caracterizar estos grupos, identificarlos, comprender su lógica y diseñar varios programas de mediano o largo plazos que los acompañe a lo largo de esta trayectoria. Una política de Estado, antes bien.
No es lo mismo atender, digamos al 7% de la población maya hablante —que no habla español—, que al 23.7% que son bilingües, o al resto de la población mestiza con diferentes niveles de pobreza y con diferentes rangos de edad, ocupaciones, oportunidades educativas y, por tanto, de expectativas de desarrollo.
El esquema de apoyos universales o específicos por categorías sociales, (jóvenes, madres jefas de familia, trabajadores y/o adultos mayores) es tan antiguo como el PRI y sus más de setenta años de “generosidad paternal y clientelar” y a la luz de que sigamos discutiendo el tema, entonces clara y fehacientemente ineficaz. Aunque se le ha llamado a esto justicia social, está claro que ni las dádivas priistas ni las de Morena resuelven el problema, aunque es verdad que funcionan como paliativos o balones de oxígeno a cambio de lealtades políticas y cheques incondicionales firmados en blanco para que las élites hagan lo que quieran.
No soy experto en estudios sobre pobreza y estas líneas son preliminares y poco ambiciosas de ser lámpara, pero sí observo que la pobreza americana está en todos los países del continente y la asocio a un colonialismo extractor y un capitalismo bárbaro que no ha hecho lo suficiente para armonizar la libertad con la equidad de oportunidades.
No hay país latinoamericano que no tenga bolsas de miseria alrededor de sus ciudades, sus centros históricos llenos de indígenas o ambulantes y polarización social producida por la desigualdad.
Entiendo que los factores de pobreza son sistémicos. Si bien hay factores individuales —capacidades, fortalezas, oportunidades—, la mayoría de estos problemas son estructurales. Los cambios que se necesitan son profundos, ya que tendríamos que revisar los factores de la producción y su competitividad, los indicadores de aquello que se nombra como bienestar (vivienda digna, buena alimentación, oportunidades educativas, condiciones para afrontar la enfermedad y las visicitudes del entorno y formas de entretenimiento y ocio), los mecanismos para distribuir esa riqueza entre los sectores menos desfavorecidos, especialmente en lo que ayude a su propio desarrollo.
Un ejemplo de esto es el marco legal que desapareció la huelga como mecanismo de disputa por mejores salarios que ni el gobierno más populista de Amlo tocó ni con el pelo de su gallo.
Veo problemas y no soy el experto que sueñe o plantee soluciones. Lo que sí veo es que no ha habido cambio estructural en el sistema productivo del país o del estado y que la distribución de la riqueza ha mejorado en un sentido clientelar y no en un sentido compensatorio de largo aliento y resultados.
Luchar por un Renacimiento Maya en materia de disminución de la pobreza es un galimatías que sólo tiene en el subsidio su bandera mas eficaz y probadamente inútil, si observamos los setenta años en los que el PRI hizo lo mismo.
Si el Renacimiento maya fuera la metáfora para impulsar la economía capitalista del estado, el puerto de altura, las inversiones internacionales, etcétera, entonces todos vamos a ser mayas —incluso quienes firman con el apellido Ponce, Legarreta o Chapur y viajan a Fitur— y, por tanto, el beneficio sería universal, aunque a muchos les cayera un céntimo y a unos pocos un dineral. Pero eso ya es el absurdo del slogan y elevar la política pública a la condición de injusto y malogrado milagro. Y me temo (o me alegra) que esas cosas no pasan.— Mérida, Yucatán.
berlin@prodigy.net.mx
Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política
