Los atractivos turísticos de las ciudades provienen de su historia, su naturaleza, las aportaciones de su gente, sus artistas y de la personalidad auténtica que deriva de estos factores. No son las entidades turísticas las que realizan estas proezas, más bien son las usufructuarias. No me imagino a la Secretaría de turismo construyendo el Partenón, Chichén Itzá o la Sagrada Familia de Barcelona.

Es verdad que se han encargado de empaquetar algunas de estas virtudes, difundirlas por el mundo y, en todo caso, promover servicios integrados que hagan fáciles las compras y las movilidades.

La personalidad yucateca original se ha integrado por sus artistas, sus cocineros, sus diseñadores, sus migraciones en constante dialogar con el sustrato maya y en ese cotidiano hacerse cuerpo con toda la comunidad que vive sus calles y espacios públicos de una manera diferente a otras.

Cuando los turisteros o funcionarios del ramo quieren colaborar con esta identidad forman closters, organizaciones empresariales que potencian y, en algunos casos, disminuyen la aventura de la originalidad. Ahí están los grandes eventos, los festivales de trova, los museos de plástico y los instagramables que vendió la secretaria anterior y que a todas luces no sirvieron para nada. Ahora, de pronto, de vez en vez, aparecen ideas geniales de “traer” eventos como el “Vive Latino” o “Pal Norte”, carreras fórmula 1 o alguna cosa de estas.

Estoy convencido de que el arte, la cultura, la gastronomía, la lengua, el vestido y otros emprendimientos creativos son la base para el desarrollo social, y económico. Mérida y Yucatán tienen un camino recorrido en varios de estos aspectos y no veo por qué no se encuentran los modelos de trabajo para potenciarlos.

Amplia oferta

Nuestra ciudad tiene una experiencia en espectáculos de luz mejor y más competitiva en el país. Aquí, desde hace años, el Ayuntamiento de Mérida realiza los espectáculos de luz en el Paseo de Montejo, en la Catedral, puede hacerlo en el cementerio general y desde luego tiene en La Peni, el primer parque público interactivo mexicano.

Además, podría recordar que Dzibilchaltún tiene uno de los recorridos audiovisuales mejor hechos y más hermosos de los que hay en zonas mayas, cerrado por cierto, desde hace meses.

Esta es una veta estratégica que da para muchísimas cosas, en el plano artístico, cultural y económico. Mérida está llamada a ser un laboratorio de artes mediales que puede sumar su riqueza a la música electrónica, los dijeis y la experimentación audiovisual. Si a esto le sumamos los museos, comida, música y un calendario de eventos culturales diseñados con anticipación y a lo largo de todo el año, entonces podríamos tener una —de hecho la tenemos, aunque cada gobierno en su afán de desaparecer al anterior quiere inventar el agua fría— oferta cultural que fuera el obús del desarrollo económico.

El Méridafest y La noche Blanca son modelos de trabajo probados y esperando la inversión necesaria que las haga internacionales. Lo mismo se podría decir del Otoño Cultural y del Festival Wilberto Cantón.

¿Por qué no se diseñan anualmente y, entonces sí, se difunden urbi et orbi con todos los recursos comunicacionales? ¿O es que los eventos de mayor prestigio que tenemos deben regresar a los barrios o desaparecer para que se inventen otras fiestas?

La mesa está servida, como nunca antes. Las posibilidades que tiene el desarrollo artístico y cultural de Mérida son clarísimas y prometedoras. Solo falta que las autoridades de los diversos órdenes de gobierno, la sociedad civil y los organismos autónomos venzan el miedo de verse en otros ojos que no sean sus espejos y puedan planificar, concertar y coorganizar estos sueños.

A menos de que sigan (sigamos) conjugando cualquier verbo en la soberbia del yo, mí, me, conmigo.— Mérida, Yucatán.

Correo: Iberlin@prodigy.net.mx

Antropólogo con maestría en industrias audiovisuales y doctorado en comunicación política

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