“Es tan triste el amor a las cosas… las cosas, ni saben que uno existe”.— JL Borges
Así escribió Borges, con esa lucidez suya que incomoda por lo verdadera. Y no deja de ser una advertencia: el alma humana, capaz de amar con ternura infinita, a veces se entrega a lo que no tiene alma. A lo que no responde. A lo que no duele ni abraza.
Hoy vemos familias rotas no por la violencia, no por el abandono, no por alguna tragedia inevitable que las hay a montones, sino por un refrigerador, una cuenta bancaria, un terreno en disputa, un mueble antiguo, una herencia mal repartida. Una alhaja, o varias. Un negocio o muchos. Un poco de dinero o fortunas incalculables.
Cosas. Solo cosas. Pero suficientes para que hermanos dejen de hablarse, para que hijos se conviertan en extraños, para que madres envejezcan entre silencios y nietos no se conozcan.
¿Y para qué?
¿Para ganar qué?
A veces, muchas, Dios nos lleva al borde del acantilado y confiamos en él plenamente y nos dejamos llevar por sus manos o nos despeñamos. Y desaprovechamos la oportunidad para que nos enseñe a volar sin ayuda. Y cambiar de aires y de actitudes que mejoran nuestras vidas.
Hay puertas que se cierran y ya nadie las puede abrir. El orgullo, la soberbia son como armaduras. Hay testuces tan duras que ya no es posible partirlas. En una ocasión oí a un predicador decir “Dios cierra puertas que ningún hombre puede abrir y Dios abre puertas que ningún hombre puede cerrar”… y concluía: “Si tú necesitas que Dios abra alguna puerta para ti … recuerda ser una bendición para otros”
Porque las cosas no lloran si nos vamos. No recuerdan nuestras risas ni resguardan nuestras heridas. Pertenecen al mundo del polvo, del desgaste, de lo reemplazable. Pero el amor, el vínculo, la historia compartida… eso no se repone. Eso, cuando se rompe, no se compra. Y cuando se repara no queda igual.
Es doloroso ver cómo lo material reemplaza al afecto. Cómo el reclamo de “me toca”, “es mío”, “yo merezco más”, yo, yo, yo, se vuelve más importante que un abrazo, una conversación pendiente, o la memoria viva de quienes ya no están.
Como si el valor económico de los objetos pudiera medir el valor del tiempo, del cariño, del perdón.
Es legítimo que existan bienes, claro. Que se administren, que se repartan con justicia. Pero es otra cosa cuando lo material se convierte en obsesión, cuando desfigura lo humano. Cuando el afán de tener más nos deja con menos alma.
Y es que las cosas no saben que uno existe. Pero nuestros padres sí supieron. Nuestros hermanos sí saben. Nuestros hijos, nuestros amigos, nuestras historias… ésas sí están vivas.
Y, paradójicamente, a veces las olvidamos por correr detrás de lo que nunca va a amarnos de vuelta. Sería bueno recordar, como un ejercicio de lucidez y humildad, que nada de lo que poseemos nos pertenece del todo.
Que lo que se guarda con miedo se pierde, pero lo que se comparte con amor se queda. Y que, si algo vamos a heredar a quienes vengan después, ojalá no sea sólo una lista de bienes, sino una memoria de vínculos sanos, de decisiones éticas, de afecto por encima del ego.
Porque al final, lo único que realmente tiene valor es aquello que no se puede medir en dinero. Y eso, lo sepamos o no, lo estamos eligiendo todos los días. ¿Acaso no es cierto aquel refrán: “nadie sabe para quien trabaja..?
Sería como escribir una saga llena de capítulos dolorosos expuestos con tantas variantes como personas hay. El título lo diría todo: “Cuando el amor se va, y solo queda el dinero”. Porque justamente es eso lo que se va primero, el amor y la consideración por el otro, por los otros, los sacrificados en el altar del becerro de oro.
Pretextos y mentiras sobran: me hizo, me dijo, me ofendió, empezó primero, no me quedó de otra… y varias docenas mas de artilugios, ardides o mañas que forman parte de un plan para alcanzar un fin proceloso y lleno de juegos tramposos y malhadados, o sea, infelices, desgraciados o desventurados. Todo esto por las consecuencias que produce.
Porque justo eso son. La realidad es que se olvidan que cuando tiramos el pan sobre las aguas, nunca sabemos cuándo nos será devuelto o por quién. Y que tanto el mal como el bien regresan y con creces. Hay que escoger con cuidado y tomar decisiones bien pensadas.
Todo por una razón muy sencilla. Las consecuencias existen. Y tarde o temprano hay que sufrirlas. Sin embargo, también creo y en alguna parte lo leí citando de memoria, que, Dios (aquel en el que tú creas) es tan grande que es capaz de cubrir al mundo con su manto de amor protector. Y es a la vez tan pequeño que puede asentarse en cualquier corazón por diminuto que sea e invadirlo de piedad y compasión.— Mérida, Yucatán
Abogada y escritora
