La llegada a codazos de la gerontoarquía a la palestra mundial está delineando el presente y futuro de un puñado importante de países, entre los que se encuentran México y Estados Unidos.
Son las ideas y acciones de personas con un perfil de elevada edad las que están prevaleciendo en el manejo de naciones importantes en el concierto mundial, y otras tantas cuyos regímenes encabezados por personas de avanzada edad se están enfrentando a un mundo cambiante en forma acelerada.
Se le ha dado en llamar gerontocracia a un sistema de gobierno o estructura de poder en la que los líderes son personas de edad superior a los sesenta y cinco años. Este sistema de gobierno, cuando se trata de países democráticos o que en apariencia lo son, consiste en convencerr a los votantes de que la experiencia acumulada con los años es una cualidad valiosa para gobernar.
Pero más allá de eso, esa experiencia ha permitido al personaje que se postula como gobernante ver una cantidad ingente de errores de gobiernos anteriores, los cuales promete resolver.
La crítica del aspirante al poder a los gobiernos previos se ha vuelto regla y con ello muchas veces, en consecuencia, se critica a lo hecho por gobernantes más jóvenes, de acuerdo con el rumbo gerontológico que están tomando los gobiernos.
En el caso de los Estados Unidos este esquema no operó en la reciente elección de Trump, pero sí en la de 2016, cuando su antecesor era más joven. En 2024 no hay más que decir: su predecesor era cuatro años mayor, cosa difícil de asimilar en los tiempos modernos y en un país de avanzada.
En México, López Obrador basó su plataforma política en la crítica a los gobiernos previos, y el inmediato anterior a él lo encabezó el presidente más joven en la historia moderna de México, con excepción de Carlos Salinas de Gortari.
Al asumir el poder, AMLO tenía 65 años, 13 más de los que tenía en ese momento Enrique Peña Nieto, sentado a su izquierda en la toma de posesión.
Una crítica frecuente que reciben estos regímenes es la falta de renovación generacional y alejar a los jóvenes de la toma de decisiones. Pero no sólo eso: los tratan como imberbes, prácticamente como seres inferiores en algunos casos. Basta ver el trato que Trump dio ayer a Zelensky en la Casa Blanca, hablándole desde su atalaya de dizque superioridad, una actitud que puede tener consecuencias funestas para el planeta.
Otros países con gobernantes de edad elevada y que accedieron al poder por la vía democrática, que en estos casos es “democrática”, son Rusia, con Vladimir Putin, nacido en 1952, y quien lleva más de dos décadas en el poder, y Nicaragua, donde Daniel Ortega, que en noviembre próximo cumple 80 años, gobierna desde 2007, en su segundo período, pues lo hizo antes de 1985 a 1990.
Fuera de los regímenes democráticos están Xi Jinping, nacido en 1953 y al frente del Partido Comunista Chino, donde la mayoría de los dirigentes son mayores de 60 años.
En Cuba, isla de la sempiterna dinastía, los Castro condujeron gradualmente al país a un envejecimiento paralelo al suyo, sin cabida para ideas frescas. Y hay otros regímenes, como el de Irán, donde el líder Alí Jamenei (nacido en 1939) ha gobernado desde 1989.
La gerontocracia es común en sistemas donde el poder se concentra en elites políticas cerradas, como regímenes autoritarios o partidos únicos, pero también puede darse en democracias con líderes longevos.
Los comportamientos que vemos con esos líderes, sin embargo, están conduciendo a estos países, más que a gerontocracias (gerontología, ciencia acerca de la vejez, y democracia), a gerontoarquías, que pugnan por socavar los elementos que conforman una democracia, sistema de pesos y contrapesos, para convertir a sus regímenes en lo más parecido a monarquías disfrazadas de democracias.
Estas ideas que no admiten réplica (véase el vídeo de Trump impidiendo hablar a Zelensky) tampoco aceptan críticas ni toleran compartir el poder.
Se esmeran en concentrar las decisiones y controlar a los otros dos poderes, cuando de una república se trata, como en el caso mexicano.
¿A qué debemos aspirar en nuestro país? Cuando fue gobernado por el equipo de Peña Nieto los escándalos de corrupción fueron mayúsculos, dando pábulo a López Obrador para hacer campaña con la bandera del combate a ese flagelo, una estrategia electoral que prendió como leña seca. Los experimentados venían a quitar del poder a un grupo de muchachitos rapaces y de bolsillos insaciables.
La triste realidad, empero, nos mostró que los experimentados lo eran también para dar cátedra a los jóvenes voraces. Resultaron más hábiles y ávidos para saquear que los anteriores, manteniendo, eso sí, el discurso del combate a la corrupción como parte de su manejo de la posverdad.
Jóvenes y gerontarcas por igual seguirán teniendo esos comportamientos rapaces en nuestro país en la medida que los ciudadanos no cuestionemos sus administraciones y nos dejemos llevar por los discursos vacíos plagados de frases simples y seductoras.— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
