Corría febrero de 2008. Asistimos a un encuentro de una semana sobre libertad de expresión. El organizador (no es broma) fue el Congreso de la Unión. La sede: el palacio legislativo de San Lázaro. Uno de los ponentes que más atrajo la atención del público fue el entonces presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, Emilio Alvarez Icaza.
Al final de su muy aplaudida ponencia me acerqué a saludar, en memoria de los años de convivencia estudiantil en la UNAM. A pregunta suya, le dije dónde trabajaba, pecho henchido y voz clara: en Diario de Yucatán.
Su respuesta no tardó más de una fracción de segundo:
—¡El faro de la democracia en el Sureste de México!
De esa forma certera, un personaje que hasta hoy es luchador social desde el impulso de la fuerza ciudadana describió una de las líneas madre que han guiado el andar del Diario en su siglo de historia.
El compromiso de este periódico en pro de la democracia es labor probada, se puede leer un día sí y otro también en cada una de las más de treinta y seis mil ediciones diarias que ha publicado desde su fundación, hoy hace cien años.
Lo mismo en los tiempos de los Correa que de los Marentes, los Torres Mesías, los Loret, los Cervera, Alpuche, Manzanilla, Sauri, Ortega, Zapata, Patrón, Vila… que de los Calles, Cárdenas, Ávila, Alemán, Ruiz, Díaz Ordaz, Echeverría, De la Madrid, Salinas, Zedillo, Fox, Calderón, Peña y la tríada de López: Mateos, Portillo y Obrador. Hasta Sheinbaum.
El compromiso no ha cambiado.
Resulta una paradoja insoslayable y un retroceso lamentable que al día siguiente de que el Diario alcanza el siglo de existencia se cometa uno de los actos más arteros y bajos contra la vida democrática de México.
Es y ha sido tarea del periódico denunciar los atropellos a la ciudadanía y a las instituciones republicanas. La vida en democracia es la institución más importante a la que tenemos alcance los mexicanos, y mañana recibirá una estocada mortal.
El modelo de división de poderes en una república, heredado de los enciclopedistas franceses, tiene una razón de ser: no puede existir un gobierno a favor del pueblo si todo el poder recae en un solo ente. Debe haber contrapesos.
Fue Montesquieu quien mejor consolidó las ideas para la conformación de una república representativa. Suya es la sentencia: “Todo estaría perdido si en un mismo hombre o en un mismo cuerpo de los principales, de los nobles o del pueblo se tuviese el ejercicio de las tres potestades: la de hacer leyes, la de ejecutar las resoluciones públicas y la de juzgar los delitos o las diferencias de los particulares”.
El Poder Judicial, a diferencia del Ejecutivo y el Legislativo, no tiene como fin representar al pueblo y a través de su ejercicio dar cauce a las acciones que benefician a las mayorías. El Poder Judicial debe juzgar la actuación de todos los integrantes que conforman el cuerpo de un Estado, desde individuos hasta instituciones y aun los otros poderes. No puede estar sujeto a las necesidades del pueblo porque su labor no es representarlo, sino juzgar su actuación dentro del marco que define el Legislativo.
En un entorno donde un gobierno actúa con afanes absolutistas, pretende consolidar las tres potestades en una sola, contra la advertencia de Montesquieu, y se enfrenta a una oposición anodina y pusilánime, que se ha esmerado en perder toda fuerza política y sentido de representación, el papel de la prensa libre crece en importancia para el desarrollo cívico, social y democrático del país.
Así llega el Diario a los cien años, ante un nuevo intento contra el avance democrático. Nuevo, porque es uno de los tantos que ha enfrentado a lo largo de su fructífera historia, donde gobiernos, partidos, gobernantes, ideologías, modas y mesianismos han quedado en el pasado mientras el periodismo serio que siempre ha ejercido el Diario se mantiene firme, sin importar colores y nombres de quienes ocupen los espacios gubernamentales.
Son varios los personajes que, después de velar sus primeras armas en la redacción del Diario, optaron por la carrera política y llegaron a ocupar los más altos cargos de representación. Eso no los ha eximido de ser objeto de vigilancia y denuncia en las páginas del periódico cuando se amerita.
La lucha por la democracia es tarea de Sísifo, no inútil, sino rica en su esencia misma. Cuando se está próximo a llegar a la cima se vuelve a comenzar. Creíamos vivir una primavera democrática en México, con sus virtudes y defectos, hasta que llegó López Obrador; lo mismo pasó en Estados Unidos con el arribo de Trump. Esfuerzos de décadas se diluyeron a golpe de mayorías, algunas logradas en forma artificial, que aprovecharon la necesidad y la ignorancia populares.
Los intentos antidemocráticos y absolutistas que ha denunciado el Diario son tan burdos como los que llevaron a la “elección” de mañana. Entre comillas porque no será tal. La suerte está echada.
Se llega a ella después del grosero apoyo de los Yunes a la 4T para alcanzar mayoría calificada en el Senado que aprobara la Reforma Judicial: 86 votos. Y en la Cámara de Diputados había pasado gracias a que, aunque el oficialismo sólo obtuvo el 54% de los votos en las elecciones de 2024, se agenció por medio de una maniobra politiquera que la oposición dejó pasar, el 73% de las curules. A su vez, los opositores, con el 46% de los votos, solo obtuvieron el 25% de los diputados.
Es en medio de este entorno democrático dañado, ajado, carcomido y amenazado donde el Diario llega a su centenario. La labor de Sísifo es de todos los días, de todas las horas. Y, como indica la frase emblemática de este aniversario, “y continuará…”.— Mérida, Yucatán.
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@olegariomoguel
Director de Medios Tradicionales de Grupo Megamedia
