Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no es la verdad. Marco Aurelio
Corrían los años sesenta, mi infancia la viví en la García Ginerés; para las vacaciones nos la pasábamos buena parte del día en la calle, sin celulares, sin internet, sin redes sociales; nuestra actividad iba desde juegos como “busca-busca”, “pesca-pesca”, “tamalitos a la olla”, algo más tradicional como la kimbomba y hasta cascaritas de fútbol…, sí, en plena calle, un par de porterías improvisadas con piedras, con interrupciones ocasionales cuando pasaba un vehículo y, todo el día hasta que, nuestras madres presas un tanto de la histeria por no responder al primer llamado, cerca de las diez de la noche, nos corrían de la calle para que nos diéramos un baño y a cenar.
Después, en mis años preparatorianos, recuerdo cuando no teníamos vehículo, toda la palomilla caminando desde el extinto Jardín Coca Cola, ahí por el rumbo al aeropuerto, sede preferida de los festejos de 15 años y nos regresábamos caminando en horas de la madrugada por toda la avenida, en más de una ocasión, sin algún incidente que lamentar.
Por supuesto la leyenda urbana, ni tan urbana, de tener precaución si empezabas a enamorar a alguna chica y eras de otro barrio, a veces se tenía que pagar el precio, desde la consabida extorsión para los “chescos” o el “pomo”, una que otra corretiza, pero hasta ahí.
Cuando entré a la facultad de Medicina, en aquellos años del gobierno de Miguel de la Madrid y la terrible inflación, tenía que escoger entre gastar el peso con cincuenta centavos que tenía en la mano para regresarme en camión o en su defecto comprarme una Coca Cola y regresarme caminando hasta mi casa, lo cual hice en más de una ocasión.
Cuando viví un tiempo en aquella entonces ciudad de México haciendo mi especialidad, el panorama cambió: a las voces y consejos de alerta, le siguió el testimonio de más de un compañero que había sido víctima de asaltos.
Aprendí a andar casi sin dinero en los bolsillos (de por sí no había), a caminar con paso acelerado, volteando a ver hacia todos lados, cambiando de banqueta si alguien o algo se me hacía sospechoso y, ahí la fui librando sin percance alguno; cuando regresé a Mérida me daba cuenta de que andaba casi corriendo aquí en mi ciudad donde todo era a paso lento, de nuevo en mi tierra y con eso la percepción de estar en un lugar seguro.
Pasó el tiempo; en mis casi cuarenta años de ejercicio institucional y privado, solo atendí a dos pacientes por heridas de arma de fuego: un campesino que confundió a su compañero de batida y lo roció de perdigonazos y un sujeto que se disparó accidentalmente en un pie mientras limpiaba el arma.
Acostumbrados así a esta tranquilidad, recuerdo a uno de mis alumnos que hizo una subespecialidad en Monterrey al decirme: “maestro, en solo un día ya vi más baleados que los cuatro años que hice en Mérida” …y por supuesto que le creí.
Cuando estaba en los congresos de Ortopedia y me topaba con mis amigos de otros estados, después del 2006, la pregunta siempre era: “óyeme, ¿y por qué no pasa nada en Yucatán?”. El contraste era tan notorio que en menos de tres años las anécdotas que me contaron mis condiscípulos norteños fueron el sustento donde se nutrió mi novela “De Médico a Sicario”.
Y mitad en serio y mitad en broma, a veces me hago un tanto al desentendido; pero siempre, cuando se me insiste en el cuestionamiento, respondo hasta ahora, que la clave es tener un tejido social con un entramado firme y un sistema de seguridad lo suficientemente sólido como el que tenemos y, que ha pasado la prueba en tres sexenios, aunque haya algún funcionario que diga que Yucatán es seguro porque la gente es chismosa.
Cuando viajo a otras ciudades de la república por el tema de los congresos, me he autoimpuesto un toque de queda y prefiero quedarme en el cuarto de mi hotel, pero muchos de mis colegas se van como decimos aquí de “chinos libres” y, las historias de horror van desde escapar de una balacera en un antro en Mazatlán hasta el lamentable secuestro de una colega en León.
¿Qué cambia entonces?: algo llamado percepción, la cual está profundamente alimentada sobre todo por las redes sociales.
Realizo con frecuencia viajes a la CDMX, por lo general ando alerta; ¿pero qué tanto influye esta percepción? Fuimos hace dos años a visitar el Desierto de los Leones; llegamos en Uber, pero al intentar regresar no había señal y la única manera de hacerlo fue en un minibús.
Éramos los únicos tres pasajeros cuando se arrancó como alma que lleva el diablo, un chamaco manejando como cafre, con música de reguetón a todo volumen y conforme fue avanzando, se introducía en algunas callejuelas adentrándose a la ciudad, fueron subiendo pasajeros y la paranoia alimentada por lo que uno ve en los medios y las redes sociales se apoderó de mí, al pensar que, en cualquier momento subirían dos malandros con la consabida: “Ya se la saben mi gente…, mochilas y celulares…” cuando este tipo de incidentes se daban del otro lado, para ser más exactos en Ecatepec.
Pero todo parece ser que, en efecto, puede ser más cuestión de percepción. Recientemente se informó que Mérida salió del top 10 de las ciudades más seguras y caímos en el lugar 12, según el ranking de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del Inegi.
¿Qué quiere decir esto? Es la percepción, son encuestas a la gente de a pie. Una cosa es este discernimiento que puede estar lleno de subjetividad e influido por un sinnúmero de factores y otra es en cifras reales lo que habría que valorar, antes de repartir culpas.
El desmedido fenómeno de la reciente gentrificación después de un período de confinamiento por la pandemia trajo aparejados no solo problemas urbanísticos, tambien de movilidad y convivencia. Es en este último punto donde las cosas parecieran ir cambiando.
Y en relación con el tejido social aceptemos que hay focos de alarma y que es momento de reforzar todo aquello que lo teje, nuestros valores, costumbres, cultura y desde ahora tener mucho cuidado con juicios xenofóbicos que no llevan a nada o el oportunismo de sacar raja política, independiente del color del partido.
Seis décadas viviendo aquí, me bastan para lamentablemente decir que, en cierto sentido, la ciudad de mis años mozos se está yendo conmigo o a lo mejor ya estoy en la época de decir que mis tiempos fueron mejores.
Hay una parte de mi ciudad que ya no está, aun así, la sigo percibiendo segura. Sin embargo, lo peor que puede ocurrirnos es hacer caso omiso de esta advertencia. Hay que ser autocríticos, sociedad y autoridades: todos somos Mérida.— Mérida, Yucatán
Médico y escritor
