Armando Fuentes Aguirre Catón De política y cosas peores

La joven esposa le dijo con extático acento a su marido: “¡Tus besos me saben a gloria!” “Son imaginaciones tuyas —se turbó él—. ¡Te juro que hace meses no la veo!” (Nota. El pendejo se echó solito de cabeza, si me es permitida esa expresión plebeya, “solito”)…

El encargado de la sección de ropa para caballero le mostró un traje a don Algón. El tal traje era color morado con rayas verdes y amarillas. Ponderó el señor: “Si me pongo este traje mi mujer no querrá salir conmigo a ninguna parte. ¡Me lo llevo!”…

Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le pidió una vez más a Dulcibel, virtuosa joven, la dación de su más íntimo tesoro. Ella rechazó de nuevo la salaz demanda. Dijo: “¿Cuántas veces te he contestado que no?” “Discúlpame —replicó el lúbrico sujeto—. Ignoraba que debía llevar la cuenta”…

Picio era feo pero rico. O rico pero feo, según se vea. Dinero mata carita, dice un dicho, y el feo sujeto logró que la hermosa Loretela aceptara su proposición de matrimonio. “Está bien —razonó ella—. Me casaré contigo, al cabo pasarás la mayor parte del día en el trabajo”. (“Y por la noche apagaré la luz”, debe haber pensado)…

Una linda chica le comentó a su compañera de cuarto: “Cada día cuesta más trabajo conseguir marido”. “Es cierto —confirmó la otra—. Sus esposas los celan mucho”…

La mamá del pequeño clamó ante el médico, angustiada: “¡Doctor! ¡Mi hijo se tragó una bala!” “No se preocupe, señora —la tranquilizó el facultativo—. Le daré un emético o vomipurgante y la expulsará. Mientras tanto, por favor, ponga al niño con el culito hacia la pared”…

Flordelisa y Cutre, recién casados, idearon una manera de ahorrar dinero a fin de tener un fondo para enfrentar the rainy days, los días lluviosos, o sea aquéllos en que se presenta alguna necesidad urgente e imprevista. Cada vez que hicieran el amor él depositaría 200 pesos en una caja que abrirían al terminar el año.

Llegó el 31 de diciembre —siempre llega— y abrieron la tal caja. Para sorpresa de Cutre había en ella no solo billetes de 200 pesos, sino muchos de 500 y bastantes de mil. Le preguntó, intrigado, a Flordelisa: “¿Y esos billetes?” Respondió ella: “No todos son tan agarrados como tú”.— Saltillo, Coahuila.

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