La guerra cambia de rostro dependiendo de nuestra geografía y contexto social, y quienes hemos tenido la fortuna de conservar un resquicio del país en el que es posible sentirse a salvo, tendemos a encerrarnos en una burbuja para que el temor a una balacera o bombardeo no nos robe la paz y no perturbe las mentes de nuestras hijas e hijos.

En un imperdible artículo publicado en el diario capitalino Reforma el pasado 28 de junio, el escritor mexicano Jorge Volpi se pregunta: “¿Y si el signo dominante de nuestra época no fuera el odio, sino esa variedad más taimada y cenicienta del odio que es la indiferencia?”.

La indiferencia es un síntoma del miedo, un peligroso mecanismo de defensa. Nos anestesiamos con la rutina para no sentir en carne propia lo que, si prestáramos al menos un poco de atención, terminaría por devastarnos.

Recientemente viajé con mi hija de doce años a una competencia de gimnasia que se llevó al cabo en otro estado. Cada mañana, la alegría de las niñas dominaba el espacio en el que nos reuníamos a desayunar.

Uno de esos días, el noticiero que se transmitía en la televisión del comedor exhibió imágenes de la guerra en Gaza; cruentas postales de niños heridos y padres dolientes en esas calles polvorosas de edificios en ruinas, a muchos kilómetros de México.

Una niña vivaracha de unos ocho años fijó su vista en el monitor unos instantes, luego exclamó “¡Ay, no!” y se cubrió los ojos. “¡No lo veas, mi amor, no lo veas!”, fue la respuesta inmediata de la mujer que estaba sentada frente a mí. “Es horrible ver sangre”, me dijo después, mientras daba un trago a su café.

Mis intentos por responder fueron sofocados por el barullo del sitio. Miles de preguntas se quedaron colgando entre las charlas y las risas. ¿Hasta qué punto es necesario “proteger” a nuestras hijas e hijos de la realidad? Tal vez no podemos explicar a nuestras infancias lo que a nuestros ojos sólo tiene carácter de fábula y de infortunio. Nuestra ignorancia se vuelve escudo, blindaje.

Bajo los argumentos del derecho a la autodefensa por el atentado perpetrado por Hamás el 7 de octubre de 2023, la liberación de los rehenes y la desmantelación de las fuerzas militares y administrativas de esta organización, el gobierno de Israel, con el apoyo de los Estados Unidos, ha perpetrado la más cruenta de las guerras en contra de la población palestina, que al día de hoy arroja una cifra que ronda alrededor de los 60 mil muertos y una hambruna provocada por los constantes bloqueos a la ayuda humanitaria.

A pesar de los intensos debates entre quienes se horrorizan y quienes esgrimen el atisemitismo y la amenaza terrorista como bandera, hemos alcanzado un punto en el que ya no es posible justificar de modo alguno esta barbarie, que es a todas luces un genocidio imperdonable.

Algunas voces se alzan en medio del desconsuelo, pero palidecen ante el cúmulo de indiferencia que nos impide creer, a la distancia, que la actitud que adoptamos es un síntoma de nuestra propia podredumbre.

Nos han hecho creer que dolernos por los niños muertos, por el hambre y la enfermedad, así como denunciar las claras intenciones de exterminar al pueblo palestino, es tomar partido por un bando, es tener que elegir entre “buenos” y “malos” al estilo Hollywood, y no es así. De ningún modo.

El holocausto judío no debe ser revisado como una justificación hacia la muerte y la indolencia. Antes bien, debería ser usado como ejemplo de lo que no tendría que repetirse. Incluso muchos judíos han denunciado el uso de la palabra antisemitismo como un argumento para justificar las políticas de los gobiernos, y se lamentan de que estas atrocidades sean cometidas en su nombre. Alegan, no sin razón, que las acciones de Benjamín Netanyahu incentivan sentimientos de odio hacia el mismo pueblo judío.

Nos urge encontrar un resquicio de nuestra conciencia que permita reconocer y aceptar que lo que pasa en el mundo nos pasa a todos, y que el mirar hacia otro lado o justificarlo de manera simplista nos resta humanidad.

Muchas iniciativas locales han promovido, desde el arte o el activismo frontal, campañas de visibilización y recaudación de fondos para asistir a las víctimas. Los organismos internacionales ofrecen formas de hacer aportaciones que pueden ser, gota a gota, al menos un paliativo.

Hacer una indagación sencilla en nuestras redes sociales nos permitirá encontrar maneras de ayudar, de no permanecer indiferentes. Cerrar los ojos y mirar hacia otro lado no hará que el horror desaparezca, y debemos reconocer que también es nuestro.

Toca informarnos, mantener mente y corazón abiertos; hablarles a nuestras hijas e hijos de la guerra y dejarlos también sentir un poco ese dolor que les dará conciencia del mundo en el que viven y que deben trabajar para cambiar.— Mérida, Yucatán

Licenciada en periodismo y maestra en relaciones públicas; exfuncionaria del Ayuntamiento de Mérida y del gobierno del estado

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán