El domingo 9 de febrero, Día del Periodismo en Colombia, por consagración legal, hubo multiplicidad de diagnósticos sobre el estado actual de la profesión más bella, pero también más peligrosa para ejercer, después del toreo y la aviación. O tal vez la más, por el derroche de técnica, ya casi no hay toreros muertos en los ruedos del mundo. Y los accidentes de aviación se dan en cantidades ínfimas, si se tiene en cuenta el gigantesco tráfico por los aires del planeta. Los atentados contra la vida de los periodistas están a la orden del día, causados por la intolerancia y por el odio a quienes informan, opinan o denuncian.
Las naciones entraron en un estado de choque y de crispación en sus diversos estamentos, entre otras causas por el auge de los medios de comunicación digitales y el hecho de que cierto cobarde anonimato anima a que saquemos a flote los más recalcitrantes apasionamientos y criterios sobre las conductas y el pensamiento de los demás. Hay una fuerza inocultable que impele a que se abran crudos y agresivos debates sobre todo lo divino y humano, desde los actos y decisiones de quienes nos gobiernan, hasta las más inanes y faranduleras circunstancias del diario devenir. De lo que no se ha escapado el periodismo, en sus más diversas facetas.
Por ese eco a las pasiones y a los fundamentalismos desenfrenados, por parte de la prensa, radio, televisión, medios de comunicación masivos, en sus más diversas variantes, es que hemos llegado a este clímax destructor, que hay que parar de alguna manera. No descubro nada si afirmo que hay que comenzar por la desmovilización de los espíritus, que debe ser tarea y propósito del periodismo, como contribución a un ambiente de reconciliación y equilibrio, más en los momentos de crisis en que nos debatimos.
No soy nadie para formular conductas periodísticas, ni menos para dictar lecciones de cómo debe manifestarse la noticia y la opinión. Pero sí recuerdo algunas pautas que sobre estos temas leí hace unos años y que reencontré en una lectura dominical, que vienen como anillo al dedo, y cuyo autor es el Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela. Textual, los periodistas debemos: Decir lo que acontece, no lo que quisiera que aconteciese o lo que imagina que aconteció. Decir la verdad anteponiéndola a cualquier otra consideración y recordando siempre que la mentira no es noticia y, aunque por tal fuere tomada, no es rentable.
Ser tan objetivo como un espejo plano; la manipulación y aún la mera visión especular y deliberadamente monstruosa de la imagen o la idea expresada con la palabra cabe no más que a la literatura y jamás al periodismo.
Callar antes que deformar; el periodismo no es ni el carnaval, ni la cámara de los horrores, ni el museo de las figuras de cera.
Ser independiente en su criterio y no entrar en el juego político inmediato.
Aspirar al entendimiento intelectual y no al presentimiento visceral de los sucesos y las situaciones.
Recordar en todo momento que el periodista no es el eje de nada sino el eco de todo.
No ensayar la delación, ni dar pábulo a la murmuración ni ejercitar jamás la adulación: al delator se le paga con desprecio y con la calderilla del fondo de reptiles; al murmurador se le acaba cayendo la lengua, y al adulador se le premia con una cicatera y despectiva palmadita en la espalda.
Y por último, esta regla de oro, que no es de Cela, sino del código de ética de la Asociación Latinoamericana de Prensa: “Periodista responsable es el que sabe que el daño hecho nunca se recupera totalmente”.— Bogotá, Colombia.
Político y periodista colombiano
Ventana con texto de 16 puntos… Ventana con texto de 16 puntos…
