La profesora Paquita Ramírez fue maestra mía de Inglés. En la primera clase del año escolar paseaba la vista por el grupo y nos decía que desde ese mismo instante podía decir quién aprobaría el curso y quién no. Luego nos iba señalando uno por uno al tiempo que diagnosticaba con firmeza: “Tonto. Listo. Listo. Tonto. Tonto. Tonto. Listo. Tonto”.

A mí me calificó de listo. Seguramente en otros casos también se equivocó. Maestros tuve muchos a lo largo y ancho de mi vida. De todos sin excepción aprendí algo: de unos, a tratar de seguir su ejemplo; de otros, a no ser como ellos. Un mal profesor de Matemáticas me hizo sentir pavor y odio por esa necesarísima —y además bella— materia.

Dos excelentes maestros de Literatura, Julia Martínez y Guillermo Meléndez Mata, me enseñaron a leer los libros que enseñan a vivir: los de Shakespeare y Cervantes; los de Tolstoi y Dickens; los de Flaubert, Dostoievski, Chejov y Balzac.

Luego yo mismo fui maestro. Así me llaman quienes fueron mis alumnos, pero lo cierto es que fui solo un cumplido profesor que se esforzaba en dar lo mejor de sí mismo a sus estudiantes. Algo supe en mi casi medio siglo en las aulas: el arte de enseñar no consiste en trasmitir conocimientos, sino en contagiar entusiasmos.

El primer requisito para enseñar bien una materia es estar enamorado de ella; conocerla y darla a conocer con claridad y en forma agradable. Hasta la asignatura más abstracta puede enseñarse con amenidad.

Es necesario también sentir afecto por tus educandos, de modo de tratarlos con justicia. Esos infames profesores que reprueban a sus alumnos por sistema, para sentirse superiores, y que repiten necedades como aquélla de que “El 10 es para el autor del libro; el 9 para el maestro, y del 8 hacia abajo para ustedes”, esos tales no merecen estar en el aula, sino en una ergástula destinada a los malos enseñantes.

Pero advierto con alarma que estoy hablando en tono de magister, como lo prueba el hecho de haber usado la palabra “ergástula”. Cambio de tema, entonces, no sin antes felicitar en su día a los maestros. Les deseo que enseñen aprendiendo, y que aprendan enseñando…

La señorita Himenia, célibe de 39 años —los había cumplido ya 10 veces—, se propuso poner un gallinero en el corral de su casa, pues le daba pena preguntarle al tendero de la esquina: “¿Tiene huevos?”

Así, fue a una granja y le pidió al encargado que le vendiera una docena de gallinas y 12 gallos. “Señorita —le indicó el granjero—, para 12 gallinas con un solo gallo tiene”. “No —opuso Himenia—. Deme también 12 gallos. Yo sé lo qué se siente que a una no le toque nada”.— Saltillo, Coahuila.

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