La escuela es un puente entre el hogar y la sociedad —José Ingenieros
“Bandera de México, legado de nuestros héroes, símbolo de la unidad de nuestros padres y de nuestros hermanos, te prometemos ser siempre fieles…”. Los recuerdos me vienen a la mente, como me sucede cada 15 de mayo, el día que regresé a mi escuela primaria, la David Vivas Romero, por una invitación que me hicieron para festejar sus cien años, antes de la pandemia, para ser más exactos en febrero de 2018.
Todos los lunes la ceremonia de juramento a la Bandera: el amor y el respeto a nuestro lábaro patrio. La escolta formada por seis de mis compañeros recorriendo los pasillos que aún conservan los ladrillos blancos y rojos dispuestos en tablero de ajedrez.
En esos mismos pasillos, la maestra Ruth, que era la directora, después de sonar una campana (que luego sería sustituida por un timbre), salía con una regla de un metro de largo para recorrerlos y amagar con un “reglazo” al niño que estuviera fuera del salón, método, créanmelo, más que efectivo para cazar prófugos.
Luego llegaría al relevo directivo el maestro Evaristo Torres; lo recuerdo con su marcha claudicante aquejado por una secuela de polio, su rostro bonachón y un enorme corazón. Me detuve en uno de los rincones donde estaba el salón de música, cerré los ojos para escuchar de nuevo:
“El cinco de mayo, nos preste su sol, que eclipsa la estrella de Luis Napoleón, /El mundo nos mira, con admiración y a México envidia su claro blasón / ¡Blasón!, ¡blasón!”
Esto último lo sustituíamos a todo pulmón con: “¡calzón!, ¡calzón!”, lo cual hacía que la maestra dejara de tocar y nos regañara, aunque ahora pienso que hacía un gran esfuerzo para no reírse.
Aceché dentro del salón de tercero, con la esperanza de ver sentada en el escritorio a mi querida maestra Edith, con su cabello entrecano ondulado, sus lentes de arillos redondos y su sempiterna sonrisa… Pasé por el salón de cuarto grado, ahí tuve un déjà vu. Recuerdo cómo al asomarse alguien al salón nos levantábamos como resortes para soltar un “buenos días”, seguido de un “bracias”, cuando nos indicaban que nos sentáramos. Si alguno de nosotros se portaba mal, venía la sentencia: “Fulanito, mañana le dices a tu mamá que venga”; casi siempre al día siguiente la clase se interrumpía, en la puerta la maestra se acercaba a hablar con la progenitora del indiciado y, toda la palomilla, ahí estábamos de chismosos esperando el momento culminante: “Cuando haga eso, maestra, ¡péguele! …, ¡péguele!, yo le doy permiso”.
Fue una época en que la educación en la escuela y en el hogar estaba imbricada en una forma muy distinta a la actual.
Pasé por el salón del quinto B, a la memoria, mi maestra Rosita Medina, inolvidable, fue mi manto protector en ese 1971 en que perdí a mi hermano, alumno también de la escuela, y en medio de mi dolor fue mi fortaleza para seguir adelante con mis estudios.
Al final del recorrido estaba el salón de sexto B. En mi recuerdo de inmediato mi maestra Rosa Elena García Masquef; recién graduada, bellísima, era la más joven, quien me llevó hacia el trayecto final.
Me dirigí al patio donde jugábamos. Ahí estaba luciendo ahora un moderno techo con su pequeño escenario también ya techado. Una vez a la semana teníamos deportes, las rigurosas tablas gimnásticas y después la cascarita de futbol…, una nube de niños detrás de una pelota yendo de un lado a otro para tratar de meter un gol a aquel osado que se atreviera a defender la portería, por lo general delimitada con un par de piedras. Regresábamos del recreo felices y bien sudados.
Se vendían galletas, empanadas, había refrescos embotellados, a la salida un paletero y créanme, no teníamos ni la mitad del problema que es hoy en día la obesidad infantil. Una vez al mes nos llevaban al estadio Salvador Alvarado.
Ese día hubo una sencilla pero emotiva ceremonia. Ahí entre las autoridades me llevaría la sorpresa de encontrarme a mi maestra Alicia Góngora Rosado, la maestra Lichy, la abracé emocionado. Fue el momento ideal para evocar la importancia de nuestra educación primaria, la cual a veces nos olvidamos cuando estamos en la cúspide de la pirámide educativa.
Cuando en la Residencia Médica el adscrito me ofreció el escalpelo para mi primera cirugía, me dijo: “El bisturí se agarra igual que un bolígrafo” … ¿y quién me enseñó cómo se agarra un bolígrafo? …Mi mano es la misma que alguna vez tomaba un lápiz y era sujetada por la de mi maestra de primaria para trazar mis primeras letras; me enseñaron a escribir con letra tipo palmer, logrando una escritura nítida, que con los años se transformó en “letra de médico”: ilegible e inescrutable, aunque en momentos de calma aflora de nuevo.
Cómo olvidar las sonrisas cómplices cuando orgulloso llevaba alguno de los muchos trabajos manuales, hechos a base de latas, corcholatas, popotes, palillos…
Me inculcaron la afición por la lectura, aprender poemas y recitarlos, a perder el miedo al pararse frente a un micrófono. Recuerdo con entusiasmo el amor que me infundieron por mi patria, por mi bandera y por todos los héroes de nuestra historia, la oficial, que aún persiste a pesar de los embates, muchas veces autoinfligidos para desmitificarlos.
Pero sobre todo, recuerdo el respeto a los mayores, la disciplina y el amor al estudio, en una época despojada de redes sociales, celulares e internet, como complemento perfecto de lo recibido en casa para consolidar lo que fue mi aprendizaje: esa magia del ser humano que sabemos cuándo comienza, pero ignoramos cuándo terminará, pues será el último día de nuestras vidas.
Tal vez sea mi percepción, ya me ganó la edad, pero creo que las cosas han cambiado, no sé si para bien o para mal. No soy experto en la materia, a veces escucho que en México hay un retroceso en la educación y es cuando pienso, que por qué no miramos hacia el pasado, y regresamos al cimiento que con tanto amor y esfuerzo por México se logró con José Vasconcelos, Antonio Caso, Rosaura Zapata y Antonio Torres Bodet, solo por mencionar a algunos notables maestros. Siempre es bueno en momentos de crisis y cambio, mirar hacia el pasado.— Mérida, Yucatán.
Médico y escritor
