El cine mexicano de antes tenía joyas. “Cuando los hijos se van” es una de ellas.
Tuve un tío que era padre de dos hijos solteros, verdolagones ya: uno tenía 38 años, y el otro pasaba de 40. Ninguno de los dos hizo carrera; y ambos eran más huevones —con perdón sea dicho— que la quijada de arriba.
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