Guillermo Fournier Ramos

Václav Havel, expresidente de República Checa, decía que el optimismo y la esperanza no son lo mismo, pues mientras que el optimismo consiste en creer que todo saldrá bien, la esperanza implica confiar plenamente en que vale la pena luchar por las convicciones personales y sociales, más allá del eventual desenlace.

La realidad global en el presente es sumamente complicada: la reconfiguración del orden mundial, la decadencia de valores humanos y los desafíos económicos y políticos son fenómenos latentes que no pueden —ni deben— ser ignorados.

Ante la magnitud de tales desafíos es frecuente que las personas caigan en la frustración e incluso la desesperación. Como afirma el sociólogo François Dubet en su libro “La época de las pasiones tristes”, lamentablemente, la dinámica del siglo XXI ha extendido algunas emociones negativas entre la sociedad, lo cual se traduce en mayores índices de ansiedad y depresión.

En este espacio, en los últimos años, he procurado plantear algunas propuestas para hacer frente a los retos y problemas de la era contemporánea, enfatizando la importancia de la educación, el combate a la desigualdad y la pobreza, así como los principios del humanismo.

Sin embargo, es necesario disponer de la fuerza suficiente para salir adelante en un entorno complejo y muchas veces adverso. En este sentido, la esperanza funge como el motor que impulsa al individuo a actuar para construir un mejor futuro.

En su autobiografía recientemente publicada, el papa Francisco habla de la esperanza describiéndola como la virtud más humilde, porque suele permanecer oculta, aunque también la más fuerte, dado su alcance para motivar a mujeres y hombres a perseverar en medio de cualquier circunstancia.

Ahora, ¿por qué tener esperanza si aparentemente todo marcha por mal camino y nos dirigimos hacia la catástrofe? La pregunta es legítima, pues basta con leer las últimas noticias o encender la televisión para caer presas del pesimismo.

Claro que los problemas y las crisis existen, y son graves y muchos, pero no todo está perdido —nunca está todo perdido—. Todos los días ocurren acciones buenas y hay gente que aún lucha por la dignidad y la justicia, de la mano de valores como la bondad y la generosidad.

Es urgente volver a la esperanza, porque cuando no la hay se genera un vacío de propósito que resulta altamente nocivo. La apatía y la indiferencia, producto de la desesperación, se reflejan en múltiples dimensiones, desde el egoísmo hasta la destrucción de la brújula ética y moral.

La gran paradoja de la actualidad es que la tecnología digital ha fracasado en el supuesto objetivo de “acercar” a las personas. El exceso de pantallas y dispositivos electrónicos ha conseguido que cada vez estemos más inmersos en el plano virtual, “desconectándonos” del vínculo humano interpersonal.

Lo anterior se relaciona con la esperanza, ya que esta virtud precisa del contacto humano; transmitir esperanza a quienes nos rodean y alimentarnos de la esperanza de los otros es indispensable. A fin de cuentas, todo progreso exige de colaboración y la paz social pasa por el entendimiento mutuo y reconocer la humanidad que hay en el prójimo.

Cuando mis alumnos universitarios me cuestionan sobre la viabilidad de que el mundo cambie hacia una mejor versión, les respondo que tengo esperanza fundada de que es posible: basta que ellos mismos se decidan a ser el cambio que la sociedad demanda; si partimos del compromiso de que los jóvenes asuman esa responsabilidad, mañana tendremos líderes y tomadores de decisiones con visión humanista.

Desde luego, la tarea no solo es para las nuevas generaciones. La ventana de oportunidad es ahora y requiere que sumemos voluntades para transformar la realidad. Mucho se puede hacer desde gobierno, empresa, sociedad civil y ciudadanía.

Eso sí, la esperanza es un llamado a la acción, no una mera idea que resuelve los problemas desde la abstracción. La esperanza es la inyección de ánimo para trabajar, teniendo en mente que somos arquitectos de nuestro propio destino.

El ritmo híper-acelerado del presente tiende a distraernos de lo esencial; por atender lo urgente hacemos a un lado lo importante. Lo cierto es que aquello que realmente merece la pena toma tiempo y esfuerzo. La esperanza amplía la mirada para recordarnos que siempre hay un fin último al cual aspirar.

En su obra “Por quién doblan las campanas”, Ernest Hemingway escribe: “hoy es un solo día de muchos que vendrán, pero lo que suceda en esos días, puede depender en gran medida de las acciones que decidamos emprender hoy”.

Volver a los valores conlleva colocar a la esperanza en primer lugar, porque solo a partir de ella seremos capaces de superar incluso los obstáculos más apremiantes. La única salida es hallar en el humanismo un paradigma que nos lleve a edificar un porvenir de mayor igualdad y prosperidad.

Defender convicciones y principios es crucial en esta labor; alguna vez dijo Martin Luther King: “si supiera que el mundo se acaba mañana, aun así hoy plantaría un árbol”.— Mérida, Yucatán.

fournier1993@hotmail.com

Licenciado en Derecho, maestro en Administración

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