Hace unos días estuve leyendo el ensayo “El Arte de la Mentira Política”. Habla sobre la mentira y sus proverbiales vínculos con la política y los políticos.
Pese a que fue escrito en el siglo XVIII, en plena época de “las luces”, su autor —Jonathan Swift— recalca que la mentira política es el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo a buen fin.
Bueno, pues al parecer este ensayo escrito en 1733 no ha perdido un ápice de su vigencia, tal como lo demuestra la práctica de la política contemporánea.
Es un discurso que puede parecer cínico, pero que no es sino la descripción satírica de una realidad muy arraigada, la práctica corriente de la mentira con fines políticos. Su disertación adopta un tono racional y académico que hace aún más eficaz la feroz sátira de los manejos de los políticos y poderosos de su tiempo.
A la pregunta de si hay que engañar al pueblo por su propio bien, el autor contesta afirmativamente, y considera que hacerlo es todo un arte que debe obedecer a unas reglas bien definidas. Estas leyes del arte de la mentira política debe asimilarlas perfectamente todo gobernante u hombre influyente que se precie de serlo.
Aunque situada en un contexto político muy diferente del actual —la Inglaterra de principios del siglo XVIII—, cualquier parecido con la realidad actual es algo que no asusta. De hecho, como es bien sabido, en el mundo contemporáneo la mentira política ha superado infinitamente, tanto en la gravedad de sus contenidos como en el alcance de su influencia.
Swift fustigó las costumbres políticas de su época. Este arte de la mentira o “pseudología” política pretende ser, en efecto, una sátira de la vieja tradición de las artes del gobierno: por fin —celebra el autor— se ha conseguido reunir los dispersos saberes del arte de la mentira política.
El texto empieza señalando las bases fisiológicas de la mentira: el alma tiene un lado plano, que le viene dado por Dios y que refleja fielmente los objetos; también tiene un lado cilíndrico, heredado del diablo, que los deforma sistemáticamente. Satanás, como indican los Evangelios, es el padre de la mentira. La mentira política tiene, así, su localización cerebral en el lado cilíndrico, se señala en el texto.
El tratado se ocupa tanto de los fundamentos fisiológicos o espirituales del disimulo como de sus efectos políticos. Efectos que remiten, en definitiva, a una cuestión fundamental, presente en toda la reflexión política desde la República de Platón hasta el Príncipe de Maquiavelo: ¿conviene ocultar la verdad al pueblo por su propio bien, engañarlo para salvaguardarlo?
Dice que el pueblo “no tiene ningún derecho a la verdad política” como tampoco debería poseer bienes, tierras o castillos. “La verdad política debe seguir siendo, como esos otros patrimonios, una propiedad privada”.
Esa circunstancia de cuándo conviene decir la verdad y cuándo callarla o disfrazarla es algo que se da también incluso en nuestros días. El pueblo es hielo ante las verdades y fuego ante las mentiras. La masa es crédula, miente, y puede ser engañada del mismo modo en que, como suele decirse, se engaña a las mujeres y a los niños.
La mentira es su elemento natural, el aire que respira; así, se necesita de más arte para convencer al pueblo de una verdad saludable que para hacerle creer en una falsedad saludable. Que sea, por tanto, gobernado, por su propio bien, con la mentira, dice el tratado.
Las mentiras saludables no existen pues se apartan de la verdad. La sociedad tiene todo el derecho de saber lo que pasa y cómo pasa, ni siquiera con verdades a medias se le puede engañar, es ofensivo, no es ético. La pregunta es: ¿habrá algún político dispuesto a hablar con la verdad o sus “intereses” personales pueden más que ello?— Mérida, Yucatán.
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@mariomaldonadoe
Especialista en Derecho Parlamentario y Técnica Legislativa
