Don Polo Ricalde y Tejero asentó el libro que terminó esa misma mañana en el rincón del café de siempre, en el norte de la ciudad, y reflexionó sobre la importancia de la buena lectura.
¿Qué significa una buena lectura?, se preguntó. Cuando su amigo Ángel Trinidad le anunció muy ufano que había leído un gran libro, don Polo tuvo una emoción que se desvaneció cuando le dijo el nombre: “El alquimista”.
—Vaya —le respondió, y luego agregó la frase que mejor disfraza el desinterés—. Qué interesante.
¿Qué es, pues, un buen libro? ¿Aquel que profundiza en la condición humana? Parece que “El alquimista” así lo hace. De una manera sencilla y de fácil captación, lo que pareciera restarle fuerza literaria y acrecentarle valor comercial, hoy mucho menos que antes; el interés se ha ido desvaneciendo.
La buena literatura es la que logra transformar al lector. La que consigue que el sujeto que abre la primera página sea diferente al que pasa la última, aun siendo el mismo.
El buen libro es, además, el que con alto valor estético se adentra en el ser humano y lo describe en sus versiones más edificantes y abyectas. En sus comportamientos lo mismo heroicos que indolentes.
Imposible negar que “El extranjero” y “El túnel” son obras maestras de la literatura del siglo XX. Camus y Sábato se adentran en la mente de los protagonistas, la exprimen, y nos exponen los sentires propios de grupos humanos de determinadas épocas y lugares.
A pesar de sus reflexiones y de su cierta aversión por “El alquimista”, don Polo seguía encontrando razones por las que el libro de Coelho debía ser considerado en niveles más altos de los que él lo ponía.
Recordó que en sus años estudiantiles el libro en cuestión, que se daba a leer como literatura alterna a la escolar —no se debía mencionar pues no formaba parte del plan de estudios— era, “Juan Salvador Gaviota”, un libro en la misma categoría de psicología ligera de “El alquimista” y los de Carlos Cuauhtémoc Sánchez.
De algo servían. Cumplían con hacer llegar un mensaje a su público adolescente y juvenil. ¿Por qué no considerarlos buena literatura como, por ejemplo, las obras de Julio Verne que don Polo devoró en su adolescencia?
Tomó el libro que asentó en la mesa junto a su expreso cortado. Sin ser harto conocida, cumple las características de una obra que se precie de contar con los atributos para estar en los más altos estantes. Tiene mucho que ver, eso sí, la cuestión de gustos. Don Polo conoce a grandes lectores que lo devoraron y también a magníficas lectoras que lo aborrecieron tras las primeras páginas.
Su nombre: “La gárgola”, del canadiense Andrew Davidson. El personaje, cuyo nombre jamás se conoce, experimenta una transformación física al tiempo que una moral, ambas a contracorriente.
El lector se adentra en una vida plena que se ve estrujada, destruida por un accidente brutal, para darse cuenta que la vida que se demolió era la anterior al suceso. Lo que ocurre con posterioridad convierte al personaje de un sujeto personalista, despreocupado y carente de escrúpulos, en alguien que descubre que la vida vale la pena ser vivida en pro del servicio a los demás, algo que no conocía y menos practicaba.
Con un estilo irreverente que recuerda las novelas estadounidenses de los sesenta —Tom Wolfe, Norman Mailer, Truman Capote—, Davidson plaga de datos históricos el libro y muestra un afán de investigación y una prosa inteligente notorios.
Aunque el estilo irreverente rompe los gustos prosísticos de don Polo, no puede negar que lo cautivó. Brinca de lo grotesco a lo sublime para, en un santiamén, volver a ser un escritor patán.
Con el primer plano de una historia de actualidad, el lector se adentra en relatos medievales de flechas, lanzas y amanuenses, lo mismo que en expresiones del Japón intransigente de siglos pasados.
Así pues, lo que en apariencia es un “xec”, gradualmente cobra sentido. En medio de esta mezcolanza tan sabrosa para el lector, el protagonista termina haciendo un viaje a los nueve círculos del infierno, con lo que sale a plenitud el Dante que ha hecho guiños a lo largo de la obra.
“Un libro muy recomendable —se dijo don Polo—. Cuando venga mi amigo Ángel Trinidad se lo prestaré para que no esté leyendo… Simplemente se lo prestaré. Que lea lo que desee. Lo importante es leer”.— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
