Catón (*)
No. Mi negación es clara y es explícita. Yo no iré a votar en la elección judicial del próximo domingo. Tal decisión es mía, de mí, para mí.
No pretendo imponer a nadie mi modo de pensar, pues si pido que mi libertad sea respetada lo menos que debo hacer es respetar el libre arbitrio de mi prójimo.
Sucede, sin embargo, que mi conciencia se ha vuelto últimamente muy estricta. Antes era benévola y flexible. Podía yo negociar con ella y llegar a afortunadas transacciones, de modo que ni ella se salía siempre con la suya ni me salía siempre con la mía yo.
Pero de tiempo acá esa señora ha cambiado su talante bonachón por otro riguroso, y me obliga a ir por el camino recto, a mí, que solía ir por sendas muchas veces sinuosas y revueltas. Ella, mi conciencia, es la que me dice que no debo ir a votar en esa elección.
Cursé la carrera de Derecho. Me formé, por tanto, en el apego a la ley y a las instituciones. Aprendí que solo dentro del orden jurídico puede una sociedad vivir en paz y con seguridad. La elección urdida por López Obrador y llevada al cabo por Sheinbaum contradice esos principios, y no solo atenta contra la legalidad y la juridicidad: socava también los cimientos en que se finca la vida democrática de la República.
De ahí, de su ilegalidad y su irracionalidad, derivan todos los inconvenientes que el hecho de votar planteará a quienes lo hagan. Tan confuso es el proceso, y tan errático, que sus mismos organizadores se han visto en la cómica necesidad de proporcionar a los votantes esos risibles adminículos a los que se ha dado el nombre de “acordeones”, a fin de instruirlos sobre cómo —y por quién— votar.— Saltillo, Coahuila.
