Esta columna abordará los temas del más reciente libro publicado por Sabina Berman: “Los billonarios desaparecen…”, (Grijalbo, 2025), donde la autora ofrece a su lector una fábula que igual puede plantearse como una utopía. Y todas las utopías siempre son una crítica indirecta de las fallas de las sociedades de su tiempo.
El diccionario define a la utopía como una “representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano” y si la imaginación es la madre de la utopía entonces la realidad es su madrastra, pues ese “bien humano” se define por contraste con los males que efectivamente aquejan a la sociedad de su época que, en este caso, es la nuestra.
El término utopía lo acuñó en 1516 un jurista y político renacentista inglés —Tomás Moro— que conoció de primera mano la dureza de su realidad pues si por un tiempo Moro fungió como Lord canciller de Enrique VIII finalmente terminó acusado de traición y decapitado.
La isla de Utopía es justamente “el no lugar” descrito por Moro en 1516 y por el que se conoce a todo el género que versa sobre la sociedad ideal.
A esa isla imaginada por Moro se le define como una comunidad donde la propiedad privada ya no existe, se goza de la libertad religiosa que tampoco existía en la Inglaterra de Moro y donde los responsables del gobierno eran electos por los habitantes de las pequeñas unidades que integraban todo el conjunto.
El arreglo social en Utopía es de tal naturaleza benigno que logra institucionalizar su gran objetivo: la armonía social. Ahí, los derechos y obligaciones de cada uno de sus miembros se basan en principio de la igualdad y el resultado es una forma de vida caracterizada por la armonía y donde cada miembro del conjunto puede desarrollarse a plenitud.
En contraste, la utopía de Sabina Berman resulta más ambiciosa que la clásica y menos totalitaria. Para empezar, tiene lugar en un aquí y ahora y no se constriñe a una comunidad en una isla sino quede inicio crea las posibilidades de abarcar y de un solo golpe todo el hábitat humano gracias a la globalización y a los instrumentos de la comunicación instantánea; nadie sería inmune a sus efectos, aunque no de la misma manera.
Y como esta es una utopía de izquierda, los más afectados serían sólo los más poderosos, los que actuaban y vivían como dueños del mundo: los 2,858 billonarios que en 2025 contabilizó la revista Forbes.
Igual perderían sus formas de vida las élites políticas que les servían y que en ciertos países e instituciones nacionales e internacionales efectivamente son compensadas con niveles de vida no muy diferentes a los de los dueños del gran capital. Los ganadores serían el grueso de los habitantes del planeta.
En la obra de Sabina el detonador de la serie de eventos que llevan a la desaparición casi simultánea de “los dueños del mundo” es la coincidencia de voluntades de un minúsculo grupo internacional de jóvenes inconformes con el arreglo social en que les tocó vivir, pero que son conocedores a fondo de las complejidades y, sobre todo, de las posibilidades del mundo digital y que logran conectarse y coordinarse con un gran teórico de la economía: el eminente profesor Arthur Wermer.
Y es que en el momento cumbre de su carrera este profesor que la autora coloca en la Universidad de Columbia en Nueva York justificó “científicamente” al neoliberalismo y sus consecuencias con un teorema que en esencia decía demostrar que “los recursos (materiales) son limitados, la codicia y el egoísmo humano son ilimitados, la competencia es la consecuencia natural, y el triunfo de los más aptos lo inevitable”. Y fue el justificar con rigor matemático esa “verdad” lo que en el pasado le había ganado a Wermer el Premio Nobel de economía.
Sin embargo, una serie posterior de acontecimientos personales dan pie a que el profesor experimente, literalmente, un “cambio de corazón” y a que ya en su vejez desembocaran en lo que es el meollo del relato: la elaboración y puesta en marcha de un ingenioso y audaz plan para convertir a la reunión anual de “los dueños del mundo” en Suiza, concretamente en Davos, y con la ayuda de un puñado de jóvenes y con apenas presionar las teclas de una computadora, lograr la desaparición de la crème de la crème de un grupo internacional cuya riqueza sumada requería de más dígitos de los que caben en una página de un libro.
La desaparición de los billonarios de Davos en la fábula de Berman tiene como un resultado abrir las puertas de la humanidad a un mundo nuevo lleno de posibilidades. Y es ahí donde arranca la utopía, pero por ser una utopía, la autora deja al lector en la entrada de ese nuevo mundo y se retira.
En cualquier caso, Sabina Berman sugiere, siguiendo a algunos de sus personajes, entre ellos el profesor Wermer y algunos de sus jóvenes cómplices, en sus primeros pasos en la construcción de sociedades más igualitarias y justas. Y es en este punto donde aparece la importancia de las abejas a las que refiere el título de la columna y que aparecen una y otra vez a lo largo de la obra.
Y es que el premio Nobel en su retiro de jubilado y ya decepcionado del “neoliberalismo real” se había dedicado a observar el comportamiento de los miembros de la colmena que tenía en la azotea su departamento de Manhattan, cuyo panal le ofrecía las claves necesarias para imaginar un nuevo modelo de sociedad humana y de economía moral.
Historiador y analista
Utopía es justamente “el no lugar” descrito por Moro en 1516 y por el que se conoce a todo el género que versa sobre la sociedad ideal
