La pregunta que en seguida haré sonará ruda, incivil y —no dudo en decirlo— majadera. ¿Qué chingados quiere López Obrador? Quiere el poder absoluto, no lo ignoro. Pero ¿para qué? Para heredarlo a su hijo, dicen. Y su hijo ¿para qué lo quiere? No he advertido en AMLO ni en Andy un concepto claro de lo que conviene al país.
La ayuda que a los pobres dio el cacique de la 4T, y que a través de su personera sigue dando, obedece más a un interés político que a un sincero sentido de la compasión. El mismo demagogo definió como mascotas a quienes integran el pueblo bueno y sabio.
Hago aquella pregunta sonorosa porque el régimen va ahora contra el INE a fin de convertirlo en un instrumento más al servicio del Estado, y sin intervención ya de la ciudadanía.
Las inmoralidades que en materia electoral se le han adjudicado a Bartlett se quedan cortas ante la destrucción de ese Instituto que alguna vez fue baluarte de la democracia y ahora agoniza ante los embates de un sistema que ya ni siquiera se cuida de usar máscara, sino que abiertamente lleva al cabo reforma tras reforma de las leyes para afincar con mayor profundidad y fuerza su voluntad dictatorial.
Pido disculpas a mis cuatro lectores —eso de “ofrezco una disculpa” es artificioso circunloquio— por la manera en que pregunté acerca de las intenciones de AMLO, bajo cuya consigna se han llevado al cabo las reformas que anularon la democracia y la justicia en México, y que ahora amenazan la libertad y los derechos de los ciudadanos.
Hay veces, sin embargo, en las cuales, como dice el proverbio popular, más vale una colorada y no cien descoloridas. O, para usar otra expresión similar: “Mejor un ‘¡Cabrón!’’ a tiempo que sermón mal deletreado”.— Saltillo, Coahuila.
