El gerente del banco salió de su despacho a la calle, y un pordiosero le pidió unas monedas de limosna. El banquero, que iba de prisa, le dijo: “Le daré algo a mi regreso”. Perdone —replicó el pedigüeño—. No fío”…
El señor, inquieto porque era ya la medianoche y el novio de su hija no se despedía, se asomó por el barandal del segundo piso y preguntó: “Rosilí: ¿está ahí Leovigildo?” “Todavía no, papi —respondió la muchacha con agitada voz—. Pero ya está cerca”…
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