López Obrador es el fundador de Morena. Su sexenio es el rearticulador del Estado mexicano para dejarlo como estaba antes de 1988. Sus narrativas y políticas públicas son antineoliberales y, más claramente, estatistas y centralistas. Su ataque al PRI-AN y la etiqueta “la mafia del poder” han sido eficientes, como lo demuestra su maquinaria electoral. Una hazaña de ese tamaño, tiene desde luego, grandes aciertos y terribles deformaciones.

Entre los aciertos de López Obrador está haber leído el hambre y la sed de justicia que tienen los votantes mexicanos. Ya lo había visto Luis Donaldo Colosio y ya lo habían olvidado quienes se alternaron en el poder después de Vicente Fox. El primer presidente de Morena leyó la necesidad de un discurso sencillo, simpático con el pueblo, reivindicador de la justicia, de la austeridad y con valores cercanos y nacionalistas. El Robín Hood mexicano le dio a los pobres y a las clases medias una razón de vivir, de luchar, de proyectar valores justicieros, solidarios y (dice) humanistas.

Como pega estructural de esta narrativa está la segunda generación de clientelismo mexicano, ese conjunto de programas sociales de ayuda directa a varios sectores de la población, jóvenes, madres jefas de familia, adultos mayores, y otros trabajadores que reciben dinero directo, producto del impuesto de todos los mexicanos, pero distribuidos por la varita mágica del nuevo ogro filantrópico.

Como acción política está el tocamiento de Midas: cualquier perseguido, mutilado, proscrito o simplemente traidor sin hueso o político sin futuro —o con futuro— del PRI, del PAN, del verde, del rojo o del amarillo, puede ser incluido en el nuevo movimiento, sanearse, bendecirse, ungirse, ganar y mantener sus espacios de lucro político.

Todo esto sirvió para capitalizar al gran líder y volver la podredumbre en oro. Entronizaron al rey y facilitaron el regreso del partido hegemónico, quiénes antes luchaban por la democracia, misma que al no darles posiciones, fueron con el autócrata que sí.

Son pues, tres los pilares sobre los que se asienta la acción del primer presidente morenista. Una narrativa ilusionante, progresista y justiciera; un conjunto de políticas públicas clientelares como las del PRI de décadas y una política electoral pragmática que permite engrosar de activos las filas del morenato, siempre que sepan a quién deben obedecer. Así Morena gana elecciones con panistas, priistas, perredistas y con lo que sea.

Sin duda ninguna, la fórmula ha sido totalmente exitosa y renovadora. La comunicación del expresidente es excelsa en su sencillez y pasmosidad. No hay grandielocuencia, palabras domingueras, mercadotécnica de lujo, discursos de profundidad como los de Fidel o Luther King. Solo sencillez, claridad y sentido común.

El cheque en blanco que ha firmado el pueblo al movimiento no ha incluido la prudencia ni la sensatez.

A cambio de algunas cosas que podrían ser calificadas como positivas, viene un paquete de deslices económicos, de presuntos actos monstruosos de corrupción o ineficiencia, de ridículos cambios y caprichosos como la reforma judicial, de una permisiva hacia el crimen organizado, del desmantelamiento de instituciones democráticas, etcétera. Es decir, a las cosas buenas se suma una colección de acciones y decisiones políticas encaminadas a construir nuevas instituciones despóticas y centralistas.

La mayoría de los votantes no parecen ver estos temas como problemas. La mayoría sigue aspirando a recibir mejores condiciones para su vida, más dinero de los programas sociales, más ilusiones de justicia. La reforma del Estado mexicano, el back to the future, ya ha sido confirmado y penado por la historia reciente. Parece que lo único que resta es sentarse a esperar que el déficit fiscal, la inflación, el decrecimiento económico, fruto de muy diversos factores, se nos venga encima. Cuando eso sea, el sistema autoritario en funciones se encargará de mantener a los ciudadanos rebeldes a raya. Volveremos, supongo, a luchar como en los años 80 por abrir libertades.— Mérida, Yucatán.

berlin@prodigy.net.mx

Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política

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