Matizar, “graduar con delicadeza” —dice la RAE— es una obligación para el razonamiento. Pero también es un riesgo para la brújula de los principios. La elección del Poder Judicial culminó la construcción de un régimen autoritario. Todo matiz es engañoso. México ya no califica como democracia.
En ningún país del mundo el profesionalismo de todo ese Poder, había sido sometido a los intereses de la plaza pública y ahora… de la delincuencia. ¿Por qué será? México pretende haber encontrado una mejor fórmula que la de Montesquieu o Locke o los llamados “Padres Fundadores” de los Estados Unidos: Adams, Franklin, Hamilton, Jay, Jefferson, Madison y Washington. En esto retrocedimos alrededor de tres siglos.
El engaño demagógico —votar es la acción suprema de la democracia— llevó a las urnas al principal anclaje de certidumbre de un Estado: la interpretación de las leyes.
Hay muchos otros temas que tampoco deben caer en mercadería política. Es parte del cauce civilizatorio. Legalizar el racismo, sería viable en naciones con fuertes raigambres racistas. ¿Pero, y la igualdad de los seres humanos, de los géneros o la diversidad sexual?
El contenido axiológico de las constituciones no debe entrar a los vaivenes típicos del juego político. En las democracias reales, los territorios de los principios, los vetados a las votaciones, se extienden.
En paralelo, los temas concretos, administrativos, por ejemplo, también aumentan. En los cantones suizos, los asuntos de gobernanza son habituales en las urnas: ¿pavimentación de las calles o en el tratamiento de las aguas residuales?
Por eso el Derecho a la Información, plasmado en nuestra Constitución desde 1977, se extendió por el mundo. Fox lo reglamentó.
Ahora será sometido al propio Ejecutivo. Retroceso: un cuarto de siglo. Pero los principios no son negociables, por eso el Consejo Europeo ha criticado severamente la forma partidaria de Suiza de elegir los jueces. Nadie escapa.
Pero si Locke y Montesquieu o Washington o Hamilton, no le dicen nada al oficialismo voraz, que se remitan a nuestra propia historia: “Se divide al Supremo Poder de la Federación en Legislativo, Ejecutivo y Judicial”, Constitución de 1824. En esto retrocedimos dos siglos.
Pero el triste espectáculo de los últimos meses en la preparación de las listas de candidatos, las marometas del Legislativo, de los comités de selección, la burla flagrante a las normas electorales, el orgulloso atropello de las suspensiones concedidas, la violencia galopante, el cinismo de las autoridades electorales y de los participantes, —incluidas ministras— los financiamientos privados y oscuros, nos remiten —por poner un ejemplo— a 1940, Ávila Camacho vs Almazán. Un retroceso de 85 años.
El procesamiento de la elección, sin ciudadanos contando, escasez de casillas, selección de territorios para dominar ciertos temas jurisdiccionales —competencia económica— el vacío informativo, remite a los ochenta, o sea, 40 años de retroceso. Del “ratón loco” a los “acordeones”.
Ese es México hoy: 12% de los votantes se apropian del Judicial. Los votos nulos se multiplicaron: 11%. Perdimos la República. Ahora van por la desaparición de la pluralidad, de la proporcionalidad, de un equilibrio entre votos y curules. Con 54% de la votación se adjudicaron el 75% de los asientos. ¿Más claro?
Gracias a Somos/Mx sabemos que el 67% de votantes son beneficiarios de Programas Sociales y que un 35% usó acordeón. El promedio de edad en México es de 30 años. La esperanza de vida ronda los 73 años.
Nuestra primavera democrática duró 30 años, con elecciones transparentes y creíbles. El 2027 no es la salida, se necesita reforma constitucional.
¿Será capaz Sheinbaum, podrá girar a Morena 180 grados? ¿O quizá acepta jugar el papel de Putin en nuestra historia?
Paradoja: en un régimen autoritario, brotaron semillas democráticas. En democracia, llegó la traición.
Pero tenemos una ventaja: los recuerdos democráticos pesarán.
Investigador y analista
